La gran estafa que fue el 23 de Enero

El 23 de enero sale el dictador, con siquiera tiempo para cargar algunos trajes. Se dirige a La Carlota de madrugada donde le espera el 7-ATI, con el Escudo Nacional de lado y lado: el avión que también fue nave presidencial de Harry Truman. Se retira, pues, escotero, a República Dominicana, con su mujer doña Flor de Chalbaud, sus hijas, su suegra doña Angelina Castro Tejera y el coronel Alberto Paoli Chalbaud (primo de doña Flor). Cuando el dictador está ascendiendo al avión, con los motores encendidos, unos oficiales que se le cuadran para despedirse, le preguntan: «General, ¿y a quién nombramos?» Pérez Jiménez les
grita: —¡Escúchenme bien: Roberto Casanova, Abel Romero Villate ni Pedro José Quevedo sirven para encargarse del nuevo gobierno. Miren, búsquense a Wolfgang Larrazábal. Él es un hombre sencillo, tranquilo, simpático y el menos complicado de todos. Nómbrenlo para que dirija una junta de gobierno. Ese es el mejor. Que Dios los proteja. Adiós 517!

El pueblo de Caracas continuaba temeroso de participar activamente en las luchas callejeras. No aparecían realmente los dirigentes revolucionarios necesarios, con las ideas claras, para enrumbar al país ante la nueva realidad nacional. Ocurrió en lo interno un fenómeno que merece investigarse: casi todos los funcionarios importantes del perezjimenismo pasarán a formar parte del régimen victorioso que asumiría Rómulo en 1959. Los jueces seguirían en sus cargos, las llamadas fuerzas vivas seguirían siendo las mismas, la gente de la prensa que guardó silencio durante la dictadura y visitaba regularmente a Pérez Jiménez en su Presidencia (por ejemplo, Miguel Otero Silva, Miguel Ángel Capriles, Luis Teófilo Núñez…), seguiría con los mismos directores; entre los sindicalistas que pasarían luego a vivir en el Country Club (y que en pleno gobierno adeco, ante cualquier estornudo de un general en algún cuartel amenazaban con echar a la calle un millón de obreros), y que emularían durante cuatro décadas al coleccionador de leones, monos y tigres, José González Navarro. Sin ninguna duda, a Betancourt se le había explicado en Washington que se quería un gobierno como el de Pérez Jiménez en sus primeros años, pero con cierta apertura hacia los partidos democráticos y con ninguna participación, claro, de comunistas. Que lo mejor era mantener la misma estructura, e ir haciendo todo lo posible por ganarse, para esta nueva etapa, a los militares perezjimenistas. Por ello, el general Moreán Soto declararía: —¡Qué sabio es Betancourt! Ha sido capaz de convencer a los oficiales perezjimenistas de la necesidad de la democracia y se los está trayendo a todos. ¡Cómo los atrae, cómo los convence! Parece un mago, un hipnotizador. Por su parte los oficiales perezjimenistas dirán: ¡Betancourt está entrando por el aro, está coincidiendo con nosotros…!

A mediados de febrero había llegado desde Nueva York la misma orden que se impartió contra la Junta Patriótica, esta vez con relación a Hugo Trejo: No conviene para la democracia ni muchos menos para los partidos, hay que sacarlo del juego.

Ciertamente, por un lado, el 23 de enero de 1958 fue un arreglo político para que las cosas continuaran tal cual las dejaba Pérez Jiménez. Más aún, todos los militares que habían participado en el alzamiento contra el dictador, quedarían marcados como sediciosos, y rápidamente serían puestos en cuarentena. Se habían convertido indudablemente en elementos peligrosos para la estabilidad del país, y por eso un grupo de altos oficiales que nada había hecho en contra de la tiranía, sería el que tomaría el timón en los altos mandos de las Fuerzas Armadas. ¿Quiénes estaban dictando estas normas?, pues el imperio, porque los cargos claves los tomó la burguesía, el poder económico. Los que toman el poder ya han decidido que el país debe seguir funcionando en lo social y en lo económico, como lo venía haciendo desde el Siglo XIX. Los asesores de la Junta de Gobierno, José Giacopini Zárraga (último ministro de Hacienda de Pérez Jiménez), Edgar Sanabria y Alirio Ugarte Pelayo, todos ultra conservadores, auspiciaban la conformación de un gobierno que ni remotamente oliera a revolución, para que en Estados Unidos se entendiera que prácticamente entre nosotros nada había cambiado.

