No hay que dejarse engañar por la vieja izquierda conciliadora

Quien me habló por primera vez sobre la izquierda simpática fue mi padre, Jesús Manuel Silva Alfonzo, debutó como guerrillero (FALN) en los años sesenta y hasta su último día fue un comunista lealmente partidario del liderazgo y el proyecto bolivariano del comandante Hugo Chávez.

Recuerdo que él me explicaba que después de la paz democrática (acuerdo con el régimen puntofijista para finiquitar la lucha armada) muchos de sus camaradas huyeron a una categoría política conocida como la más simpática e inofensiva de las izquierdas. Derrotados militarmente y angustiada por revivir electoralmente, capitularon con el reformismo y soñaron con una feliz convergencia sin imaginar que aparecería Chávez. Insinuaban la convivencia de lo público y lo privado (tercera vía o progresismo) pues a su juicio siempre que existieran controles públicos, la economía funcionaba mejor en manos de los burgueses.

Estos peculiares personajes del pesimismo y el repliegue táctico, se convirtieron en discípulos de la reaccionaria política de la Perestroika que desbarató a la Unión Soviética y cuando se asomaba una propuesta revolucionaria, ya fuera en el partido, la oficina o el sindicato, estos arrepentidos bloqueaban la dirección colectiva y la participación popular, pues a su juicio, sólo la vanguardia iluminada garantizaba la supervivencia del instrumento. Fue así que esa izquierda sin vocación de poder, lloró en cada elección al no lograr más del dos por ciento de apoyo.

Esa corriente oportunista y engreída, respaldó impresentables candidatos presidenciales (contra AD y Copei) con el pretexto absurdo de la fórmula mágica (socialdemócrata) que captaría votos en todos los sectores y fue así que abrió camino al barranco de varias aplastantes derrotas para legitimar el bipartidismo burgués venezolano.

A ellos, Chávez les pareció antipático, no militaba con ellos y podía ser un comandante gorila como los de Sudamérica o África. Al verlo subir en las encuestas, le ofrecieron ser diputado pues convenía asegurar espacios y acumular fuerzas para en un futuro (que nunca llega) tumbar a la burguesía. Menos mal que Chávez no se dejo aconsejar por esa vieja izquierda conciliadora y retardataria, porque nunca habría existido la Revolución Bolivariana.

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