Pechugas al aire

Empiezo declarándome librepensadora, es decir, convencida de que cada quien es libre de hacer con su vida lo que le venga en gana, siempre que no perturbe los derechos ajenos.

Así, votamos por la despenalización del aborto, la aceptación de las uniones homosexuales, el derecho de los sexo diversos a tener hijos, la legalización de la marihuana y, en fin, la admisión y aceptación de que la vida privada es eso, es privada. Con esto dejo claro que mi postura está muy lejana de la pacatería, y de los dobles discursos morales que suelen argumentar muchos que salen de un lenocinio a comulgar.

En varios de estos aspectos, la revolución bolivariana está en deuda con la sociedad que quiere un cambio, más tolerancia y menos hipocresía. Es mucho lo que nos falta por avanzar cuando tenemos un país con una de las más altas tasas de maternidad precoz. Si el tema del sexo se abordara con franqueza y orientación, nuestras niñas no serían madres prematuras. Exceso de pornografía libre en la televisión y en Internet, y falta de hogar y escuela, producen como resultado machitos de órganos alegres y jovencitas con un triste kilometraje sexual recorrido.

Esta perorata es una introducción necesaria a algunos fenómenos, dudosamente noticiosos, a los que hemos asistido últimamente. El primero de ellos tiene que ver con una actriz cómica, de cuya existencia no tenía ni remota idea hasta que apareció en titulares, vinculada con la fuga de un “pran”. En principio me negué reiteradamente a ser parte, aunque fuera como pasiva lectora, del show mediático con la tal “Rosita”, hasta que el escándalo fue tan grande que por más que no quisiera, los titulares aparecían por todas partes. Más de una vez me pregunté qué convertía a la joven en noticia y si el caso es que está vinculada con un narcotraficante o un criminal, por qué las informaciones son sobre ella y no sobre el hombre en cuestión. Pero nada, las pechugas de la comediante se robaron todos los titulares.

Casi simultáneamente, y quien sabe si picada porque la otra le estaba robando el show, hizo una triste aparición en pleno día domingo, en el estadio universitario durante un candente Caracas-Magallanes, otra diosa del espectáculo erótico. De esta sí habíamos escuchado porque ella se encarga de colarse permanentemente en todos los espacios mediáticos y cibernéticos. Es casi imposible no saber de su existencia.

Hasta en una ocasión leímos las declaraciones de su orgulloso padre, pleno de satisfacción por la “fama” alcanzada por la bomba sexy que es su hija. Lo que hizo la señorita en el estadio no sólo le incumbe a ella. Y eso marca la diferencia con lo que expresamos en el primer párrafo. Ella no tiene derecho a irrumpir en un espacio abierto, a plena luz del día, en medio de un público diverso, entre quienes se encontraban menores de edad, casi desnuda, a practicar su espectáculo de batir nalgas y tetas frente a las cámaras.

Probablemente, la gente que la llevó como promoción o los dueños de casa responsables del evento, léase los Leones del Caracas, deben haber pensado que se la estaban comiendo, por el baboseo colectivo masculino que esa presencia debe haber provocado. Pero existe un Consejo de Protección a los Niñas, Niños y Adolescentes que aún no ha actuado frente a estas descaradas y reiteradas exhibiciones de carne femenina, patético ejemplo para esa niñez desorientada que aprende de sexualidad mal entendida, cuando aún no ha terminado de soltar el tetero.

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