De inmediato, los oligarcas se movilizaron, el presidente de Fedecámaras (o Fedécame, como le decían), Ángel Cervini, propuso una tregua obrero-patronal a los sindicatos para que no hicieran huelgas, lo que resultó una verdadera patraña para robarle combatividad al proletariado y con ello reducir los riesgos de un verdadero cambio revolucionario.

La gesta más chabacana de aquella acción, digna de ser estampada en los anales de AD, vendría luego: se trata de una expresión de Gonzalo Barrios y que los partidos Acción Democrática y Copei han celebrado mucho: Se encontraba este ambiguo personaje durmiendo en un lujoso apartamento en Nueva York, al cual van Betancourt y Jaime Lusinchi, muy de mañana a notificarle la buena nueva; el ex secretario de Gallegos, al enterarse, exclama: —Caramba, ¿a quién se le ocurre tumbar a un dictador a estas horas de la madrugada? Los dos políticos irrumpen en carcajadas espantosas, vulgaridad inefable profundamente arraigada en el partido del pueblo.
Comienzan a llegar oleadas de exiliados, y el más numeroso grupo proviene de Costa Rica, en un avión que ha puesto a la disposición «Pepe» Figueres. En él vienen, entre otros, Raúl Leoni, Domingo Alberto Rangel, Carlos Andrés Pérez, Octavio Lepage, Antonio Léidenz, Guido Grooscors. Cada connotado líder que va llegando, pronuncia un espectacular discurso en el aeropuerto de Maiquetía, que es retransmitido por las radiodifusoras más poderosas a toda la nación.

Los discursos más vibrantes fueron los de Jóvito Villalba y Rafael Caldera. Sobre el discurso de Jóvito, le llegó a Rómulo un minucioso informe:

Habló de Estados Unidos, censurando su política de apoyo a los dictadores y de tacañería para ayudar el desarrollo de Latinoamérica.

Exaltó al pueblo norteamericano y a la buena política roosveltiana de la buena vecindad. Habló de sí mismo. Se refirió a su largo contacto —de 17 años— con la universidad. Sus primeros estudios seguidos desde la
cárcel; los segundos estudios seguidos desde el destierro. Dijo que era un eterno estudiante. Envió un saludo a todos, desde el clero hasta los comunistas 521.

Sabemos que Caldera salió a última hora de Venezuela, y que su partido no había luchado contra la dictadura; él lo explica de esta manera: «El papel básico de Copei en el derrocamiento del régimen, fue el mantenimiento de un clima de resistencia espiritual. Aunque fue silenciada por el terror, esa resistencia fue necesaria para que
florecieran en esta feliz oportunidad las brillantes jornadas que nos han devuelto el crédito y el afecto de los pueblos hermanos de América 522».

Jóvito, ante cinco mil personas que le esperaban, exclamó: «Este no es un golpe frío sino la lucha hombro a hombro del pueblo, al lado de la juventud militar 523».

Como dentro del traumatizado aparato de gobierno han quedado enquistados jefes del pasado, como los coroneles Roberto Casanova y 521 Antología Política, Volumen sexto, 1953-1958, op. cit., p. 729.
522 Revista Momento, No 81, del 31 de enero de 1958. 523 Ibídem. 411

Abel Romero Villate, el «genial» oligarca Arturo Sosa, a quien le tocará jugar un papel crucial en la democracia, propone que se les dé a cada uno cien mil dólares para que se vayan y cojan las de villadiego.

Estas genialidades se pagan muy bien en Venezuela, de inmediato Arturo Sosa, gran camaleón de las finanzas nacionales y del Grupo Vollmer, fue premiado adjudicándosele el Ministerio de Hacienda. Así comenzó funcionando la Junta de Gobierno presidida por un hombre totalmente inculto como Wolfgang Larrazábal. Por su parte, José Giacopini Zárraga, que venía ocupando desde el 10 de enero de 1958 el Ministerio de Hacienda, se lo traspasa a Sosa, el 24 de enero; éste recibe en Caja 2.580 millones de bolívares y un mil millones de dólares
en reservas internacionales (sin contar lo de las regalías petroleras y lo relativo al Impuesto sobre la Renta).

