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En una sorpresiva decisión, la semana pasada, en el caso MGM Studios contra Grokster, la Suprema Corte de los Estados Unidos creó un precedente en materia de responsabilidad civil fallando en perjuicio de los programas que facilitan el intercambio de archivos entre usuarios (los llamados "peer to peer"). Consideró que las personas que manufacturan esos programas son responsables del uso que le dé un usuario a su producto, en lo que se ha calificado como una victoria de las casas disqueras y los estudios de cine contra la piratería.
No voy a entrar en discusión sobre la insostenible lógica que usó la Corte que, si se aplica a otras situaciones, se debería considerar responsable a la Smith & Wesson del asesinato cometido con una de las armas que produce, o a la Toyota del accidente en que uno de sus autos esté involucrado. Prefiero enfocarme en la discusión sobre la piratería y la actitud de las disqueras y los estudios.
La RIAA (Asociación de Industrias Discográficas de América por sus siglas en inglés) igual que los estudios de cine, ha iniciado una cacería contra los programas de intercambio de archivos de internet, argumentando que por medio de ellos los usuarios intercambian películas y discos sin pagar, y que eso ha producido pérdidas a sus industrias.
Efectivamente, hay piratería e intercambio ilegal de archivos, y sí es verdad que las ventas de discos y entradas para el cine han disminuido. Sin embargo, no considero que una cosa tenga que ver con la otra.
En el caso de la RIAA, que incluye a las cinco más grandes disqueras de los Estados Unidos, afirman que en los últimos años las ventas han caído en ese país debido a que los usuarios bajan las canciones y no compran discos. ¿Quién los culpa? ¿Ustedes han visto lo que sale de esas disqueras al mercado? Han tratado de explotar la misma fórmula cientos de veces. Ya no funciona y ahora buscan excusas por el desastre.
La norma es que sale un nuevo artista que logra cierto éxito, y las disqueras se encargan de promover a docenas de otros artistas, clones de ese primero. Cada uno saca un disco con 12 canciones de las cuales sólo sirven dos, y como cartel ilegal al fin, la RIAA se encarga de fijar un precio absurdo por esa música, forzada a los usuarios por la radio y la televisión. Se puede ver, por ejemplo, con el rock latino, en que luego del boom del grupo Juanes las bandas suenan igual que Juanes (que de por sí no dice mucho) y se fija un precio absurdo de 19.99 dólares por unidad, igual con el pop anglosajón o el rock, o el mismo merengue. Es un artista del cual se desprenden ochenta clones y mucha música mala y predecible.
El Internet, sí, ha expandido los medios de exposición más allá que cualquier otro medio en la historia. Lo que no es reportado en las noticias es que las disqueras medianas y pequeñas aumentan sus ganancias. Artistas que antes no vendían más de mil discos multiplicaron sus ventas, y las tiendas de música han tenido que incluir en sus inventarios los discos de artistas independientes y de pequeñas disqueras.
Algo similar sucede con los estudios de cine, que insisten en que las pérdidas son debido al internet, pero nunca sería la culpa de todas las películas basura que han inundado las salas durante los últimos tres años.
No absuelvo de culpa a los piratas cibernéticos. Sin embargo, no los considero culpables de la debacle de las industrias discográficas ni cinematográficas. Ahí ya influye la calidad del producto puesto en venta y los precios para adquirirlo. Esas industrias ya han agotado todas sus opciones y tienen que asumir la realidad de que el mundo no es el mismo que hace 10 años y que evolucionan o eventualmente se derrumban.
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