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Setenta mil seres humanos, civiles, murieron instantáneamente. En un radio de 10 Km todo, todo se incendió. En todos los tejidos del cuerpo de cada sobreviviente quedó sembrada la radiación destructora, en sus órganos reproductores la maldición genética. Quedan pocos de aquellos que conocieron el infierno real en sus propias carnes, llagas antropomórficas por fuera, desfiles fantasmales por dentro. Tres días después se repuso la obra dantesca no muy lejos, por si quedaran dudas.
En total unas 200.000 víctimas pagaron el precio inicial del ingreso del planeta Tierra a la era de la muerte nuclear.
Desde el mismo día de la monstruosa acción, el gobierno norteame-ricano lanza sobre el mundo dos grandes mentiras:
1 – Que fue una tarea humanitaria y
2 – Que fue contra el Imperio del Japón.
La primera, no gastemos saliva ni letras ni neuronas.
La segunda, se merece alguna respuesta.
El Imperio del Sol Naciente había invadido y colonizado países e islas relativamente indefensos, y si bien su maquinaria bélica fue preparada para la guerra a través del océano, había comprendido algo tarde que al entrar en conflicto directo con la alianza occidental quedaba en desventaja física. De ahí la nulidad de su apoyo a la jauría nazifascista.
Fue lo que descubrió el héroe y mártir Sorge, que transmitía, insistente: “Japón no atacará a la URSS, no atacará...” Apoyado en el mensaje, el alto mando soviético trasladó todo un enorme potencial hacia el frente europeo, con lo cual se frenó el avance nazi, y se logró el tiempo necesario para convertir la gigantesca reserva humana en reserva militar, que empezó a nutrir los frentes con tropa y armamento y municiones.
Ya en los meses anteriores al martirio de Hiroshima y Nagasaki, una vez culminada la destrucción del setenta por ciento de las fuerzas hitlerianas por parte del Ejército Rojo, las hordas asesinas del Imperio estaban siendo expulsadas de la parte oriental de China, Manchuria y Corea. El factor nacional chino de la defensa unida entre los comunistas y el Kuomintan, junto a las fuerzas que venían del frente europeo con una densa experiencia estaba produciendo la desbanda japonesa, salpicada por suicidios de jefes y oficiales. Japón era ya la punta inservible del “eje” partido.
La destrucción de las dos ciudades fue sencillamente para evitar la segunda edición de la toma de Berlín por “los rusos”, la toma de Tokio. Al mismo tiempo, para contentar a Churchil, se logró el segundo objetivo: el efecto deterrente para frenar el “avance comunista”, con el pretendido título de superpotencia única. “Asustar a los rusos...” ¿Acaso se asustaron con sus seis millones de muertos por la máquina carnicera nazi?
Mientras, nosotros, unos millardos de seres humanos, hemos completado sesenta años de mirar el interminable juego del pingpong nuclear:
- “Occidente tiene suficiente para destruir el mundo”
- “Nosotros tenemos para destruirlo tres veces”
- “Occidente cinco...”
- “Nosotros siete...”
Hoy el imperio gringo anda cazando países con supuestas armas nucleares. ¿Porqué no cazó a “los rusos”? ¿Consideran merecer el privilegio de ser los únicos autores posibles de genocidio nuclear?.
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