Hasta entonces, ningún presidente había acudido al crédito internacional para hacer frente a nuestros
problemas económicos. En muy poco tiempo Sosa se encargará de dilapidar estos enormes recursos, y en Caja se descubrirá un faltante de mil millones de bolívares, a la vez que las reservas internacionales, para fines de 1958, caen a 801 millones de dólares.

Betancourt ordenó a su partido que se ejerciera toda la presión posible para exigir la ampliación de la Junta Patriótica. Ya Jóvito estaba dando piruetas verbales contra Estados Unidos sin esperar las órdenes
impartidas por el Departamento de Estado para la farsa. Se había acordado en Nueva York, que tanto Rómulo como Jóvito, para confundir al pueblo utilizasen algunos latiguillos antiimperialistas. Ya sabían que en la medida que transcurriera el tiempo, se harían inevitables las divisiones dentro de los partidos, pero que había que adelantarse en cuanto al tema de la propaganda mientras se controlaban los puntos estratégicos del poder. Jóvito estaba desaforado por ser el primero en llegar a Miraflores. Con el Departamento de Estado, Betancourt,
Villalba y Caldera acordaron que el vicepresidente Richard Nixon debía presentarse en Venezuela, lo que sería un gran acto de amistad del poderoso país del norte hacia nosotros. Era necesario hacer ver que Estados Unidos nada tuvo que ver con la dictadura de Pérez Jiménez, y que se estaba en condiciones de iniciar una nueva relación política y comercial, vigorosa y firme.

A Larrazábal se le escapa decir que pronto deben hacerse elecciones libres y directas, y aquello fue una bomba que rápidamente estremeció a todos los partidos: algo que además celebró con entusiasmo el pueblo.

El día 25 de enero, la Junta de Gobierno fue engrosada por dos civiles, Eugenio Mendoza (de los prominentes acreedores privados) y Blas Lamberti. Ese mismo día por la noche, Larrazábal muestra claramente el tipo de hombre que es al declarar: «El gobierno mantiene absoluto control de la situación y muy pronto podrá anunciar la suspensión de las medidas que para mantener el orden se han dictado, para que, en 412 esa forma, todos los venezolanos podamos disfrutar de nuestros espectáculos públicos, de nuestras carreras de caballos y del aire libre que respira la nación 524». Resulta increíble que el PCV haya decidido dar todo su apoyo a un hombre tan débil y vacuo como el vicealmirante.

Pero eso no es lo peor; el PCV se dedica con frenesí a pedir «elecciones ya», sin caer en cuenta que caía en la vil trampa que constituía la propuesta del grupo radical de la derecha, manejada por Betancourt.

Para ese enero de 1958 tenemos en Caracas 40 mil ranchos, y en toda Venezuela un 25 por ciento de población analfabeta.

El 9 de febrero de 1958, llegan Betancourt y su familia a Maiquetía. En su estilo retórico y camaleónico, con su voz atiplada e hiriente dice: Regreso a mi patria sin ánimo de venganzas, sin apetito de gobierno, pero sí con la idea y con la convicción de una tregua política, durante la cual los partidos deberán reorganizar sus filas en forma serena y sin ninguna impaciencia525 [...] Debo decir que de inmediato iré al cementerio, donde sobre la tumba de mis padres y de mis compañeros muertos en la lucha por la libertad, juraré ser un hombre sin ambiciones personales ni deshonestas 526.

Entre los que fueron a recibir a Betancourt, temblorosos de emoción, se encontraba Simón Sáez Mérida, secretario general de AD. La juventud adeca deliraba entusiasmada por aquel mítico hombre, sobre
todo Moisés Moleiro, Héctor Pérez Marcano, Jesús María Casal, Gumersindo Rodríguez, Rómulo Henríquez (hijo) y Américo Martín. Éstos, podía decirse, eran los que se habían quemado el pecho enfrentando la dictadura sin irse por los caminos del dorado exilio.

