A propósito del premio "Libertador al Pensamiento Crítico"

Hace poco el recientemente galardonado con el “Premio Libertador al Pensamiento Crítico”, el mexicano Jorge Veraza, fue entrevistado en “Foro”, un programa que se transmite todos los domingos por VTV en horas de la noche. Y a nuestro juicio incurrió en tal cantidad de contradicciones e imprecisiones, como decir, ejemplo, que el capitalismo no está en crisis, que quienes  están en esta situación son los pueblos que lo padecen, pues los grandes tiburones de la economía se están beneficiando como pocas veces lo  habían hecho anteriormente. No obstante, como ya lo dijimos, según nuestra opinión el capitalismo no sólo está en crisis sino que, como trataremos de demostrarlo en un artículo que ya publicamos en esta misma página, está en pleno proceso de desaparición.

A raíz de la reciente crisis financiera ocurrida en los Estados Unidos, que se tradujo entre otras muchas calamidades en el estrepitoso derrumbe de poderosas entidades bancarias, de bancos que por su poderío se creían  estaban a salvo de quiebras y colapsos, escribimos la siguiente nota en la que expresábamos nuestra opinión en el sentido de que la mencionada crisis era irreversible; que no había nada que se pudiera hacer para devolverle la antigua vitalidad y esplendor a una economía en completo y absoluto estado de postración. Hoy, en vista de los recientes hechos ocurridos en la patria de Walt Witman, y que parecieran confirmar nuestras apreciaciones, creemos conveniente dar a conocer de nuevo el mencionado artículo.

  “Nunca como ahora las fuerzas productivas, esas de las que Carlos Marx dijo que serían las que, llegadas a un punto tal de desarrollo serían las que provocarían la desaparición del capitalismo y el consiguiente surgimiento del socialismo, están más vivas que nunca.

 Porque ese planteamiento de las fuerzas productivas, que se creía era una entelequia, una simple especulación abstracta, ha adquirido una consistencia material tan sólida, que ha dejado de ser una teoría para convertirse en un hecho tan concreto y tangible que hasta se puede ver, tocar y hasta oler.

 El formidable pensador alemán, al estudiar junto con su inseparable compañero Federico Engels las causas de los cambios de las sociedades humanas, determinó que las mismas, o sea, las sociedades, cambian en la medida en que también lo hacen las relaciones conforme a las cuales se desenvuelven sus procesos económicos. Y, además, que lo que determinan los cambios de esas relaciones es el desarrollo de las Fuerzas Productiva.

 Pero ¿qué son las Fuerzas Productivas?, se preguntarán algunos. Valgámonos de un ejemplo bien sencillo y esquemático para explicarlo.

 Como se sabe, la preocupación permanente y constante de un capitalista es la de incrementar cada vez más las ganancias de su empresa –ley de la máxima ganancia-. Esto lo lleva a revisar y reducir permanentemente los costos de producción (lo que cuesta producir un bien, tanto de uso como de consumo) y como la mano de obra es el factor que más incide en estos costos, trata siempre de reducirla a su mínima expresión. De esta manera, piensa, conforme a su ambiciosa lógica, que a menores gastos mayores beneficios económicos. De allí que permanentemente esté atento a la aparición de cualquier novedad tecnológica que se ponga en el mercado y que pueda ayudarlo a prescindir de la mayor cantidad de trabajadores posible.

 Ahora bien, ¿qué ocurre? Ocurre que el capitalista instala una máquina automática capaz de reemplazar diez o quince trabajadores. ¡Magnífico!, exclama exultante el capitalista. Y aparentemente no le falta razón, puesto que además de haberse ahorrado el salario de 10 ó 15 trabajadores, ha incrementado significativamente la producción de su empresa. Mejor, repito, imposible.

 Sin embargo, hay un pero, y consiste en que esos 10 ó 15 trabajadores despedidos no podrán adquirir los productos que se elaboren con esa maquinaria ni con ninguna otra. Y es esta situación, que extendida a toda la actividad productiva, la cual se caracteriza por la producción en masa mientras simultáneamente la demanda se desploma o contrae, es la que ha ocasionado la actual crisis del capitalismo global, la cual ha asumido engañosamente el aspecto financiero.  ¿Por qué? Porque en la mayoría de los casos los empresarios, para modernizar sus empresas recurren a los créditos bancarios. Lo que ha traído como consecuencia  que al quebrar los negocios y al no poder los banco recuperar los recursos prestados,  quiebran ellos también. 

 Quien quiera saber hasta qué punto el “coloso” del norte está condenado a desaparecer, sólo tiene que analizar el comportamiento de su economía desde que se involucró en la guerra de Corea, en 1950, hasta nuestros días.

 Al momento de su participación en dicha guerra, los Estados Unidos disponían de las dos terceras partes del oro de reserva del mundo. Si se piensa que en la conferencia de Bretton Woods se había establecido como medio de pago internacional el patrón oro, se comprenderá lo que este detalle significó para la nación del norte. Pero además de eso, también disponía del cincuenta por ciento del producto interno bruto (PIB) acumulado por todos los países del orbe, es decir, una acumulación enorme, gigantesca, de riqueza.

