La desigualdad como problema

Los años finales del siglo XX fueron presentados como años de esperanza. La globalización habría de ser el eje a partir del cual se edificaría un mundo nuevo. Falsa ilusión. El pensamiento capitalista universal no logró hilvanar ideas, que dieran explicación al agotamiento del Welfare State y a la crisis de gobernabilidad que, a partir de los años setenta de la centuria pasada, comenzaron a vivir los países altamente industrializados. El siglo XXI se nos vino encima, y lo más que se atrevían a avizorar los imaginadores del tiempo por venir, es que éste se nos presentaba lleno de incertidumbres. Miles fueron los árboles talados para convertirlos en papel y escribir sobre él, acerca del tamaño y las características de las mismas. El pensamiento universal moderno, siguió dando grandes demostraciones de orfandad, no logró encontrar el camino que le devolviera al capitalismo, la grandeza que se le asignó en sus años aurorales.

Desde los años cincuenta, del siglo pasado, se nos ofreció el bienestar para todos. Y cómo dudarlo, si los indicadores macroeconómicos que se presentaban decían que, en la mayoría de los países altamente desarrollados, el ingreso per cápita, entre 1950 y el año 2000, bordeaba los 20.000 $ anuales. A nuestros países -periféricos, dependientes y subdesarrollados-, se nos hizo creer que también podíamos alcanzar el desarrollo, a través del crecimiento económico. Pero la realidad es terca y, cada día, demostraba que éste no era ni el único, ni el mejor indicador, para demostrar el bienestar de los pueblos, que deberían buscarse nuevos parámetros de medición. El índice de Desarrollo Humano (IDH) fue sacado de su aposento, donde dormía una siesta de varias décadas. Medir los ingresos, el nivel cultural y la esperanza de vida, comenzó a ser presentada, como una ecuación capaz de arrojar mejores luces. La visión econométrica seguía siendo el fantasma que perturbaba a los pensadores del Stablishment. Perturbación que alcanzó su mayor momento con la crisis del petróleo de 1973, la cual se creyó sería superada con la globalización, convertida en la panacea que haría que la mano invisible del mercado se convirtiera en el único conductor del mundo, sobre todo, después del final de la guerra fría, del derrumbe del mundo soviético y el fin del mundo bipolar.

El imperio, a través de la globalización, como lo ha dicho Tony Negri, generó una nueva forma de soberanía, se erigió en el sujeto político que regula el intercambio global, se cree el poder soberano que gobierna el mundo. Poder que ha impuesto a partir de la utilización de la fuerza; de prácticas terroristas, belicistas, guerreristas. En fin, a partir de la conversión y utilización de la violencia como ideología, como el arma, a partir de la cual puede imponerle al resto del mundo su poder hegemónico.

Pero, apareció Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, con su obra: El precio de la desigualdad, (España, 2012), para decirnos que la desigualdad en el mundo ha alcanzado unos niveles de tal magnitud que resultan difíciles de creer: El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita. Desigualdad que tiene su explicación en la implementación de políticas económicas erróneas, como las que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional implementaron para América Latina, a partir de los años 1980, y que ahora le imponen a Europa, de manera particular a España, Italia y Grecia, bajo la premisa de que esas políticas fundamentalistas del mercado, también denominadas neoliberalismo, , no se basan en una profunda comprensión de la teoría económica moderna, sino en una interpretación ingenua de la economía, basada en los supuestos de una competencia perfecta, de unos mercados perfectos y de una información perfecta.

Perfección que los adoradores del neoliberalismo, en América Latina, tradujeron como excelencia, para justificar la conversión de nuestras sociedades y sus instituciones, en comunidades excluyentes, inequitativas, enormemente desiguales. Ningún sector de la sociedad escapó a esa realidad. Por nuestra condición de universitarios, vimos como esa desigualdad se impuso en nuestras instituciones: el talento tapa amarilla, desplazó el conocimiento. Dejaron de ser la casa que vence las sombras. Cualquier parecido con lo que ha ocurrido en la ULA, es pura coincidencia.

Profesor ULA

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Nelson Pineda Prada


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