Betancourt prefería confiar en los que emigraron a Estados Unidos, Puerto Rico, Costa Rica y México. El padre de todos estos «muchachos» acabaría siendo luego el terrible panfletario Domingo Alberto Rangel, el más lúcido, el más talentoso ideológica e intelectualmente, de cuantos adecos había entonces, pero quizás por ello mismo el más sensible y el menos audaz políticamente. Era básicamente un intelectual, un académico que perdió su talento dedicándose al formulismo rancio y retórico de las teorías economicistas, por lo general casi todas
equivocadas. Todo un profesor, pues. Aunque hay que decir, también, que Domingo Alberto era demasiado vanidoso y petulante, y por esto mismo débil de carácter. Malinterpretó a Rómulo y éste no lo perdonó.
524 Antonio Blanco Muñoz, Venezuela 1958, Fundación «Cátedra Pío Tamayo», UCV,
1991, p. 178.
525 Es decir lo acordado por el Departamento de Estado.
526 Fundación Rómulo Betancourt, Betancourt, Rómulo - La segunda independencia de
Venezuela, Compilación de la Columna. Economía y Finanzas del diario Ahora, 1937-
1939, Tomo II, 1992, p. 157.
413

Lo que sorprende a este grupo de jóvenes, que están recibiendo con júbilo al líder más glorioso de su partido, al batallador incansable por la libertad y defensa de la soberanía nacional y el progreso de su patria, es observar que allí mismo en el aeropuerto, al tocar tierra venezolana, un grupo de amigos empresarios le están haciendo entrega de un automóvil convertible. Lo escoltan estos amigos, Rómulo alza la mano, trata de abrirse paso entre sus muchachos, los que han dado la pelea en la resistencia y que adonde él se dirija allí van ellos gritando «¡Viva el gran líder Rómulo Betancourt!», «¡Viva Acción Democrática!» El héroe entra al descapotado vehículo especial para la ocasión, impecablemente vestido de blanco, se quita el sombrero, alza su mano con la infaltable pipa, se despide y ahora se encamina hacia la terrible Caracas, preñada de convulsiones, de la que estuviera ausente casi diez años.

La simple entrada de Rómulo a la capital le planteó un serio problema al gobierno de transición; inmediatamente el general Jesús María Castro León le planteó al gobierno que con Betancourt en Venezuela, él no respondía de lo que le pudiera suceder a las Fuerzas Armadas. Castro León, le tenía un morboso pánico a Betancourt.
Ya Rómulo tenía armado su propio CEN para imponers, el cual integraban: Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Augusto Dubuc, el sindicalista José González Navarro y el mismísimo Domingo Alberto Rangel. Un día Rómulo se presenta sorpresivamente a este CEN, hermético y serio. Abraza a medias, saluda a medias, procurando
descubrir qué hay detrás de aquellas miradas y sonrisas. Como para sorprender intenciones solapadas o posiciones irresolutas, calibrar el poder de los zarpazos que podría recibir, estudiar las dobleces de los
que se declaran adictos a su persona. Pide que le entreguen un informe sobre los planes en los que anda Hugo Trejo, sobre quiénes son los amigos de este oficial y bajo qué ordenes actúa, quiénes en AD creen en él; en qué consiste su propuesta de lucha, su verdadera relación con Wolfgang Larrazábal, y con los que comandan tropas.

Estando en estos pormenores, recibe un sobre con una ayuda económica del empresario Alejandro Hernández. Su rostro permanece inalterable. Comenzaban a manifestarse, por vía del gran apoyo que está recibiendo de la embajada norteamericana, los primeros aportes para la campaña electoral. En redondo, la ayuda de Alejandro
Hernández superará los 250.000 bolívares.

Habiendo concluido la visita a su partido, se dirigió a Fedecámaras para verse con don Salvador Salvatierra con quien suscribió, para la misma causa de la lucha por la candidatura, un pagaré de su banco por 100.000 bolívares. Por otro lado, los banqueros Julio Pocaterra y Leopoldo Correa se comprometieron a pasarle un aporte regular para el pago de sus guardaespaldas. Estos hechos que se conocieron en el seno del AD decente, serían parte de algunas chispas que iban a ir alimentando un 414 severo cisma dentro del partido.

