Metiéndome en camisa de once varas

¿Por qué nuestras mujeres arriesgan la vida en salas de cirugía estética?



De verdad que soy entrometida; pero siempre me ha llamado la atención ver a nuestras mujeres, que se dicen revolucionarias, aparecer en la pantalla del televisor a punto de reventar por el botox o los polímeros que le meten a su pobre cuerpo. Más tristeza da cuando leemos que mujeres tan valiosas como la presidenta de la Sala de Casación Penal del Tribunal Supremo de Justicia, Ninoska Queipo Briceño, falleció este viernes 11 de octubre en Caracas, tras complicaciones como consecuencia de una cirugía estética.

Siempre he supuesto -supuesto negado por supuesto-, que las mujeres de la revolución cultivamos valores que se oponen a los antivalores; que por ser la mayoría sobre la que descansa este proceso que estamos viviendo, vamos por el mundo con nuestras arrugas (señales de que hemos vivido); con nuestros kilos de más (señal de que no tenemos tiempo de estar metidas en un gimnasio, porque nuestras prioridades son otras); con la cabellera al viento, rebelde y contestataria (señal de que no queremos quemarnos el coco con químicos y planchas calientes). En fin, siempre supuse que esa nueva estética que se ha impuesto a punta de bisturí, silicona, polímeros y otras porquerías ajenas a nosotras, a nuestro cuerpo, se iba a estrellar contra nuestra certeza de que somos lo que somos más por la decisión de construir la patria de nuestr@s hij@s y niet@s que por cómo nos parecemos a esos maniquíes que vende la industria de consumo.

Pareciera que si es importante, impostergable, plantearse una discusión acerca de cuáles son los valores que aspiramos a dejar sembrados en nuestra querida Pachamama. No puede ser que nuestras mujeres se dejen deslumbrar por una vaina tan superficial como una cintura a lo Angelina Jolie; un culo a lo Jennifer López, unas tetas a lo Pamela Anderson.

Ojo, que quede claro. No estoy proponiendo “mi estética” para que la copien mis coterráneas. No estoy diciendo que anden por el mundo como yo, virgen en lo referente al peine, a labiales u otros menjurjes que suelen usar las mujeres en la cara. Nada que ver, estoy defendiendo el derecho que tiene mi cuerpo a envejecer en paz y con dignidad.

Cuando estalló el escándalo con las PIP (tetas plásticas) y polímeros (que no tienen nada de bio), por tener afectos cercanos con serias consecuencias de salud ocasionados por esta basura, me puse a leer algunos materiales, y me encontré con que la cirugía plástica surgió para resolver problemas de otro tipo: quemaduras serias, deformación graves de nacimiento o por accidentes; por razones que nada tienen que ver con el hoy de estas intervenciones, donde vemos que se repite como una película la misma nariz, mismo mentón, misma cintura, mismo culo, mismas tetas…como si se hubiese construido un molde de mujeres que no se distinguen unas de otras.

Pero vayamos al grano, que médicas no somos. Sigo con la preocupación. Tanto preocupa este método de autoagresión que hasta la Asamblea Nacional tuvo que tomar cartas en el asunto para ayudar y proteger a un número importante de mujeres que queriendo cambiar su “estuche” dejaron la salud en el camino. Llegamos a pensar que hasta podría surgir una “Misión devuélveme mi cuerpo”.

Mientras y a pesar de la prohibición, se siguen practicando estas nuevas brujerías en cualquier hueco. En Sanare nada más tenemos a un médico, desertor del Convenio Cuba-Venezuela que sin ser médico cirujano o especialista en estética, ya ha deformado unos cuantos traseros. Allí está, campante, nadie le dice nada. Al revés, quienes deberían ser contraloras de esta práctica ilegal, se convierten en sus clientas.

Así las cosas, pronto tendremos que nombrar, de verdad verdad, una misión para atacar la pandemia que se nos aproxima, porque los polímeros, en el 100% de los casos, revientan por algún lado. Y lo ideal es que quien asuma esta tarea sea una mujer como Iris Varela, la fosforito, que sabe muy bien que la tarea de las mujeres de la revolución es cultivar la rebeldía, la autenticidad y la dignidad del cuerpo con el que nacimos y en el que vamos a envejecer.

(*) (la guara)

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