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Por favor, me interrumpa ahora.
¿No ve que estoy apurado?
Tengo que cubrir algunos cheques;
Ir a la reunión de los lunes;
Pagar la cuota del club de regatas,
el colegio de Albertito
y la universidad de la más grande.
Probarme el nuevo traje,
ir al sauna y afeitarme,
cuando se es alguien,
hay que cuidar la pinta.
¿O le parece fácil vivir cómo yo vivo?
¿Cuidar de lo ganado con tanto sacrificio?
A las cuatro me espera mi analista
y debo almorzar con mi señora,
una vez más me hablará discretamente,
del vestido necesario para la fiesta del domingo,
del último capricho de mi hija
y pedirá el dinero de la iglesia,
que hay que ayudar y que lo vean.
Menos mal que ahora pinta
y ensuciar bastidores la entretiene.
¿Qué sería de mi sin sus pinceles?
No tengo tiempo ahora,
mañana me detengo
y le escucho atentamente.
Tengo que decirle al un proveedor
que eso es lo que podemos pagar y punto.
Menos mal que a uno le queda el consuelo de una amante,
que lo ayuda a sobrellevar el duro agobio
de la feroz competencia del mercado.
También hay que reunir al personal
para hablarle del recorte.
Debo renovar mi plazos fijos
de los bancos de Miami y Filipinas.
Ver a mi agente de la bolsa
y pagar a la muchacha
que limpia la mierda de mis hijos.
¿Cómo dice?
¡Ah, si ya sé!
Lo leí ayer en El Clarín,
pero para resolver eso están los diputados.
¿Por qué me interrumpe a mi?
Además es sólo un niño.
Uno sólo que murió de hambre en Tucumán.
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