Bonapartismo, fascismo, y guerra

En su muy pretencioso, confuso y estúpido artículo ["Defensa Nacional: el caso del socialismo", Partisan Review, julio-agosto de 1940], Dwight Macdonald trata de atribuirnos la opinión de que el fascismo es, simplemente, una repetición del bonapartismo. Hubiera resultado difícil inventar mayor disparate. Hemos analizado al fascismo en su desarrollo, a través de sus distintas etapas, y pusimos en primer plano uno u otro de sus aspectos. Hay un elemento de bonapartismo en el fascismo. Sin este elemento, a saber, sin la elevación del poder estatal por encima de la sociedad debido a una extrema agudización de la lucha de clases, el fascismo habría sido imposible. Pero señalamos desde el comienzo mismo que se trataba fundamentalmente del bonapartismo de la época de la declinación imperialista, que es cualitativamente diferente del de la época de auge de la burguesía. Luego diferenciamos al bonapartismo puro como prólogo de un régimen fascista. Porque en el caso del bonapartismo puro el gobierno del monarca se aproxima [...]

Los ministros de Brüening, Schleicher, la presidencia de Hindenburg en Alemania, el gobierno de Petain en Francia, resultaron, o deben resultar, inestables. En la época de la declinación del imperialismo un bonapartismo puramente bonapartista es completamente inadecuado; al imperialismo se le hace indispensable movilizar a la pequeña burguesía y aplastar al proletariado con su peso. El imperialismo es capaz de cumplir esta tarea sólo en caso de que el propio proletariado revele su incapacidad para conquistar el poder, mientras que la crisis social llevó al paroxismo a la pequeña burguesía.

La agudeza de la crisis social surge del hecho de que con la concentración de los medios de producción, es decir, el monopolio de los trusts, la ley del valor, el mercado ya no es capaz de regular las relaciones económicas. La intervención estatal se convierte en una necesidad absoluta [...]

La guerra actual, como lo manifestamos en más de una ocasión, es una continuación de la última guerra. Pero una continuación no significa una repetición. Como regla general, una continuación significa un desarrollo, una profundización, una agudización. Nuestra política, la política del proletariado revolucionario, hacia la segunda guerra imperialista es una continuación de la política elaborada durante la guerra imperialista anterior, fundamentalmente bajo la conducción de Lenin. Pero una continuación no significa una repetición. También en este caso, una continuación significa un desarrollo, una profundización y una agudización.

Durante la guerra pasada no sólo el proletariado en su conjunto sino también su vanguardia y, en cierto sentido, la vanguardia de la vanguardia, fueron tomados desprevenidos. La elaboración de los principios de la política revolucionaria hacia la guerra comenzó cuando ya ésta había estallado plenamente y la maquinaria militar ejercía un dominio ilimitado. Un año después del estallido de la guerra, la pequeña minoría revolucionaria estuvo todavía obligada a acomodarse a una mayoría centrista en la conferencia de Zimmerwald. Antes de la Revolución de Febrero, e incluso después, los elementos revolucionarios no se sintieron competentes para aspirar al poder, salvo la oposición de extrema izquierda. Hasta Lenin relegó la revolución socialista para un futuro más o menos distante... Si así veía Lenin la situación no creemos entonces que haya necesidad de hablar de los otros.

Esta posición política del ala de extrema izquierda se expresaba gráficamente en la cuestión de la defensa de la patria.

En 1915 Lenin se refirió en sus escritos a las guerras revolucionarias que tendría que emprender el proletariado victorioso. Pero se trataba de una perspectiva histórica indefinida y no de una tarea para mañana. La atención del ala revolucionaria estaba centrada en la cuestión de la defensa de la patria capitalista. Los revolucionarios replicaban naturalmente en forma negativa a esta pregunta. Era completamente correcto. Pero mientras esta respuesta puramente negativa servía de base para la propaganda y el adiestramiento de los cuadros, no podía ganar a las masas, que no deseaban un conquistador extranjero.

