Arrinconar a la derecha, organizar el Poder Popular

El pueblo acaba de asestarle el 7 O una formidable derrota a la derecha interna y –especialmente – a sus mandantes imperialistas. La voluntad de transformación social de una amplia mayoría del pueblo fue, una vez más, capaz de sobreponerse y doblegar al aparato mediático de la burguesía, a las tramposas propuestas de una felicidad que ofrecían en cuotas, al cotillón montado para la campaña electoral. Pero la contrarrevolución no se agota con la derrota electoral de un candidato majunche.

No está ni muerta ni arrinconada. Se alimenta de dos vertientes poderosas. La de los capitalistas internos que, aunque más limitados, mantienen firme tanto su poderío económico como su afán de recuperar el control del Estado en cuánto se les presente la oportunidad. La otra fuente de la contrarrevolución hunde sus raíces en el complejo entramado del capitalismo mundial que, por la naturaleza explotadora de su forma de producción y por la coyuntura de la grave crisis que atraviesa, que ya produjo en los países centrales manifestaciones de convulsiones sociales, necesita aplastar cualquier ejemplo de un pueblo que busca una sociedad más igualitaria, que se rebela contra la lógica de la ganancia y que inclina su mirada de futuro hacia el socialismo.

Pero esa contradicción irreductible entre la revolución y la contrarrevolución no siempre se expresa con claridad. A veces se opaca por la forma esencialmente electoral que la confrontación asume en Venezuela. La derecha se favorece con las zonas de penumbra porque necesita ocultar su verdadera propuesta, que es amoldar toda la vida social a los arbitrios de un mercado liberado y a disposición de los grandes grupos empresarios. Fracasaron contra Chávez, porque con luminosidad revolucionaria puso el eje del enfrentamiento blanco contra negro. Con el Programa de la Patria – cuyo debate aún es una tarea incumplida – la opinión pública se polarizó alrededor de dos modelos de sociedad.

Sin embargo muchos sectores del pueblo cayeron en la trampa, y por razones múltiples, votaron a favor de sus enemigos históricos de clase. Lo paradójico es que algunos sectores bolivarianos, que se auto asumen como vanguardias lúcidas, frente a las próximas elecciones de gobernadores orillan la misma trampa. Pareciera que creen que la contrarrevolución está menguada porque perdió la batalla mayor y ahora orientan su esfuerzo militante para imponer candidatos a gobernadores alternativos con – supuestamente –mayor solvencia revolucionaria que los proclamados por el PSUV.

Lamentablemente se equivocan en ambas cosas. Ni la contrarrevolución está alicaída, ni la eliminación de oportunistas de las filas bolivarianas se resuelve por sustitución de candidatos.

Es cierto que la base social de la derecha está más desmoralizada por la reciente derrota de su candidato. Podría influir para una menor participación de los sectores burgueses y las clases medias en las próximas elecciones de diciembre, aunque no es seguro que así suceda. Pero no es menos cierto que la tarea de los revolucionarios consiste en movilizar unitariamente a la mayor parte del pueblo para bloquearle a la contrarrevolución el acceso a los espacios institucionales del Estado. En ese sentido la de diciembre será continuidad de la batalla ganada, que pese a su magnitud, es un triunfo incompleto si se mide desde la perspectiva de revolucionar las estructuras del viejo Estado que están intactas. Por eso cualquier aliento al divisionismo electoral no juega precisamente a favor de profundizar la revolución, aunque se realice en nombre del más radical de los programas.

Pero resulta que quienes desde la izquierda alientan candidaturas paralelas a las oficiales del PSUV ni siquiera cuestionan el Programa, sino la calidad de los propuestos. En ciertos casos tienen razón. Algunos candidatos oficialistas cargan atrás suyo fuerte cuestionamiento y hay serias dudas de su real compromiso socialista. Pero en un proceso revolucionario no se trata de sustituir un hombre por otro de mejor perfil revolucionario. Sino de sustituir a quienes expresan en sus prácticas a las viejas clases de la sociedad – aún dentro de las filas bolivarianas – por genuinos representantes que emerjan de las clases revolucionarias organizadas, las clases explotadas en general y los trabajadores en primer lugar.

Y este es el gran desafío para quienes se sientan vanguardia para el nuevo período de la Revolución Bolivariana que se inicia: contribuir a la organización consciente de las clases explotadas. En los barrios, en las fábricas, en las empresas del Estado, en el campo. Las Comunas en la ciudad y el campo, los Consejos de Trabajadores y Trabajadoras son una vía escasamente transitada en esa dirección, para darle Poder al Pueblo, como insistentemente reclama Chávez.

Mientras tanto, el 16 de diciembre terminemos de arrinconar unitariamente a la derecha pro-imperialista, impidiendo su acceso a las gobernaciones.


Bacher es columnista del periódico "Desde Abajo"

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