El costo del arriado de dos banderas bolivarianas

Días atrás vi en el programa “La Hojilla” algunos videos donde, en el interín comprendido entre su excarcelación y el lanzamiento de su candidatura presidencial, el actual Presidente de la República Hugo Chávez rechazó su linaje político asumiendo su condición de luchador social, así como también enarboló la bandera de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente pero con la exclusión de la participación de los partidos políticos en ésta.

Rechazaba Chávez que lo apellidaran político y planteaba la exclusión de los partidos políticos en el proceso constituyente argumentando la bien ganada carga de hipocresía, falsedad, traición, corrupción, etc., contenidas en la connotación que en ese momento histórico y aún tienen ambos términos en el seno de la sociedad venezolana.

La consistencia que Hugo Chávez ha mostrado a lo largo de su trayectoria en el terreno político convirtió dichos planteamientos en una sorpresa para mí, ya que la arriada de ambas banderas rompió con la condición de invicto que en el campo de la persistencia dicho líder político había tenido. Hoy, al contrario, se esfuerza en extremo para intentar reivindicar a quienes ejercen la política como oficio, así como también a los partidos políticos donde éstos militan.

Indudablemente que este dúo de distintivos menguados resultó de la decisión de trajinar la vía pacífica y, por tanto, utilizar la vía electoral que le asigna no sólo un carácter inédito a nivel mundial para el momento en que dicha decisión se asumió, sino también que dificulta enormemente el ritmo del avance del proceso revolucionario como corolario del insalvable empleo de significativas armas melladas del capitalismo y entre las cuales resalta el Estado burgués rentístico teñido de burocratismo, de corrupción y de parasitismo.

Tríada de tintes cuya superación no sólo dificulta enormemente el posicionamiento de nuestra revolución en el lugar a partir del cual adquiere la naturaleza irreversible que le garantiza la conquista del socialismo, sino que además desdibuja el contraste que el pueblo debe necesariamente palpar entre los partidos y dirigentes políticos de la IV y la V República.

El caudal de votos populares y de la clase media que la contrarrevolución conserva después de 13 años nos demuestra la cuantía de dicho desvanecimiento y la tremenda importancia de un ejemplar comportamiento de los dirigentes y partidos políticos revolucionarios que esté pintarrajeado de honestidad, creatividad, laboriosidad, dignidad, moralidad, austeridad, lealtad, integridad, etc.

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