Bolívar contra la difamación, la impunidad y la corrupción

1.- Bolívar contra la difamación

Bolívar fue cuidadoso en el momento de acusar a alguien de actos de corrupción. Conocía el daño que a la reputación y a la carrera política de un individuo se le hacía si se enlodaba su nombre a partir de conjeturas, sospechas, indicios, medias verdades, falsas acusaciones o denuncias tendenciosas. Estaba consciente de que no se podía acusar sin pruebas contundentes; de que no se podía crear sin fundamento una corriente de opinión negativa contra nadie. Estaba en la convicción de que “más hace en un día un intrigante que cien hombres en un mes”.

Bolívar era un hombre íntegro. Se negaba a actuar con bajeza. Jamás usó la intriga, la calumnia, la difamación o el poder para combatir a sus enemigos. Siempre dio la cara e hizo acopio de argumentos categóricos, a través de los órganos jurisdiccionales competentes, para enfrentar a los presuntos corruptos. Sabía que un error en esta materia traía graves consecuencias. Era firme, por supuesto, pero muy responsable y serio al momento de formular o respaldar una imputación contra cualquiera. Se negaba a hacerse eco de rumores maledicentes contra las personas. No desconocía que una vez que se disemina la duda contra alguien, aún después de haberse demostrado su inocencia, el daño ya está hecho. Cuando la intriga ha sido sembrada, nada ni nadie puede restablecer plenamente la confianza ni borrar del todo una duda.

Él mismo, alguna vez, fue acusado de actos de corrupción, difamado y sometido al escarnio público por compañeros suyos de las filas patriotas. Las cosas fueron como sigue: En virtud de la carencia de recursos y de dinero para financiar la lucha por la independencia y enfrentar al ejército realista durante la Segunda República, en 1814 Bolívar decidió la requisición de las alhajas de los particulares y de las reliquias de los templos, para ser transformadas en monedas. En la huída a Oriente al caer la Segunda República este tesoro fue a parar a manos de corsarios al servicio de los patriotas que pretendían llevarse esa fortuna como pago por su apoyo. Bolívar decide perseguirlos para impedir que se salieran con la suya y para rescatar los bienes, pero algunos compañeros de armas, bien sea por maledicencia o por rivalidad, le acusan de ¡desertor!, ¡ladrón!, y de repartirse el botín con los piratas en alta mar; luego le enjuician y ¡le condenan! Según Guillermo García Ponce en “Bolívar y las armas en la guerra de independencia”:

“Bolívar es prácticamente un proscrito cuando en 1814 abandonó Venezuela. En Pampatar lo rechazaron a cañonazos (…) Los jefes militares lo destituyeron del mando supremo. Piar lo buscaba en Carúpano para someterlo a un pelotón de fusilamiento. José Félix Ribas, su tío y Mariscal de Campo de la República, formuló contra él un iracundo libelo de gravísimas acusaciones. (…) Sindicado como ladrón, desertor y bandolero, Bolívar fue arrestado”.

A punto estuvo Bolívar de perder la vida a manos de estos “guardianes de la ética”, que querían dejar fuera a quien había conducido con éxito la Campaña Admirable y ostentaba el honroso título de Libertador. Este hombre era grande y talentoso, por eso tuvo enemigos que quisieron apagar su estrella u ocultar su luz en la penumbra de la infamia.

En relación con este tema de la difamación, años después Martí dijo: “La lengua de un hombre ha de caerse en pedazos, y ser polvo y ceniza, antes de esparcir por odio o ambición cuentos que ofendan en la vida privada a su enemigo”.

Como visionario que era, Bolívar quiso destruir el mal de la corrupción en la América republicana cuando el mal estaba aún en germen. La quiso destruir con las siguientes armas: el rigor en los procedimientos, y la grandeza de alma y el espíritu de justicia en la actitud. Cualquier práctica distinta no puede llamarse bolivariana… ni martiana.

2.- El combate contra la impunidad

“Ya yo no quiero que me digan quién se robó los reales, yo sé que se los robaron, me consta, pero ya no me basta con eso. El problema es que esas personas que llamamos corruptos son denunciadas, son colocadas ante la picota y la opinión pública; pero todos o casi todos están en sus casas”.

José Ignacio Cabrujas

En lo atinente al tema de la probidad en el ejercicio de la administración pública, el buen ejemplo de los líderes es fundamental. Como enfatiza un antiguo adagio persa: “Si el rey arranca una manzana en el parque público, la gente se llevará hasta las raíces del árbol”.

Bolívar fue un buen ejemplo. Estando en la cima del poder debió acudir a los tribunales para resolver un litigio personal. Algunos esperaban que hiciera uso de sus influencias para ganar el juicio, pero El Libertador fue congruente al respetar al Poder Judicial y salvaguardar la independencia de éste con respecto al Ejecutivo. Le dice en abril de 1825 a su hermana María Antonia:

“Yo no le escribiré a ningún juez sobre el pleito…por más que tú te empeñes. No quiero exceder los límites de mis derechos, que, por lo mismo que mi situación es elevada, aquéllos son más estrechos. La suerte me ha colocado en el ápice del poder; pero no quiero tener otros derechos que los del más simple ciudadano. Que se haga justicia y que ésta se me imparta si la tengo. Si no la tengo recibiré tranquilo el fallo de los tribunales”.