En Rusia, antes de la guerra, los bolcheviques constituían las cuatro quintas partes de la vanguardia proletaria, esto es, de los obreros que participaban en la vida política (periódicos, elecciones, etcétera). Luego de la Revolución de Febrero el control ilimitado pasó a manos de los defensistas, los mencheviques y los eseristas. Cierto es que los bolcheviques, en el lapso de ocho meses, conquistaron a la abrumadora mayoría de los obreros. Pero el papel decisivo en esta conquista no lo jugó la negativa a defender la patria burguesa sino la consigna "¡Todo el poder a los soviets!" ¡Y sólo esta consigna revolucionaria! La crítica al imperialismo, a su militarismo, el repudio a la defensa de la democracia burguesa, etcétera, pudo no haber llevado jamás a la mayoría abrumadora del pueblo al lado de los bolcheviques...

En la medida en que el proletariado se muestre incapaz, en un momento determinado, de conquistar el poder, el imperialismo comienza a regular la vida económica con sus propios métodos; es el mecanismo político, el partido fascista que se convierte en el poder estatal. Las fuerzas productivas se hallan en irreconciliable contradicción no sólo con la propiedad privada sino también con los límites estatales nacionales. El imperialismo es la expresión de esta contradicción. El capitalismo imperialista busca solucionar esta contradicción a través de la extensión de las fronteras, la conquista de nuevos territorios, etcétera. El estado totalitario, subordinando todos los aspectos de la vida económica, política y cultural al capital financiero, es el instrumento para crear un estado supranacionalista, un imperio imperialista, el dominio de los continentes, el dominio del mundo entero.

Hemos analizado todos estos rasgos del fascismo, cada uno por sí mismo y todos ellos en su totalidad, en la medida en que se manifestaron o aparecieron en primer plano.

Tanto el análisis teórico como la rica experiencia histórica del último cuarto de siglo demostraron con igual fuerza que el fascismo es en cada oportunidad el eslabón final de un ciclo político específico que se compone de lo siguiente: la crisis más grave de la sociedad capitalista; el aumento de la radicalización de la clase obrera; el aumento de la simpatía hacia la clase trabajadora y un anhelo de cambio de parte de la pequeña burguesía urbana y rural; la extrema confusión de la gran burguesía; sus cobardes y traicioneras maniobras tendientes a evitar el clímax revolucionario; el agotamiento del proletariado; confusión e indiferencia crecientes; el agravamiento de la crisis social; la desesperación de la pequeña burguesía, su anhelo de cambio; la neurosis colectiva de la pequeña burguesía, su rapidez para creer en milagros; su disposición para las medidas violentas; el aumento de la hostilidad hacia el proletariado que ha defraudado sus expectativas. Estas son las premisas para la formación de un partido fascista y su victoria.

Es evidente que la radicalización de la clase obrera en Estados Unidos pasó sólo por sus fases iniciales, casi exclusivamente en la esfera del movimiento sindical (la CIO). El período de preguerra, y luego la propia guerra, puede interrumpir temporariamente este proceso de radicalización, especialmente si un número considerable de trabajadores es absorbido por la industria bélica. Pero esta interrupción del proceso de radicalización no puede ser de larga duración. La segunda etapa de la radicalización asumirá un carácter expresivo mucho más marcado. El problema de formar un partido obrero independiente pasará a la orden del día. Nuestras demandas transicionales ganarán gran popularidad. Por otra parte, las tendencias fascistas, reaccionarias, se replegarán, quedarán a la defensiva, aguardando un momento más favorable. Esta es la perspectiva más cercana. Nada es más indigno que especular en si tendremos éxito o no en crear un poderoso partido revolucionario líder. Hay una perspectiva favorable a la vista, que justifica al activismo revolucionario. Es necesario utilizar las oportunidades que se ofrecen y construir el partido revolucionario.

