Entre tanto

La batalla de la palabra

Es sabido que en la definición de una guerra se pueden o deben librar muchas batallas. En la guerra contra el capitalismo, una de las batallas más importantes es la de la palabra. Esta confrontación permanente y poco visible, a primera mano, comienza porque el enemigo de clase nos va despojando paulatinamente de nuestros conceptos, para colocarlos a su servicio y, por ende, a nuestro pensamiento y a nosotros mismos.

La batalla de la palabra se inscribe dentro de lo que Antonio Gramsci llama “la lucha por la hegemonía”. El vocabulario hegemónico es el que han impuesto, culturalmente, las clases dominantes como producto aparejado al de la generación de bienes materiales y a la forma como estos se hacen. Es decir que, sociedades desiguales tendrán igualmente lenguajes desiguales. Pero, además, el propósito de los dominadores, en este caso los capitalistas -y, especialmente, los imperios y países responsables de las políticas del capital- es apropiarse de todo lenguaje de la insurgencia hasta doblegarlo, aplanarlo, “igualarlo” a sus definiciones, hasta hacerlo desaparecer, convirtiendo la acepción de los dominadores en la acepción aceptada socialmente.

El tema, que es bastante complejo como para despacharlo en un corto artículo de opinión, lo asumo hoy como un nuevo llamado de atención, dirigido especialmente a quienes tienen la responsabilidad de la comunicación a través de cualquier medio. Para esto me remitiré a unos pocos ejemplos que nos ayuden a ubicar en el centro de la preocupación.

La palabra “terrorista”, también “terrorismo” o igual “terroristas” es, infaltablemenente utilizada para calificar hoy a los movimientos insurgentes de izquierda o guerrillas de vieja data, como es el caso de las Farc, en nuestra hermana Colombia. De allí se puede extender el glosario para términos que ya estoy utilizando en este primer ejemplo. “Izquierdistas” o de “izquierda” en el aplanado vocabulario que nos imponen los dominadores, puede intentar convencernos de que un diario terrorista (en la más correcta acepción del término, antes del proceso degradador de los dominadores) como El País, de España, es de “izquierda” o su origen es “izquierdista” por cuanto nace muy apegado al Psoe (partido del mismo corte que el AD de Venezuela o el Apra, peruano. Ambos autoconsiderados “socialdemócratas” que es otra forma de quitarle fuerza o confundir a quienes militan en el socialismo o en el comunismo.

Los ejemplos cotidianos, abundan. Recientemente leíamos en un llamado en primera página, de un diario impreso, comprometido con la revolución (por cierto, aquí hay otra palabra para mencionar como ejemplo: nos comprometemos con la revolución y no nos “involucramos” con la misma), en el que se informaba acerca de la invasión y hostigamientos contra el pueblo sirio y su ejército, diciendo “Rebeldes arrecian sus acciones contra ejército sirio”.

Desde el punto de vista correcto, ¿se puede denominar “rebeldes” a unos mercenarios, a unos terroristas a sueldo, pagados por los imperios para desestabilizar políticamente a un país, tal como lo vienen haciendo los estados Unido e Israel?.

Los pocos ejemplos a los que aludo en esta nota, están referidos a temas específicos de la política, pero hay muchísimos otros, en los que la imposición verbal nos conduce a aceptar la sumisión ante las injusticias, los racismos y las discriminaciones de todo tipo, propias al capitalismo. La revolución, esta Revolución Bolivariana, debe convocarnos a profundizar culturalmente nuestras transformaciones. Y, la de la palabra es fundamental. La fundamental.

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