Gracias Lula por los favores recibidos

De repente y tal -como dijera un joven de hoy-, los que hasta ayer se rasgaban las vestiduras, ofendidos ante el agravio que significaban las críticas hechas al presidente Chávez, hoy, con seriedad distante, con pose de paciencia doctoral, recomiendan, como sana medida para avanzar en el proceso revolucionario, abrirle espacio a la crítica y a la autocrítica.

Aún, sin rebuscar mucho en el calendario de este portal, se pueden leer los artículos de los muchos colaboradores que, preocupados por el hecho de que importantes decisiones del acontecer político nacional, se han tomado a espaldas de la voluntad popular, elevaron su voz de protesta porque el principio de participación y protagonismo del pueblo, lema que todavía brilla en la marquesina de la Revolución Bolivariana, parece desdibujarse gracias al esfuerzo que hacen algunos por romper los bombillos que la iluminan. También pueden leerse, por supuesto, las expresiones grabadas en cada piedra lanzada: desleales, dogmáticos, indisciplinados, infiltrados, comunistas, criticistas, contrarrevolucionarios,…

De golpe y porrazo esas mentes fueron iluminadas y el llamado ahora es a ser creativos y críticos, ¡no jodás! Bueno, hay que reconocer que rectifican –o pretenden hacerlo- aunque no lo admitan. Peligro representan aquellos que han tirado piedras y ahora esconden la mano, silencio, y si te vi no me acuerdo, o peor aún, los que por televisión hasta payasos nos dijeron, si no acatábamos la famosa lista salida de la chistera psuvista y ahora son los que han sido los abanderados de la autocrítica. El ladrón grita: ¡al ladrón!

Es que la defensa a ultranza que algunos hacen del presidente Hugo Chávez y del proceso que lidera, ha tomado visos teatrales, de drama griego, pero que en el fondo no pasa de ser un sainete, un montaje de entreacto que causaría risa si no hubiesen mostrado su carácter de personajillos de relleno para el entretenimiento del público cautivo, si no escondieran (sabiéndolo o no) la realidad de un período crucial para la historia de nuestro país.

¿No se dan cuenta que la mordaza que hoy se le coloca a quienes se arriesgan a ser estigmatizados, con todo tipo de epítetos descalificantes, por señalar errores importantes, es la misma con la cual, mañana, podría liquidarse a la revolución?

¿Acaso debemos esperar que las críticas provengan del exterior, revestidas de la autoridad que emana de ex presidentes amigos, para que se enciendan las alarmas en torno a las medidas urgentes a tomar para la rectificación a tiempo y se coloquen sobre el tapete lo que, hasta el día de hoy, se ha considerado tabú? ¿O que el jefe de Estado en Consejo de Ministros oriente, entre otras cosas, a prestarles atención a las críticas que se han suscitado a raíz de la selección inconsulta de candidatos a las gobernaciones?

Uno de los factores que determinó el descalabro del experimento socialista en la URSS fue, sin duda alguna, una costra burocrática cuya existencia la garantizaba; por un lado, la exaltación casi religiosa del líder, y por la otra la invisibilización del pueblo. Esperamos que la historia, en nuestro caso, no se repita, so pena de sufrir la predicción marxiana, aquella que nos alerta sobre las farsas en que podemos incurrir.


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