Devaluación al tiempo que Flipper salvaba al maestro Abreu

Abreu, habiendo vivido mucho tiempo durante la IV República, y estando a su servicio, pretendió hacer un viaje a La Habana, durante la V, como efectivamente lo hiciera por mar.

Y habiendo hecho en Europa mucho dinero a costa de engañar a los europeos y europeas, y no menos a los venezolanos y venezolanas, fletó entonces un barco criollo en Punta e’ Mulatos, porque de nadie más se fiaba, tanto, como de estos y estas venezolanos y venezolanas.

Y embarcáronse, así, en el puerto de La Guaira.

Pero resulta que los marineros y marineras –estando en alta mar y siendo estos revolucionarios sin que Abreu antes se hubiera dado la molestia de averiguar sobre sus prontuarios ideológicos- manifiestan de pronto la intención de lanzarlo al mar sin salvavidas. Y todo, con el fin de apoderarse de su riqueza musical.

Abreu entiende de inmediato la conjuración y les dice que no puede darles su fortuna musical, por razones obvias, pero que en su lugar les daría su otra fortuna con sumo gusto con tal de que no le quitaran la vida porque ni siquiera un “piazo e' violín” tenía de donde aferrarse mientras llegaban los rescatadores de Defensa Civil.

Pero los marineros y marineras, ciegos y sordos ante sus ruegos, solo le dieron a escoger, entre matarse con sus propias y musicales manos y lograr así el privilegio de poder ser sepultado luego en tierra, o arrojarse de inmediato a la mar, algo ya molesta, además de “salá”.

Abreu, arrinconado en tan estrecho y oscuro callejón, les pide y por favor que le permitieran ponerse sus mejores atuendos de director, tomar la batuta y comenzar a dirigir la patética sinfonía que ejecutaba la brisa marina a su paso por la nave, prometiéndoles, además matarse por su propia mano, luego de haber concluido.

Los marineros y marineras, deseosos y deseosas de disfrutar de un buen rato viendo dirigir al músico más afamado de su tiempo, dejaron todos la proa y se fueron al centro para verlo dirigir su última sinfonía. Abreu entonces –el astuto Abreu- adornado estupendamente, se paró cerca al acrostolio, comenzó a dirigir aquella brisa marina tan afinada y, habiendo concluido se arrojó al mar, quedándose los marineros y marineras con el saldo de sus efectos, para continuar felices con la singladura, mientras Flipper, aparecido como un tierno duende, subió sobre su lomo al célebre músico venezolano, y lo condujo, sano y salvo, a La Habana.

Apenas puso Abreu, pie en tierra, se fue derechito a casa de Fidel vestido incluso con las mismas galas, y le echó el cuento. Mientras tanto, Abreu ignoraba que habían devaluado el bolívar, a 6,30, y que en Caracas el maestro Nicolás dirigía esa otra compleja sinfonía, no sabiéndose si con ganas también de lanzarse al mar…

Fidel, espíritu escéptico, pero al mismo tiempo estoico, por supuesto que no cree el cuento de Abreu, por lo que lo mantuvo fuertemente custodiado, hasta el arribo de los marineros y marineras. Verificado éste, los mandó llamar y les preguntó si sabían de la vida del maestro, a lo que le respondieron que se encontraba muy bien, en Caracas, viendo inclusive si le sacaba unos reales adicionales a Chávez, a través de Nicolás.

Habiendo dicho aquello, se aparece de repente Abreu con la misma pinta con la que se lanzara al mar, menos la batuta, y no pudieron negar, los marineros y marineras el hecho, quedando demostrada, así, su animadversión.

Luego alguien comentó haber visto en Caracas una mediana estatua de bronce, representando al maestro Abreu montado sobre Flipper, aferrado a su aleta.

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Raúl Betancourt López


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