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Hoy se conmemora el 60. º aniversario de la destrucción de Hiroshima. Aquella barbarie nuclear y la de Nagasaki, tres días después, confirmaron que la II Guerra Mundial había traspasado definitivamente ese umbral en el que los conflictos bélicos dejan de tener límites, y conceptos como moralidad o justicia carecen de sentido. La guerra dejó de ser un arte consistente en debilitar a las fuerzas militares enemigas y pasó a convertirse en operaciones de castigo contra la población civil. Todos, aliados y Eje, machacaron decenas de ciudades con bombardeos convencionales intensivos. Luego vino la Convención de Ginebra y una retahíla de protocolos para regular los conflictos armados. Papel mojado. De los ocho millones de muertos registrados en la primera gran guerra, la proporción entre víctimas militares y civiles era de doscientas a una. En la II Guerra Mundial hubo más de 55 millones de muertos, de los que cerca de 30 millones eran civiles. Y en Vietnam la ecuación de uno a uno pasó a la historia: de los dos millones de víctimas, sólo una de cada veinte llevaba uniforme. Hoy en día ya conocemos los daños colaterales que causan los ataques quirúrgicos con armas inteligentes o descerebradas. Pero por muchos eufemismos que inventen los defensores de la guerra total, 60 años después de Hiroshima persiste una realidad más aterradora: en el mundo quedan unas diez mil cabezas nucleares, cuya capacidad de destrucción media supera en 20 veces cada una a la del artefacto que calcinó la ciudad japonesa.
(*)Director adjunto
La Vanguardia
Barcelona.
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