El ideal de justicia tiene sus enemigos. La impunidad es, quizás, el mayor de ellos. “La impunidad de los delitos —decía Bolívar— hace que éstos se cometan con más frecuencia: al fin llega el caso en que el castigo no basta para reprimirlos”. Además advertía:

“…la clemencia con el malvado es un castigo del bueno: y si es una virtud la indulgencia, lo es, ciertamente, cuando es ejercida por un particular, pero no por un gobierno”.

En América Latina ha habido impunidad para proteger a los privilegiados y relegar a los humildes. Impunidad para evadir sanciones y penas. Impunidad que permite al malhechor pavonearse y ostentar las riquezas fruto de su delito. Impunidad para que haya delitos sin delincuentes. Impunidad que descompone el sistema judicial. Impunidad que se burla del sentido común e ignora las más claras evidencias del enriquecimiento ilícito o del crimen. Impunidad que pervierte los valores y suele ir acompañada del aplauso social. Impunidad que recompensa al delincuente y convierte su proceder en un modelo de éxito a seguir. Impunidad que se burla de las personas íntegras y de las conductas probas. Impunidad que amenaza y castiga al denunciante.

De allí que sea tan importante combatir el delito y la impunidad, mediante ejemplar castigo. Para que no sigan siendo verdad las palabras de un pseudo dirigente del pasado, de cuyo nombre no quisiéramos acordarnos, quien afirmara: “En el país se roba porque no hay razones para no hacerlo”.

Los socialistas debemos ser firmes contra la impunidad, que es una grieta capaz de seguirse extendiendo hasta resquebrajar el piso ético de una nación.

3.- Páez y Santander versus Bolívar y Sucre

“El modo de hacerse popular y gobernar bien es el de emplear hombres honrados, aunque sean enemigos”

Simón Bolívar

En lo relativo al manejo de la hacienda pública por parte de los luchadores políticos una vez que han llegado al poder, dos han sido las concepciones que se han manejado en América Latina desde el siglo xix hasta la actualidad: la de José Antonio Páez y Francisco de Paula Santander en oposición a la de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.

En su Autobiografía el mismo Páez caracteriza su visión del asunto: Los políticos merecen una recompensa, “no todos suelen contentarse (…) con la gloria póstuma y el aprecio de las generaciones”. A confesión de partes… De allí que hacer política se convierte, en la práctica, en un negocio extremadamente lucrativo. Llega a ser mal visto quien no saca provecho monetario de su quehacer en las funciones públicas.

Páez es un ejemplo de lo que profesa. De simple peón de hacienda que entra en la guerra por la independencia con una lanza como único bien, se convierte en gran hacendado, comerciante y dueño de esclavos.

Santander, pese a sus aparentes diferencias con Páez, en una cosa se le parece: viene a cobrar. La hacienda pública es su caja de caudales. De allí, como de su propia faltriquera, saca el dinero que necesita. De acuerdo a opiniones de observadores contemporáneos:

“… prevalece el parecer entre los hombres de orden, los militares y las gentes del pueblo que sufren con la existencia de tan extensa corrupción, de que el Gobierno está monopolizado por el General Santander y por una facción de negociantes de Bogotá que tienen sus criaturas en el Congreso y que las instigan y ayudan efectivamente a aumentar fortunas inmensas a expensas del país”.

Siguiendo una línea intachable de conducta, El Libertador se negó a participar en calidad de particular en los negocios del Estado a los que se le invitaba. A finales de 1825, Santander le propone que se asocie en el proyecto de construcción del canal de Panamá, expresándole en carta del 22 de septiembre de 1825:

“La obra se ha calculado en 10 millones de pesos y contamos con algunos capitalistas extranjeros…muchos amigos de usted tomarán parte (…) Me atrevo a pedirle a usted dos cosas: 1º.- Que usted de oficio recomendará muy eficazmente al Gobierno que favorezca a la empresa: 2º.- Que usted consintiese en que se pusiese a usted en la asociación como protector de la sociedad”

El Padre de la Patria le responde con firmeza:

“Después de haber meditado mucho cuanto usted me dice, me ha parecido conveniente no sólo no tomar parte en el asunto, sino que me adelanto a aconsejarle que no intervenga usted en él. Yo estoy cierto que nadie verá con gusto que usted y yo, que hemos estado y estamos a la cabeza del Gobierno, nos mezclemos en proyectos puramente especulativos; y nuestros enemigos, particularmente los de ustedes que están más inmediatos, darían una mala interpretación a lo que no encierra más que el bien y la prosperidad del país. Ésta es mi opinión con respecto a lo que usted debe hacer, y por mi parte estoy bien resuelto a no mezclarme en este negocio, ni en ninguno otro que tenga un carácter comercial”.

En virtud del enorme daño que la corrupción estaba ocasionando tanto en las finanzas como en la ética ciudadana, El Libertador no dudó en ser firme contra los “delincuentes que se alimentan de la sangre de sus conciudadanos”.

Caracas, domingo 18 de noviembre de 2012.

Director General de Promoción y Divulgación de Saberes

de la Universidad Bolivariana de Venezuela

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