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Nosotros y nosotros mismos
Por: Odorico Ribeiro
Fecha de publicación: 06/08/05
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tus panas
La enmienda del Congreso de los Estados Unidos en contra de Telesur fue algo que llamó la atención de todos nosotros. Sin embargo, el comentario más acertado que he escuchado sobre el lanzamiento de una señal de radio o televisión desde los Estados Unidos hacia Venezuela, con la pretensión de contrarrestar el mensaje de Telesur, lo dijo el Vicepresidente José Vicente Rangel en una entrevista con los medios el 25/07/2005: “no tiene nada de particular”.

De hecho, sabemos que aquí la gran mayoría de los medios de comunicación privados actúan bajo los lineamientos impuestos por Washington. Así que, esa enmienda, se puede decir, ya existe.

De todos modos, como decíamos al principio, la discusión generada por esa acción también nos puso a pensar y vaya que llegamos a una conclusión muy importante. Vean: llevo conmigo una imagen que no me sale de la cabeza y, a estas alturas, creo que será muy difícil quitar. Fue algo que ocurrió el fatídico 11 de abril aquél. Miraba yo por la ventana de mi casa, estaba totalmente sorprendido, con mucho miedo y con una profunda tristeza. La noche empezaba, creo que sería las nueve y piquito. La calle estaba completamente desierta pero un desierto diferente, invisible, oscuro, grotesco. Ya Chávez se sabía preso y ya el canal 8 estaba mendozado. Las informaciones que nos llegaban por los canales privados no nos daban una mínima esperanza. Más incertidumbre, más miedo.

Aunque esparcidos, se escuchaban en los alrededores algunos estallidos de alegría por parte de los que apoyaron el golpe. Yo, estático allí en la ventana, buscaba estar solo, rememoraba las situaciones de otro golpe de estado vivido antes por los lares cariocas y que Venezuela me había hecho olvidar hacía ya mucho tiempo. Justo en aquél instante sentí el renacer de un sentimiento muerto, que acababa de levantarse. Reclamé bajito el por qué sufrir aquello dos veces en la misma vida.

Absorto, estaba metido de lleno en ese pensamiento cuando, de repente, pasó un helicóptero en dirección oeste-este. Pudiera ser perfectamente una nave que se dirigía del Palacio de Miraflores al aeropuerto de La Carlota. Tal vez guiada por esa hipótesis u otra similar, una vecina del edificio de al lado creyó que allí llevaban a Chávez para alguna prisión y gritó ruidosamente: ¡ASESIINOOO!!!

Nunca pero jamás voy a olvidar ese grito, con tanto odio, tanto rencor, tantas ganas y, me imagino, tantas venas. Fue algo que hizo un eco tremendo dentro de todo aquel silencio e hizo temblar la calle, mis pensamientos, mi susto, mi sorpresa y, seguro, hizo temblar hasta la misma noche. Lo más triste fue que, seguramente, esa señora ni conocía a Chávez, ni tenía prueba alguna para afirmar eso con tanta fe. Sólo repetía algo. Sólo repetía.

¡Cuánto esa vecina me hizo comprender sobre el real poder de los medios y de los peligros a los que estamos expuestos diariamente cuando estamos frente a ellos! Y eso que uno supuestamente sabía de esos peligros, los había estudiado en la universidad, los comentaba. Uno hasta se daba el tupé de querer explicar ese fenómeno a los demás.

Ahora, transcurridos más de dos años, en la misma ventana, con el pensamiento desatado por lo que expresó José Vicente Rangel, mis ganas son las de acercarme a esa vecina y preguntarle si todavía ella cree que nuestro Presidente es realmente un asesino, tal y como la hicieron creer en aquél entonces. Pienso que, muy probablemente, y a juzgar por las matrices de opinión que últimamente han ganado más fuerza en los medios privados, ella me respondería que no, que no cree eso exactamente, pero que él sí es un corrupto y un dictador. Y eso es lo mismo, diría ella.

Así que, me gustaría preguntarle a los entendidos en la materia, si las matrices de opinión son perfectamente intercambiables en cuanto a su forma, en pleno proceso de articulación. Es decir, mañana o pasado, cuando ya no le puedan más decir corrupto o dictador, ese sector de la oposición podrá ser incitado a decir, Chávez es un monstruo de otro planeta, o algo similar. O sea, tal o cual adjetivo no le importa a la gente que aún, como que hipnotizada, sigue aceptando lo dicho por los medios. En su momento, esas personas sólo cambiarán un determinado adjetivo por otro, y así sucesivamente. De ser cierta esa teoría, la matriz de opinión articulada por esa oposición pudiera extenderse en el tiempo, con un simple cambio de adjetivo.

Lo cierto es que ese tipo de comportamiento, que se observa en muchos de los opositores, debiera llevar al Congreso norteamericano a preguntarse cuál la razón de otros gastos más con esa tal enmienda, pues la verdad, hay que reconocer, que nuestros medios privados sí han conseguido el deseado efecto hipnotizador. Más no se les puede pedir. Definitivamente, la solución a su problema no está en que se habilite otro canal de comunicación. No, su verdadero problema va un poquito más allá y se llama “la verdad”. Esa misma verdad que de manos dadas con nuestro pueblo resolvió salir por ahí, resolvió poblar nuestras casas, nuestras mentes, nuestras noches.

Claro, las mentiras siguen a diario. Incluso de una manera más sutil, si se quiere, pues ahora también nos atacan reforzando lo que aun no se ha podido resolver. Una cuestión de estrategia. Hay quienes creen que el papel de la oposición es frenar el desarrollo del país, engañar a la gente y hasta actuar como traidores. No lo entiendo pero debe ser una cuestión de estrategia.

En cuanto a la vecina, ella, estoy seguro, duerme tranquila, tal vez un tantico arrecha aún. El terrible miedo que sentí aquel nefasto abril, segurito ella no lo siente hoy. Me da ganas, claro, de decírselo. Sin embargo, lo más importante es estar claros que contra ese proceso hipnotizador, hay dos elementos de suma importancia que deben prevalecer entre los que apoyamos el proceso bolivariano, exista o no ese ataque imperialista. Nos referimos al trabajo, que debe ser constante, y a la unidad, que es fundamental.

Esos dos elementos, el trabajo y la unidad, no podemos dejar que se nos escapen de las manos. Ellos son tan importantes para el proceso bolivariano que a veces me digo a mi mismo que todo alcalde debería, tal vez imitando un poco a los pájaros de Huxley, poner en sus ciudades unas cuantas vallas con esas dos palabras, para que las recordemos a cada instante. En este momento, el camino a seguir, definitivamente, no significa una confrontación con ningún adversario, sino que, entre todos, nos cuidemos de nosotros mismos.

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Odorico Ribeiro


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