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A Noé lo dejó la nave de la racionalidad. Se encuentra varado en ese puerto ya sin embarcaciones donde sólo algunos sobreviven. Noé no se halla solo, pero si muy mal acompañado. Se encuentra junto a algunos venezolanos que también están disociados, separados de su barcaza de sentido común. Pareciera que olvidaron parte de la realidad, un trozo de mundo, mar adentro. Es así como cometen delitos y creen haber cometido proezas; es así como atropellan, maltratan y vejan, y se consideran capitanes del buen obrar.
Noé hace coro en el puerto de los pocos: “¡El régimen!”, que para ellos es un terrible monstruo marino, aquello que los mantiene cautivos en puerto clausurado, cargados de miedo y miseria. Para Noé un reportero comunitario es un “pandillero”, quizá lo vea como un temible pirata con parche, garfio y loro al hombro, tal vez como el culpable del hundimiento de su arca. Se encuentra frustrado, porque pretende ser líder, salvador de los suyos, pero no tiene embarcación que los abarque.
Se te viene el diluvio, Noé. Se te viene una tormenta que seguramente no podrá lavar tu ceguera rebosada de odio, tus epítetos de libreto panfletario. Se te viene un chaparrón de pueblo que no está ciego, testigo del hundimiento definitivo de tu nave que ya venía haciendo aguas. Porque esta no fue tu primera agresión, Noé, ya habías lanzado tus torpes puños en contra del pueblo, “hordas” para ti. Vas a hundirte en el pantano de tu orilla, y no serán los golpes ni las patadas las que te acabarán. No serán necesarios los espías que figura tu paranoia recalcitrante, ni siquiera el accionar de ese “músculo revolucionario” que imaginas ahorcándote. Te hundirás solo, víctima de tu discurso ahogado de lugares comunes, presa fácil de tu realidad de cartón que jamás podrá sostenerse a flote.
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