La Segunda Guerra Mundial plantea el problema del cambio de régimen más imperiosamente, más urgentemente que en la primera guerra. Se trata ante todo del régimen político. Los trabajadores están enterados de que la democracia naufraga en todas partes y de que el fascismo los amenaza incluso en aquellos países donde todavía no existe. La burguesía de los países democráticos utilizará naturalmente este temor por el fascismo que sienten los obreros, pero, por otra parte, la bancarrota de las democracias, su colapso, su indolora transformación en dictaduras reaccionarias, obliga a los trabajadores a plantearse el problema del poder y a hacerse sensibles al planteo de la cuestión.

La reacción maneja hoy en día un poder tal como quizás jamás lo tuvo antes en la historia moderna de la humanidad. Pero sería un desatino inexcusable ver sólo a la reacción. El proceso histórico es contradictorio. Bajo la envoltura de la reacción oficial están ocurriendo profundos procesos entre las masas, que acumulan experiencia y se hacen receptivas a nuevas perspectivas políticas. La vieja tradición conservadora del estado democrático, que fue tan poderosa incluso durante la era de la última guerra imperialista, existe en la actualidad sólo como una supervivencia extremadamente inestable. En la víspera de la última guerra los trabajadores europeos tenían partidos numéricamente poderosos. Pero lo que estaba a la orden del día eran reformas y conquistas parciales, no la conquista del poder.

La clase obrera norteamericana aun hoy en día no cuenta con un partido obrero de masas. Pero la situación objetiva y la experiencia acumulada por los obreros norteamericanos puede plantear en muy breve plazo la cuestión de la conquista del poder. Esta perspectiva debe ser la base de nuestra agitación. No se trata sólo de una posición sobre el militarismo capitalista y de renunciar a la defensa del estado burgués sino de prepararse directamente para la conquista del poder y la defensa de la patria proletaria.

¿No pueden aparecer los stalinistas a la cabeza de un nuevo ascenso revolucionario y arruinar la revolución como hicieron en España y previamente en China? No corresponde, por supuesto, descartar tal posibilidad, por ejemplo en Francia. La primera ola de la revolución, a menudo, o más correctamente siempre, llevó a la cima a los partidos de "izquierda" que se las ingeniaron para no desacreditarse completamente en el período precedente y que tienen una tremenda tradición política detrás de ellos. Así, la Revolución de Febrero elevó al poder a los mencheviques y a los eseristas, que hasta la víspera eran adversarios de la revolución. Así, la revolución alemana de noviembre de 1918 llevó al poder a los socialdemócratas, que eran los adversarios irreconciliables de los alzamientos revolucionarios.

Doce años atrás Trotsky escribió en un artículo publicado por New Republic:

"Ninguna otra época de la historia del hombre estuvo tan llena de antagonismos como la nuestra. Por la tensión de clase demasiado alta y los antagonismos internacionales, las llaves de seguridad de la democracia se funden o se rompen. Esta es la esencia del cortocircuito de la dictadura. Los primeros en ceder son, por supuesto, los interruptores más débiles. Los antagonismos internos y mundiales, sin embargo, no disminuyen sino que aumentan. Es dudoso que se vayan a apaciguar, dado que hasta ahora el proceso sólo se ha apoderado de la periferia del mundo capitalista. La gota comienza en el dedo gordo, pero una vez que ha comenzado llega al corazón." ["¿Por dónde Rusia?", New Republic, 22 de mayo de 1929.]

Esto se escribió en el momento en que la democracia burguesa de cada país creía que el fascismo sólo era posible en los países atrasados que aún no se habían graduado en la escuela de la democracia. El consejo de redacción de New Republic, que por entonces no había sido favorecido con las bendiciones de la GPU, acompañó el artículo de Trotsky con uno propio, tan característico del filisteo norteamericano promedio que citaremos sus pasajes más interesantes.

"En vista de sus desventuras personales, el exiliado dirigente ruso muestra un notable poder de análisis detallista; pero este detallismo es propio del marxista rígido, y nos parece que carece de una visión realista de la historia, precisamente aquello de lo que él más se enorgullece. Su concepto de que la democracia es una forma de gobierno para los buenos tiempos, incapaz de resistir las tormentas de la controversia doméstica o internacional, puede apoyarse (como él mismo lo admite en parte) sólo tomando como ejemplos países en donde la democracia no está más que en sus débiles comienzos, y países, además, en los que apenas comenzó la revolución industrial."

