Una Reina que llena el Museo Narváez

A Reina Rada le vimos de cerca sus manos que acarician piedras, vigilados por el Matasiete, en 1992, cuando resultó premiada en el reconocido Salón de Arte Fondene en la isla de Margarita. Allí, sentados en la sencillez de su casa para la época, le fuimos viendo como creadora, mujer, docente. Capaz de darle formas delicadas a la dureza de la piedra de Cumarebo.

Aquel encuentro quedó registrado en las páginas del "Sol Cultural", suplemento por el que alguna vez nos tocó transitar en este empeño de guardar para la memoria parte del quehacer cultural neoespartano.

Para aquel momento Reina Rada había logrado con la magia de sus manos, su capacidad creativa y su dedicación al estudio y la investigación un lugar importante en el mundo de las artes plásticas de nuestras ínsulas. Ella entregaba al mundo las exquisitas formas dadas a las piedras, a la par que su madre nos hacía llegar la dulzura del "Melao criollo" a cada rincón de la isla de Margarita.

Diez años después me tocó encontrármela en un nuevo rol. Aquella mujer de voz suave, sencilla, a lo mejor frágil a la primera impresión, estaba allí, sin aspavientos, sin alzar la voz para mostrar su identificación con el proceso revolucionario, pero firme, sin titubeos, dispuesta a enfrentar la mafia sindicalera adeco-copeyana en aquellos días del paro nacional que pretendió derrocar al camarada Hugo Chávez.

La mujer delgada, de ojos claros, artista de manos que acarician las piedras, la docente que en la Escuela de Artes Plásticas Pedro Ángel González de la Isla de Margarita se coloca frente a las cátedras de Historia del arte, Análisis plástico e Introducción a la estética, abría con firmeza las aulas de clase para recibir a sus alumnos, pese a que el propio director de la institución pretendía que ellos se sumaran al paro.

Reina estuvo allí, junto a varios de sus colegas, sin dejarse amedrentar por la histeria de la derecha golpista que tomó el camino de la violencia para tomar el poder.

Luego le ha tocado pasar por el maltrato de la camarilla morelista que gobernó a Nueva Esparta por tantos años. Lo ha soportado sin dobleces, atrincherada en las ideas de construir un mundo mejor, más justo, más apegado a la naturaleza.

Nunca ha dejado de crear, ni ha cesado en sus estudios, ni ha descansado en sus investigaciones; por eso es una artista formada en lo académico y sumada a los saberes del pueblo, razones para sentirse a gusto como colaboradora en la Misión Cultura y en la Misión Sucre, así como en los talleres de formación que le ha tocado facilitar en el seno de las comunidades.

A Reina la vemos en los espacios para el cine o para el teatro, la encontramos en un espectáculo musical o dancístico, disfruta de una noche de galerones o de música académica. También escribe poesía y es acompañada por escritores.

Por eso no llega sola al Museo Narváez. Es acompañada por sus amigas y amigos, por la magia del quehacer cultural, por el respeto de sus alumnos, por el hombro de sus colegas docentes y artistas. Y tanta gente viene de las comunidades, son comunidad, dispuesta a hacer del Museo un espacio abierto.

Por eso ella llena el Museo sin necesidad de aspavientos, ni estridencias.


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