Reflexiones del Presidente Hugo R. Chávez F.

No sólo Bolívar infirió “arar en el mar”


Para ningún venezolano ni extranjero puede ser un misterio, ni un secreto, como tampoco ni siquiera una sospecha negativa del alto Coeficiente de Inteligencia exhibida por el personaje que nos ocupa. Por esa razón, suele hacer muchas reflexiones e inferencias muy lógicas y con sobrada justificación.

Su tránsito por Miraflores, que ya, con sus tercer mandato en línea, nos luce virtualmente vitalicio, aunque lo sea bajo la atávica formalidad de elecciones transparentemente democráticas, a diferencia de las del llamado “Puntofijismo”, las cuales no fueron muy transparentes que digamos ni siquiera dentro de los propios partidos políticos-caso Piñerúa Ordaz a quien le escamotearon las Primarias dentro de su propio partido-un mandato presidencial sostenido que se ha visto entorpecido por la lógica negativa de quienes se han sentido afectados directa o indirectamente con sus políticas populares, con su empeño en repartir mejor la Piñata presupuestaria petrolera y poner algunos puntos sobre algunas “íes”, cuestión que hasta su llegada brillaba por su ausencia en una Venezuela que se había convertido en coto privado de un puñado de vivianes, corruptos, entreguistas, incapaces que prefirieron el mote de corruptos al de tremendos ineptos en lo técnico y en lo moral.

Ahí está el oprobioso caso de los falsos empresarios, falsos burócratas, borrachos, refraneros, asesinos varios y pare de contar, según ha sido la calaña de quienes hermanada y encompinchadamente gobernaron y desgobernaron este mercado petrolero llamado Venezuela.

Yendo al caso que nos ocupa:

Primera reflexión: El Presidente comparte o le preocupa la conjetura socioantropológica de que el ser humano viene luciendo bajo los regímenes clasistas toda una monstruosa aberración genética por cuanto, a pesar de proceder del trabajo social-léase equipo-es el único ser biológico que obedece ciegamente a sus amos de turno, patrono, o afines, cuando recibe y cumple disciplinadamente y hasta al son de una que otra cancioncilla bélica, para salir a matar a otros seres humanos a cambio de nada, salvo de sus propias vidas. En este sentido, paradójicamente, los soldados mercenarios parecen ser menos aberrantes porque, por lo menos, tienen el argumento de dejar ricos a sus familiares en caso de fallecer en sus aventuras asesinas al servicio de gobiernos y capitalistas desesperados ante el fundado temor de ir a la ruina económica, aunque su riqueza proceda de mecanismos irregulares, tales como el de la explotación de asalariados.

Asumimos esa interesante reflexión y estamos pensando que, de acuerdo a la teoría darwiniana, perfeccionada por Federico Engels, el hombre que hoy representamos es el resultado genético mutacional, según el cual algunos chimpancés optaron por hacer algunas toscas herramientas de piedra y trabajo, lo cual les potenciaría el cerebro. Bien miradas las cosas, cuando el mono se transformó en hombre, gracias al trabajo social de esos pocos pioneros de la humanidad, dichos chimpancés operaban con 4 (cuatro) manos. Es de inferirse que cuando se asentaron y la cogieron por “trabajar” operaron con las extremidades superiores, lo cual les provocó desviaciones en su columna vertebral, una torcedura que les aplanó las manos traseras que hoy tenemos como pies. Obviamente, un chimpancé convertido en hombre, se irguió sobre sus patas y desde entonces sólo ha contado con dos manos, porque hasta donde sabemos, esas patas sólo sirven para jugar al fútbol y caminar, pero esta segunda función ya la ejercían perfectamente los monos del caso, razón por la cual el saldo nos luce negativo. Cuatro manos son más productivas que dos por razones aritméticas.

Segunda reflexión.- El Tripresidente también viene infiriendo que le parce no ser entendido cuando sugiere, formula, y hasta ordena algunas medidas que a su juicio revisten celeridad y acierto en sus cumplimientos y ejecuciones. Creemos que lógicamente los olmos no dan peras, y que la cultura que se nos ha sembrado durante ½ siglo no podría ofrecernos otra cosa que la falta de sindéresis, de empatía, y que, al parecer, cuando alguien sobresale en su conducta, en el arte, en la pintura, la música, literatura, en las inventivas científicas, como estratega sobresaliente y afines, entonces esas personas pueden terminar abrumando hasta a sus seres más queridos e inmediatos, a sus compañeros de oficio, y cuando eso ocurre, la natural colaboración social se ve constreñida. A nadie le gusta que lo abrumen.


Corolario. No conviene sobresalir demasiado, pareciera valer más usar la sabia estrategia del “diente roto”.

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