Ya no hay camino, ni “flaquito”, ni gorrita, ni un carajo

 

Cuesta aceptar que un fenómeno de enajenación mental tan profunda y severa como la disociación sicótica pueda llegar a sustentarse en una filosofía e incluso en una doctrina que ayude a regir su comportamiento.

La persistencia en el común de los opositores de los signos que reflejan una patología de disociación severa, permite dar por sentado que en efecto, al menos en la realidad social venezolana, la disociación sicótica posee un instrumental filosófico mínimo por el cual se rigen todos y cada unos de los militantes del antichavismo de manera simultánea, no sólo en nuestro país sino más allá de nuestras fronteras.

Las expresiones fascistas, o fascistoides, que son características de los denominados “escuálidos”, no son sino reflejo de una conducta degenerada que tiene su origen (patológicamente hablando) en esa enajenación, que por su propia naturaleza desquiciada, está por encima de cualquier otro padecimiento mental.

Es esa enajenación la que lleva a la escuálida promedio a considerar, por ejemplo, que ser “puta” o “chavista” pueda ser un desiderátum entre elementos o categorías comparables o equivalentes, sin caer por lo general en cuenta que en todo acto de selección se produce siempre una preferencia inconsciente entre valores a los cuales la mente ubica como aspiraciones frustradas. A la larga, sentirse orgullosa de ser puta por encima de chavista (nunca a la inversa), como orden de categorización estrictamente política, revela un profundo apego afectivo, una ansiedad, por ambas categorías, porque desde el mismo momento en que se asumen como tales se revela que no se dispone intelectualmente de ningún otro elemento de raciocinio político sino de esos dos. O quizás esos dos más tres o cuatro recetas de espaguetis o unas cuantas ideas acerca de la forma en que se deben sujetar las prótesis mamarias cada vez que se operan.

Lo demás no amerita reflexión alguna. Según las escuálidas, todo lo existente viene dado por la belleza de la naturaleza, como todo.

 

Por eso es sumamente difícil encontrar hoy tan siquiera a un solo escuálido, de los cientos de ellos que están infiltrados en la Administración Pública, que no muestre abierta e impúdicamente su tristeza por el triunfo de quien le da de comer y le permite vivir sin las penurias que padecen los trabajadores en el mundo capitalista de hoy, cuando se supone que su principal tarea es mantenerse oculto para no ser sorprendidos por el réeegimen perverso contra el cual votaron en las elecciones del pasado domingo. No pueden seguir fingiendo una cosa que no son, porque perdieron toda esperanza. Ya no hay camino, ni “flaquito”, ni gorrita con banderita de ocho estrellas… ¡ni un carajo!

Tanta es la disociación sicótica de esta pobre y enfermiza gente, que no se percatan del artero atentado que le hacen a la señora Albánez, y al proyecto todo de la llamada” unidad democrática”, dejando ver sus auténticos rostros de sinvergüenzas oportunistas, farsantes e inmorales, que esa señora se empeñó casi hasta la muerte en ocultar quemando los cuadernos de las primarias para que no se supiera que ellos estaban ahí, infiltrados, saboteando la gestión pública y haciendo dinero con los grandes negociados que desde allí dentro hacen. No se percatan porque son disociados in extremis.

Solo a un disociado in extremis se le ocurre la insensatez de cargar ese dolor de luto que arrastran en oficinas, ministerios y organismos del Estado, por la bochornosa derrota de su candidatico de muñequería.

Pobre gente. Dios se apiade de sus miserables almas.

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