La chusma en la Libertador

La gente del oeste del este está conmocionada. De la noche a la mañana se ha levantado un montón de edificios en los alrededores de La Florida, La Campiña, Las Palmas, Los Caobos, Sabana Grande, que mantiene en ascuas a la vecindad, poco acostumbrada a que se mude a sus espacios gente que viene de los cerros y no de las colinas, como preferirían.

Ahora llaman a la avenida que honra al Padre de la Patria, la “Ranchería Libertador”. Si eso no es fascismo, racismo y exclusión, no encuentro otro término apropiado.

Se quejan porque ahora no tienen dónde estacionar el segundo carro que poseen, porque el Gobierno expropió los terrenos que se usaban como parqueaderos en la zona.

No importa si el fin es para beneficiar a seres humanos, en lugar de automóviles, porque el egoísmo que caracteriza a esta clase media venezolana no deja lugar para consideraciones que tengan que ver con terceros.

Mientras la chusma se mantenía en sus espacios y no cruzaba las fronteras sociales, no había problemas. Pero desde que a Chávez se le ocurrió darles vela en el entierro colectivo, interesarse por sus problemas y privilegiar sus necesidades, por encima de las de una minoría que estaba resuelta desde hace décadas, este país es un hervidero de odio y resentimiento ilimitado.

Transitamos diariamente los espacios donde hoy se amontonan esos edificios; muchos de ellos ya están habitados y nunca he escuchado ni un equipo de sonido a todo volumen, ni he visto un basurero en el piso, ni motos subiendo escaleras, como han asegurado algunos. Todo lo contrario, donde primero se asomó la navidad, con humildes expresiones decorativas, fue en esa nueva vecindad y de la convivencia con los habitantes de esas urbanizaciones no conocemos de ningún problema.

La base del rechazo radica en que el Ejecutivo rompió fronteras, puso a los del oeste a vivir en el este, y ahora tenemos una mezcla de clases impensada años atrás. Los puntos cardinales en esta ciudad determinaban castas y establecían límites que nadie cruzaba, por más que quisiera. Así como era muy difícil antes encontrar un negro o un nuevo rico en el Country Club, también era inconcebible esta mezcolanza social que estamos viviendo.

No estamos en capacidad de opinar si lo que se está haciendo en materia de vivienda es o no acertado. Presumimos que la carrera debe estar forzando a la improvisación y de esta se pueden derivar otra clase de conflictos más adelante. Tal vez la prisa por resolver lo urgente de las personas sin techo, haya obligado a saltarse la importancia de la planificación. Todo ese tema es discutible, pero es harina de otro costal. El asunto de hoy es la efervescencia y la iracundia de quienes creen que su calidad de vida y su estatus social está amenazado porque los nuevos vecinos vienen de un barrio.

A la repulsa hay que sumar que además consideran que el montón de edificios “de marginales” le va a restar valor a su propiedad, porque pocos apostarán a comprar inmuebles con “semejante” compañía. Así, entre roces y resquemores, un empujoncito aquí y otro allá, una mirada de rechazo y una respuesta defensiva, el oeste del este tendrá que acostumbrarse a que las cosas cambiaron.

Muchos de la clase media ni siquiera se dan cuenta que tienen la chequera llena, pero el rancho en la cabeza, carentes de educación, principios y humanidad. Estos son los fundamentos de la verdadera condición humana.

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