Lo que nadie sabía en AD, era que la honda preocupación de Betancourt por los pasos que estaba dando
Hugo Trejo, tenía que ver con los contactos tan frecuentes y muy amistosos que estaba teniendo con los empresarios. Taimado, con ese aspecto de honda preocupación con el que se disfrazaba para evitar los saludos de la «gente innecesaria e inútil», se traslada a la quinta Miramar, calle Maury, de la urbanización Las Mercedes.

Poco antes de que se retiren sus compañeros, les dice casi en susurro y con aparente indiferencia: «Vengo, así debe entenderlo todo el partido, sin ambiciones políticas ni interés por el poder527».

Es esta una pose muy adecuada para dejar contenta y confusa a la masa, pero en el círculo de sus más íntimos y leales amigos del partido (entre ellos no se contaba Domingo Alberto Rangel) su posición era otra. A ellos les habló por todo el cañón: —Señores, quiero que sepan que vengo decidido a gobernar. Además quiero que se enteren que ya está escrito que seré el próximo presidente de Venezuela, y espero que ustedes sepan las razones de por qué se los digo. Supongo que no se necesitarán explicaciones de ningún tipo.

Ustedes irán recibiendo mis órdenes a su debido momento, y con nadie más deben comentar esto que les estoy expresando. De momento dejemos correr toda clase de bolas y cuentos, y a mí únicamente, por reglas estratégicas, me corresponderá declarar, cuando sea necesario, lo que tenga que ver con posibles candidatos de AD. Se darán a conocer unos candidatos independientes, y no hay que alarmarse en absoluto por eso. Buenas noches, señores.

Betancourt conservará por el resto de su vida un gran sentimiento de desprecio y odio hacia los acontecimientos del 23 de enero, y conseguirá trasmitirlo a todos los miembros de Acción Democrática.

Paradoja, si se toma en cuenta que fue debido en parte, a la resistencia adeca que se consigue hacer tambalear al dictador. Pero es que dentro de la vieja guardia este sentimiento resultaba chocante. Cada vez que haya disturbios callejeros, Betancourt frenético de indignación gritará: «¡La fauna de añoradores del paraíso perdido del 23 de enero!» Porque en verdad, él mismo reconocía que el más grande error histórico fue haberle permitido a la juventud venezolana adueñarse de una posición antiimperialista. Aquel era el gran momento para un cambio total hacia un verdadero régimen de justicia y de igualdad social. Como en ningún otro momento de nuestra historia se tuvo un momento más hermoso, más auténticamente patriótico. Betancourt habría de trastocarlo y
destruirlo todo.

En Venezuela, un grupo de intelectuales ha pretendido hacer ver que don Arturo Uslar Pietri era un ser puro políticamente. Y es necesario 527 Ramón Urdaneta (1996), Vol. V, op. cit., p. 36. 415 decir que fue otro adeco, culpable como nadie del desastre democrático que por más de cuarenta años estuvimos padeciendo: Fue él quien
ayudó a confeccionar el acta constitutiva del gobierno de Larrazábal, prácticamente junto con Isaac J. Pardo, quien nombró a dedo el primer gabinete528. Uslar estuvo detenido sólo 24 horas por el régimen de Pérez Jiménez, pero cómo nos cobrará con creces este «gran sufrimiento»: convertido per saecula saeculorum en inmaculado oráculo de la nación, dueño de un partido, senador, director de El Nacional, embajador en la ONU, representante del gobierno en Estados Unidos para actos en honor al Libertador… Eso sí, siempre libando buenos vinos en Miraflores, en el Congreso y en las Academias, al tiempo que no deja de disparar a mansalva a cuantos se encaramen en el «coroto».

