Pedagogía y Eficiencia para la Economía Venezolana

Llegó la devaluación, y con ella un vendaval de temas sabidos, re-pasados y que de nuevo no tienen nada. Y peor aún, no aportan nada para este nuevo ciclo que se comienza con la devaluación. Los más sesudos han dicho que no hemos superado la lógica rentista del petróleo, como si eso no se supiera. Abordan el tema sin generar un aporte real, hijo del estudio y la reflexión de las condiciones generales y particulares que tenemos en el país. Otros han señalado la deuda industrial que tenemos para con el país, argumentando que no hemos podido desarrollar el sector y que los pasos que hemos dado son equiparables o correspondientes al periodo histórico ajustado a la mitad del siglo XX.

Creo que todo eso es bien sabido, aunque debatible. Y no digo con esto que no se debata o reflexione sobre esos temas, y menos aun que pierdan pertinencia o relevancia. El punto es que, llegado este momento, debemos es reflexionar-aportar sobre cómo hacer de esta realidad concreta un futuro mejor. Nada hacemos en señalar los errores que nos han conducido hasta este punto, considero que son sabidos; y nada logramos atrincherándonos en nuestros intereses de clase, intentando salvaguardar lo que ahora sentimos amenazado con la devaluación. No olvidemos que los más, somos aquellos que no tenemos nada que perder, pero que aún con toda esa realidad de precaria materialidad, una medida como la que tomamos puede ahogar la más ínfima existencia.

Estas medidas económicas, enmarcadas en la poca industrialización del país, en la mono producción, en los altos porcentajes de importaciones de diversos rubros y en el tránsito o intento de transito de una economía capitalista a una economía socialista, deben entenderse y procesarse bien para luego ser explicada a detalle al pueblo, a ese que hace el mercado del día todos los días, a ese cuya economía está en los niveles más básicos y vive en el coqueteo del malabarismo económico diario.

Ese pueblo del que hablo, es a quien debe explicársele esta economía de mundo al revés. Es ese pueblo el que, a fin de cuentas, se levantará a exigir la reforma necesaria, el cese a la opresión existencial. Es ese pueblo, repito, el que sufre por la falta de eficiencia del Estado a la hora de fijar los precios “justos” en esta economía de vivos y avispados; es el pueblo el que compra a dólar de 23.4 lo que las lacras que si tienen acceso a las divisas, compran e importan a dólar de 6.30; es el pueblo del que hablo el más susceptible a la propaganda fina, aguda, del capital, el que cae fácilmente a la maravilla ficcional que se vende por los medios, naciéndole así, en un proceso cuasi natural y de vitalidad impostergable, la necesidad de comprar lo que precisamente no se produce aquí y que, además, les cuesta un ojo de la cara.

Para sobrevivir esta devaluación hay que darle herramientas al pueblo, hay que hacer del tema una discusión pedagógica, y de ahí activarlos, empujarlos a la acción en contra del especulador, en pro del desarrollo de la agricultura, de la industria nacional. Pero se necesita pedagogía y eficiencia del Estado. No todo puede ser un lindo discurso, y cuando vamos a comprar vemos que todo vale lo que a los “dioses” les da la gana. Podemos entender que no producimos muchas cosas y que por ello las importamos, (y también podemos creer y trabajar en función de que algún día las produzcamos) lo que no podemos entender es por qué el Estado, ese que está de “nuestro lado”, permite que lo que se importa se venda a un precio no estipulado en el “juego”. Si sigue así, la cosa económica se desplomara sobre un sueño no logrado.

Estas medidas económicas, que bien distan de un paquetazo económico al estilo neoliberal cuarto republicano, deben ser, más allá de un motivo para hacer señalamientos vacuos, un punto de partida para una transformación real de la economía. Todos los que apostamos a la construcción de un modelo económico más justo, inclusivo y no explotador, debemos, desde cada capacidad y posibilidad, trabajar en función de esa transformación. Este puede ser un punto de partida, sin importar cuantos otros “puntos de partida” hayan ya existido. Esto consiste en tomar una actitud propositiva y mostrar cuan necesaria es la revolución en el campo productivo para hacer de nuestras vidas, y del mundo, algo más humano.


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