Además, el consejo de redacción del New Republic descarta el ejemplo de la democracia de Kerenski en la Rusia soviética y por qué no pudo resistir la prueba de las contradicciones de clase cediendo el paso a una perspectiva revolucionaria. El periódico escribe sabiamente:

"La debilidad de Kerenski fue un accidente histórico, que Trotsky no puede admitir porque no hay lugar en su esquema mecanicista para tal cosa."

Lo mismo que Dwight Macdonald, New Republic acusa a los marxistas de ser incapaces de entender la historia en forma realista debido a su enfoque mecanicista y ortodoxo de los hechos políticos. New Republic era de la opinión de que el fascismo es el producto del atraso del capitalismo y no de su excesiva madurez. En opinión de ese periódico (opinión que, repito, fue la de la abrumadora mayoría de los filisteos democráticos), el fascismo es el destino que espera a países burgueses atrasados.

El sabio consejo de redacción no se tomó siquiera la molestia de pensar por qué era convicción universal en el siglo XIX que las democracias atrasadas deben desarrollarse por el camino de la democracia. En todo caso, en los viejos países capitalistas la democracia sentó sus reales en un momento en que el nivel de su desarrollo económico no estaba por encima sino por debajo del de la Italia moderna. Y lo que es más, en ese entonces la democracia representaba el principal camino de desarrollo histórico que habían tomado todos los países, uno tras otro, los atrasados siguiendo a los más avanzados y a veces precediéndolos. Nuestra era, por el contrario, es la era del colapso de la democracia. Además, el colapso comienza con los eslabones más débiles pero gradualmente se extiende a aquellos que parecían fuertes e inexpugnables. De este modo la ortodoxia o el mecanicismo, es decir, el enfoque marxista de los hechos, nos posibilitaba pronosticar el curso de los procesos con muchos años de anticipación. Por el contrario, el enfoque realista del New Republic era el de un gatito ciego. New Republic continuó con su actitud crítica hacia el marxismo cayendo bajo la influencia de la más repugnante caricatura del marxismo, es decir, el stalinismo.

Muchos de los filisteos de la nueva cosecha basan sus ataques al marxismo en el hecho de que, contra el pronóstico de Marx, vino el fascismo en vez del socialismo. Nada es más vulgar y estúpido que esta crítica. Marx demostró y probó que cuando el capitalismo llega a un cierto nivel la única salida para la sociedad reside en la socialización de los medios de producción, es decir, el socialismo. También demostró que en vista de la estructura de clase de la sociedad sólo el proletariado es capaz de solucionar esta tarea en una irreconciliable lucha revolucionaria contra la burguesía. También demostró que para el cumplimiento de esta tarea el proletariado necesita un partido revolucionario.

Marx durante toda su vida y Engels y junto con él y después de él y luego Lenin, emprendieron una batalla irreconciliable contra esos rasgos de los partidos proletarios que obstruían la solución de la tarea revolucionaria histórica. La lucha sin cuartel llevada a cabo por Marx, Engels y Lenin contra el oportunismo por un lado, y el anarquismo por el otro, demuestra que ellos no subestimaban en absoluto este peligro. ¿En qué consistía el mismo? En que el oportunismo de las cúpulas de la clase obrera, sujetas a la influencia burguesa, pudiera obstruir, frenar, hacer más difícil, posponer el cumplimiento de la tarea revolucionaria del proletariado.