En cada efeméride lo veremos desgarrándose las vestiduras, hablando de la corrupción que nos envilece, de las perversiones políticas y de los cataclismos sociales sin control ni pausa. Pero cuando estemos en presencia de algunos de esos cataclismos y se avizore alguna leve luz de cambio en el horizonte, alguna débil esperanza, él será de los primeros en intervenir para evitar que en el país se haga justicia. Revolverá los argumentos para entonces proclamar que los que quieren cambios son unos locos y unos bochincheros. Un día Vitelio Reyes le
reclamará, durante el mandato de Leoni, su actitud neoadeca, y éste le contestará: «He encontrado, Vitelio, que los adecos en el fondo son seres de muy buenas intenciones. Ahora los he conocido de cerca y por eso colaboro con ellos».

La Junta Militar se conforma, y acaba recibiendo el beneplácito del Departamento de Estado y de los que realmente la han sugerido a éste, Betancourt, Caldera y Villalba, para que funcione sin traumas.

Larrazábal, con su estilo apaciguado y un tanto indiferente, pudo, ante varios grupos políticos, superar algunos temporales en su contra; se comenzaba a ventilar su relación callada y fiel a la dictadura.

Betancourt no lo dejó pasar por alto y supo manejarlo con astucia dentro de su partido. Él hizo correr la voz que por su estrecha relación con el dictador, debería quedar inhabilitado políticamente. Al contralmirante le llegaron los comentarios y llegó a responder asustado: «Si esto sigue así y no se va a llegar a ningún acuerdo, yo me
retiro, porque en lo que a mí se refiere, yo no he hecho nada para tumbar a Pérez Jiménez, no he puesto ni un granito de arena529».

Es 528 Años más tarde dirá con su típica hipocresía que el pueblo también se equivoca. Lo dirá en el momento más álgido de nuestra historia y cuando se está a un tris de barrer para siempre a los adecos. El adequismo es algo profundamente asentado en el alma venezolana, y después de dos décadas de gobierno democrático encontraremos que casi todos los que se llamaban a sí mismos comunistas y miricos encontrarán su verdadero ser, volviéndose en sus actos y pareceres, furibundos adecos. 529 Antonio Blanco Muñoz (1991) op. cit., p. 85, 86. Confesión de Oscar Centeno y Blas Lamberti (1979). 416 decir, Betancourt, sabiendo manejar diestramente la información, tenía el poder de neutralizar y hasta de hundir a su antojo a todo aquel que por algún motivo se le atravesara en su camino.

Por esta razón, el general Jesús María Castro León le tenía un pánico delirante y morboso. Para Betancourt el hombre de temer en aquellos momentos no era el contralmirante sino Hugo Trejo. Y por él iba.

El 22 de febrero, Carlos Pérez de la Cova asume el Ministerio de Minas e Hidrocarburos, y a los pocos días se da cuenta de la preocupante situación petrolera a causa de las restricciones y de los bajos precios. Se opta entonces por denunciar muy tímidamente el tratado comercial entre Venezuela y Estados Unidos, firmado desde
1939, mediante el cual los productos manufacturados norteamericanos reciben un trato preferencial en las aduanas; Betancourt se moviliza para darle consejos al gobierno. No era momento de modificar nada que
pudiese irritar a Washington. Lo importante ante todo era lograr la estabilidad política y luego podrían hacerse algunos reclamos. Aquel tratado era una descomunal ancla que hundía a la pequeña nave económica nacional. Venezuela había escogido importar todo tipo de piezas y componentes industriales y tecnológicos, para jamás
plantearse el desarrollo de la producción de tales partes, al tiempo que Estados Unidos se permitía actuar de manera unilateral al imponerle restricciones a la importación de petróleo.

La posición de Betancourt, en cuanto a no discutir en absoluto este asunto, fue llevada al seno de Fedecámaras, que elevó su preocupación al gobierno, y la Cancillería de inmediato recogió sus sugerencias. Ya para mediados de marzo se encontraba en Caracas, Thomas Mann, subsecretario de Estado norteamericano para asuntos económicos, quien venía a ver in situ los planteamientos del gobierno. Poco después llegó el nuevo embajador yanqui, Edgard J. Sparks, y se continuó con el problema de las restricciones que fueron llevadas ante el mismísimo canciller John Foster Dulles, quien no le hizo ningún comentario al respecto. La verdad era que había petróleo de sobra en el mundo, porque en parte Venezuela había contribuido a abarrotar los depósitos con las más de siete millones de hectáreas que había dado en concesiones en 1957.

