Mis profesores chilenos, Samuel Robinson y la Revolución

En mis primeros años de estudiante universitario tuve dos excelentes profesores de matemáticas, esposos emigrantes chilenos, evadidos del cerco fascista de Augusto Pinochet, asesino del mártir Salvador Allende, adelantado de la democracia.

Eran principios de los años ochenta, cuando en Venezuela gobernaba Jaime Lusinchi, otro criminal vende patria, hambreador del pueblo, condonador de obscenas deudas de la oligarquía, artífice del refinanciamiento atroz, llamado el engañado y perseguidor de inconformes activos.

Recuerdo a estos docentes con cariño porque se esforzaban en enseñar su ciencia con empeño, utilizando, ahora lo sé, algunos principios Robinsonianos.  Trataban de desmontar el nefasto sistema hispánico de enseñanza implantado en nuestras mentes, desde la más tierna edad, que consistía en repetir muchas veces un concepto hasta memorizarlo sin llegar a entender su verdadero significado.  Esto lo llamábamos, en el argot estudiantil de entonces un  “Caletre”.

El sistema en cuestión resulta más nocivo cuando los jóvenes estudiantes tratan de aplicarlo a las ciencias como matemática, física y química, etc., mediante la “técnica” de resolver grandes cantidades de ejercicios, con la esperanza de adquirir ciertas destrezas que les permitan enfrentar los inexorables problemas que habrían de enfrentar en los exámenes, sin utilizar el razonamiento para apropiarse de los conceptos; horrenda práctica herencia de la colonia y que aún perdura, que no deja echar raíces al conocimiento, puesto que lo así aprendido al poco tiempo se marchita y muere. 

Viene al caso una experiencia vivida con una de mis informales alumnas, provistas por la fecundidad de mis cuñados, considerada por todos como una “lumbrera”, por su gran inteligencia, que sin duda tenía.  Se me acercó un día y me dijo: “Tío, interrógame sobre este cuestionario que pronto presentaré examen final”.  Era sobre biología.  La primera pregunta versaba sobre el concepto de capilaridad, propiedad de los líquidos utilizada por las plantas para llevar los nutrientes a todas sus partes.

La nena recitó con precisión el concepto plasmado en el libro de texto; la felicité e inmediatamente, y con mucho tacto, comencé a indagar su entendimiento sobre el tema, percatándome de que en verdad era inexistente.  A continuación estudié con ella la multiplicidad de aspectos envueltos en aquellas oraciones, graciosamente recitadas recién. 

En la medida que profundizábamos en el análisis, pude ver con alegría la luz del entendimiento reflejada en sus ojos, mientras caía el velo de ignorancia dejado por el vetusto sistema colonial.  Respiré aliviado.

Les confieso que sentí crecer las raíces de su conocimiento, buscando alimento y convirtiéndolo en sabia nutriente para su tierno cerebro.  Casi pude de ver al gran Simón Rodríguez sentado a nuestro lado diciendo: “El siguiente principio es importantísimo en la educación mental: léalo cada uno con toda la atención que pueda darle: No se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no lleve su “por qué” al pie: “Haz esto, por qué” y si hay tiempo, empiécese por el “por qué”. Acostumbrado el niño a ver siempre la razón, respaldando las ordenes que recibe, la echa de menos cuando no la ve, y pregunta por ella diciendo: ¿Por qué? Con hombres que hacen esta pregunta se puede emprender lo que se quiera, con tal que el “porqué” sea bueno”.

Volviendo a mis profesores chilenos, reveo imágenes de un día en que los laboratorios de nuestra humilde extensión universitaria estaban carentes de todo y la profe nos arengaba: ¿Por qué no protestan, no es justo que esto ocurra en un país tan rico?  Todos callamos y ella agregó visiblemente afectada, lo sé por sus mejillas sonrojadas: “No puedo creer que este pueblo sea tan conforme”, de verdad estaba afectada, eran los tiempos del pueblo manso.

Después comprendí que para entonces el pueblo pobre no estaba maduro para la lucha, no habíamos pasado suficiente hambre y ésta no había tocado aún a la vendita clase media.  También medité sobre los porqués del pueblo chileno para no salir a la calle a defender su causa como lo hicieron los venezolanos en de abril de 2.002 y durante el paro petrolero.

Pocos años después, el 27 de febrero de 1.989, vino la rebelión popular conocida como el caracazo, donde el clamor de nuestro noble pueblo fue ahogada en sangre por Carlos Andrés Pérez, asesino a sueldo de la CIA e Ítalo del Valle Aliegro su brazo ejecutor.  Siguieron los alzamientos militares del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1.992, que condujeron a la caída de Pérez.

Después llegó el comandante Chávez y mandó  a parar.

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