Es precisamente esta condición de la sociedad la que estamos observando ahora. El fascismo no vino en absoluto "en vez" del socialismo. El fascismo es la continuación del capitalismo, un intento de perpetuar su existencia utilizando las medidas más bestiales y monstruosas. El capitalismo tuvo la oportunidad de recurrir al fascismo sólo porque el proletariado no llevó a cabo en su momento la revolución socialista. El proletariado se paralizó en el cumplimiento de esta tarea por la actitud de los partidos oportunistas. Lo único que se puede decir es que resultó que había más obstáculos, más dificultades, más etapas en el camino del proceso revolucionario del proletariado que lo que preveían los fundadores del socialismo científico. El fascismo y la serie de guerras imperialistas constituyen la terrible escuela en la que el proletariado tiene que liberarse de las tradiciones y supersticiones pequeñoburguesas, de los partidos oportunistas, democráticos y aventureros, tiene que trabajar con ahínco y adiestrar a la vanguardia revolucionaria y de esta manera prepararse para cumplir la tarea sin la cual no hay ni puede haber salvación para la humanidad.

Eastman llegó a la conclusión de que la concentración de los medios de producción en manos del estado pone en peligro su "libertad", y decidió, por eso, renunciar al socialismo. [1] [11] Esta anécdota merece ser incluida en un volumen sobre historia de la ideología. La socialización de los medios de producción es la única solución al problema económico en una etapa determinada del desarrollo de la humanidad. La demora en solucionar este problema conduce a la barbarie fascista. Todas las soluciones intermedias emprendidas por la burguesía con ayuda de la pequeña burguesía sufrieron un fracaso miserable y vergonzoso. Todo esto es secundario para Eastman. Él se da cuenta de que su "libertad" (libertad de confundir, libertad de permanecer indiferente, libertad de ser pasivo, de diletantismo literario) estaba siendo amenazada desde varios flancos, y decidió inmediatamente aplicar su propia medida: renunciar al socialismo. Sorprendentemente esta decisión no ejerció ninguna influencia en Wall Street ni en los sindicatos. La vida siguió su propio camino como si Max Eastman siguiera siendo socialista [...]

En Francia no hay fascismo en el sentido real del término. El régimen del senil mariscal Petain representa una forma senil del bonapartismo de la época de declinación imperialista. Pero este régimen también se demostró posible sólo después de que la prolongada radicalización de la clase obrera francesa, que condujo a la explosión de junio de 1936, falló en encontrar una salida revolucionaria. La Segunda Internacional y la Tercera, la reaccionaria charlatanería de los "frentes populares", engañaron y desmoralizaron a la clase obrera. Después de cinco años de propaganda en favor de una alianza de las democracias y de la seguridad colectiva, después del súbito pasaje de Stalin al bando de Hitler, a la clase obrera francesa se la tomó desprevenida. La guerra provocó una terrible desorientación y el estado de derrotismo pasivo, o para decirlo más correctamente, la indiferencia de un impasse. De esta maraña de circunstancias surgió la catástrofe militar sin precedentes y luego el despreciable régimen de Petain.

Precisamente porque el régimen de Petain es bonapartismo senil no contiene ningún elemento de estabilidad y puede ser derribado mucho más pronto que un régimen fascista por un levantamiento revolucionario masivo.

En toda discusión sobre tópicos políticos aparecen invariablemente las preguntas: ¿podremos crear un fuerte partido para el momento en que llegue la crisis? ¿No podría el fascismo anticiparse a nosotros? ¿Es inevitable una etapa fascista en el proceso? Los éxitos del fascismo hacen perder fácilmente toda perspectiva, conducen a olvidar las verdaderas condiciones que hicieron posibles su fortalecimiento y triunfo. Sin embargo, una clara comprensión de estas condiciones es de especial importancia para los trabajadores de Estados Unidos. Podemos anunciarlo como una ley histórica: el fascismo pudo triunfar sólo en aquellos países donde los partidos obreros conservadores impidieron al proletariado utilizar la situación revolucionaria para tomar el poder. En Alemania hubo dos situaciones revolucionarias: 1918-1919 y 1923-1924.  Incluso en 1929 era posible aún una lucha directa por el poder por parte del proletariado. En los tres casos la socialdemocracia y la Comintern desbarataron criminalmente la conquista del poder y colocaron por lo tanto a la sociedad en un impasse. Sólo en estas condiciones y en esta situación resultaron posibles el tormentoso ascenso del fascismo y su conquista del poder.


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