Betancourt necesitaba conocer al nuevo líder militar, al contralmirante Larrazábal, y acudió a desayunar un día a su casa de Santa Mónica. Aquella casa estaba plagada de trofeos deportivos y se apreciaban espacios en blanco en los que antes y recientemente debieron encontrarse placas y fotos, premios y agasajos otorgados por
el dictador Pérez Jiménez. Wolfgang era muy emotivo en su discurso, y dejaba ver debilidades que Betancourt inmediatamente procesaba para sus ulteriores movimientos. Rómulo comprendió la calidad de hombre bueno e inseguro que estaba encargado temporalmente del gobierno. 417

No recordaba de él nada meritorio de la época que iba entre 1945 y 1948. El contralmirante le explicó el Plan de Emergencia, mediante el cual se le estaba entregando un subsidio a los desempleados. Este Plan era en verdad una salida poco práctica y poca digna para resolver un problema tan complejo, y mostraba una vez más la gran carencia de imaginación de los gobiernos para enfrentar los graves traumas sociales nuestros. Seguramente AD y el PCV en un principio consideraron que con este Plan se podía mitigar en parte las necesidades económicas de los más pobres, y le dieron todo su apoyo.

Cuando ya había calibrado muy bien al personaje, Betancourt, con sumo cuidado, pasó a referirse al «valiente soldado» Hugo Trejo. Su papel preponderante en la salida del tirano, y según sabía de sus altas cualidades como patriota, desprendido de esas necias ambiciones que suelen atacar a los altos mandos; decidido hombre democrático, quien estaba dando pasos para ponerle coto a la injerencia partidista dentro de las Fuerzas Armadas. El contralmirante elogió a Hugo Trejo, refirió su audacia cuando partió del cuartel Urdaneta decidido a derrocar al dictador: …en fin un buen muchacho, de muy buen corazón y apegado cien por ciento a la institucionalidad democrática. Lo que no impidió, sin embargo, que Rómulo pusiese sobre el tapete la necesidad de ir renovando esos cuadros que podrían crear fisuras y desgarros en el crítico ambiente político que se vivía. Que con el culminado proceso de lucha, haciendo resistencia al tirano, ya se había superado una etapa
crucial y a los militares les había llegado la hora de retirarse a sus cuarteles (o en caso contrario, ser retirados de la vida pública); de otro modo se prestaba su actuación pública para crear alarmas y agites entre aventureros o vándalos de la política. —Me gustaría saber, ¿por qué el teniente coronel Hugo Trejo dicta conferencias en los cuarteles?

No hablaba con cualquier político el contralmirante, y lo sabía; estaba ante uno de los hombres más versados en política en América Latina. Un ex presidente, un experto en golpes de Estado, un líder cercano a los más extraordinarios secretos de quienes dirigen la política norteamericana, y que durante diez años había estado
siguiendo paso a paso la administración perezjimenista en la que el contralmirante había tenido alguna figuración. Podía recordarle, por ejemplo, que él, Wolfgang Larrazábal, había firmado el Acta por la cual se desconoció al presidente Rómulo Gallegos y por la que se nombró a la Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud.

¡Qué no sabía Betancourt! Por otro lado, Wolfgang siempre escuchó que Pérez Jiménez al único adeco que respetaba por sus mañas era a Betancourt, y que éste era a la vez el único quien tenía los contactos y poderes
suficientes en el norte como para desconceptuarlo y derrocarlo. Escuchándole, mirándole a los ojos, podía decirse Larrazábal: éste fue el hombre que derrocó a mi general; desde lejos pudo hacerlo y ahora 418
viene con todos los bríos a tratar de imponerse de nuevo.

Larrazábal le explicó que las conferencias de Hugo Trejo eran pedagógicamente necesarias por el estado de gran confusión que se estaba viviendo; sobre todo, cuando la inmensa mayoría de los altos mandos eran todavía perezjimenistas. —Le puedo asegurar que no se trata de proselitismo alguno. Él es un extraordinario militar: el primero en sus cuatro de estudios en la Escuela Militar; el primero en todos los cursos y también el primero en cuantos estudios realizó en el extranjero. Le parecía a Betancourt que le estuvieran hablando de su gran ex contendor, don Marcos Pérez Jiménez.

Cuando Betancourt dejó aquella quinta, rodeada de marinos, penetró con aguda claridad en otros pormenores de las peligrosas ambiciones de algunos jefes dentro del Alto Mando, y que podían preludiar un estado de guerra civil.

Wolfgang al igual que Pérez Jiménez (quien sabe, si adquirió esta práctica del mismo dictador) era fanático lector de las Selecciones del Reader’s Digest. Escribía versos, cantaba y tocaba el cuatro con mediana habilidad.

Sobre este enrarecido panorama de planes, de complots que se armaban en los cuarteles, en los barrios, en los partidos, con saqueadores profesionales de cuello blanco (quizá de su misma calaña, que querían erigirse en directores de una nueva revolución), Pedro Estrada recoge las siguientes apreciaciones 530:
1. Los disturbios en este siglo en Venezuela se han caracterizado por los saqueos a partir de la muerte de Gómez, y los comenzaban, no los muertos de hambre, sino los ricos. Los oligarcas ordenaban saquear para luego aprovecharse de estos vandalismos.
2. El general Pérez Jiménez vivía modestamente para permanecer fuerte y no atraer la envidia de los demás. Venezuela es uno de los pocos países donde los ricos viven abajo y los pobres en las colinas.
3. Venezuela requiere de un largo período dictatorial 531.
4. Mucha gente del 28 era amiga mía, por ejemplo Miguel Otero
Silva532.
530 Agustín Blanco Muñoz, Pedro Estrada Habló (1983), op. cit., p. 137.
531 Resaltado del autor.
532 Miguel Otero Silva le dijo una vez a Pérez Jiménez (Agustín Blanco Muñoz, Habla el general (1983), op. cit., p. 159) que Betancourt «había dejado de ser comunista, pero que seguía siendo una cosa que no quiero repetir». De acuerdo con Pérez Jiménez (Agustín Blanco Muñoz, Pedro Estrada habló (1983), op. cit.), «A Miguel Otero Silva lo que le interesaba eran los reales. Y quizás por eso se puso el traje de comunista, para
obtener más dividendos. Es como aquellos señores Machado, quienes tenían unas enormes mansiones». Los Otero Silva acabaron asociándose con los Rockefeller, alianza que se comprende, pasó por las ventas de los CADAS a los Cisneros, quienes llegaron a 419.

5. El Ejército venezolano es un ejército de ocupación, no para combatir fuera del país. Un ejército adaptado al proceso de colonización impuesto por determinadas fuerzas económicas. Cuando los Cisneros le compran los CADA a los Rockefeller, persiste la misma penetración norteamericana.

6. El general José María García me dijo a mí, que ellos, los militares, creían que sostenían a J. V. Gómez, cuando era lo contrario, que era el prestigio del viejo dictador y el de su nombre el que los sostenía a todos ellos.

Ante un Partido Comunista que ha optado por una excesiva ambigüedad, porque para nada apela a la tesis fundamental de la luchade clases, la burguesía sin ambages le toma la delantera y asume su papel, que es el de ir controlando o neutralizando, corrompiendo las acciones de las fuerzas en los barrios. Sabe que el hombre clave para entenderse con las fuerzas militares, la oligarquía y los movimientos populares es Rómulo, quien ha llegado curtido en los menesteres de la gran política internacional bajo el manto sagrado del capitalismo.

Betancourt cumplía paso a paso y magistralmente, cada uno de los acuerdos asumidos con el Departamento de Estado, hasta que consigue hacerse con la presidencia de su partido. Comienza a moverse y a rodearse precisamente de los militantes que tuvieron poca participación en la resistencia, entre ellos Carlos Andrés Pérez.

En verdad, muchos concuerdan en que Betancourt entonces miraba altanero e incómodo a cuantos habían estado presos y habían sido torturados. Se mueve a gatas solicitándole a los compañeros, que se cuiden de hacer protestas callejeras que vayan a poner en peligro la buena marcha de la transición, y que todas las tareas de reconstrucción deben hacerse dentro de los locales de los partidos.

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 @jsantroz

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