 Al salir derrotado en Corea, donde recibió una paliza descomunal, ya la situación de la economía norteamericana no era exactamente la misma, algo había desmejorado, aunque, por supuesto, continuaba siendo la economía dominante en el mundo. Y así, en medio de continuas crisis cíclicas, transcurrió la existencia de este inescrupuloso gendarme, hasta que decidió involucrase en l965 en la guerra de Vietnam.

 Con motivo de la derrota de los franceses en la batalla de Diem Bien Phu, las tropas expedicionarias del país galo se vieron obligadas a retirarse, con el estigma de la derrota marcada en la frente, del territorio de Vietnam, que habían mantenido durante muchos años bajo su control. La ausencia dejada por Francia fue llenada por los Estados Unidos, que con su acostumbrada prepotencia imperial habían afirmado que ellos no correrían la misma suerte que el desplumado gallo galo. Y así, para justificar la invasión al país del sureste asiático, provocaron el auto-atentado en el Golfo de Tomkim

 El resultado de esa guerra criminal todo el mundo lo conoce . A los Estados Unidos le sucedió lo mismo que le había sucedido en Corea, es decir, fueron vergonzosamente derrotados. Sin embargo, esa derrota tuvo esta vez una significación especial. Eso se debe a que en este caso la belicosa nación del norte no sólo sufrió una derrota militar sino también una derrota económica.

 Como ya lo expresamos en líneas anteriores, los Estados Unidos invadieron a Vietnam convencidos de que sus operaciones militares en ese glorioso país no se prolongarían demasiado tiempo; que para decirlo en criollo, eso sería un verdadero paseo de salud. Sin embargo, desgraciadamente para ellos no fue así. Porque al contrario de lo que habían calculado, su permanencia en Vietnam se extendió por mucho más tiempo del que hubieran querido. Y así, contra su voluntad, vieron pasar los días, los meses y los años, y en la medida que se prolongaba la guerra, fueron en aumento creciente, además de sus muertos, las necesidades de financiamiento del esfuerzo bélico. En esto, si es verdad que no habían pensado los guerreristas del norte. De modo que sus compras en el exterior fueron tan grandes, que los billetes verdes virtualmente inundaron a Europa, dando lugar al fenómeno conocido como “eurodólares”.

  Esta situación se mantuvo así hasta que el Presidente de Francia, General Charles de Gaulle, le exigió a los Estados Unidos la convertibilidad de la moneda norteamericana, que abarrotaba literalmente las bóvedas del banco central de su país. La respuesta que le dieron al presidente de Gaulle, como es de suponer, causó una gran conmoción en los centros financieros del mundo. La Reserva Federal (fed), banco central de los Estados Unidos, con el mayor cinismo contestó que su país no disponía del oro suficiente para responder positivamente a las exigencias del país europeo (y esto, como lo dijimos arriba, después de haber contado, durante su participación en la guerra de Corea, o sea, en 1950, con las dos terceras partes de las reservas auríferas de todo el planeta).

 La consecuencia inmediata de esta declaración fue, aparte del descalabro masivo de los mercados bursátiles de todos los países, la eliminación del sistema monetario internacional, tan trabajosamente diseñado en la conferencia de Bretón Woods. Después de esto, como si fuera la maldición de un fatum vengativo, se produjo el desplome de Wall Street, cuando el índice Down Jon registró una caída de 500 puntos, generando el consabido pánico bursátil a escala internacional. Más tarde, como si lo sucedido hubiera sido poco, se produce la estrepitosa quiebra del gigante Enron, que suministraba el 60 por ciento de la electricidad que consumían los ciudadanos norteamericanos. Y todo esto, acompañado por una sistemática y permanente contracción de la economía, que rozaba casi los umbrales de la recesión.

 De ahí en adelante, todas las atrocidades cometidas por el imperialismo, así como las insufribles tribulaciones por las que en estos momentos atraviesa esa economía, todo el mundo las conoce. No es necesario abundar mucho sobre ello para que se pueda percibir el estado pre-agónico de la que aun sigue siendo la primera economía del mundo. Porque, ¿quién ignora la quiebra de una empresa como la General Motors, que siempre había simbolizado el descomunal poderío alcanzado por la patria de Walt Whitman, y que en su desplome arrastró consigo otra multitud de empresas que directa e indirectamente de pendían de ella? ¿Quién desconoce el desplome de bancos que representaban la fortaleza financiera de esa nación, como Morgan Stanley, Standard & Poors, J.P. Morgan, etc., que se creían más sólidos que las pirámides egipcias e inmunes, por tanto,  a crisis y bancarrotas?

 No es nuestro propósito detallar los innumerables estragos que la crisis actual de la nación norteña está produciendo en ese país. El propósito esencial de este escrito es indagar acerca de si esa catástrofe se podría superar, si es posible revertir su tendencia al colapso, De acuerdo con lo que hemos expuesto al principio de esta nota, ¿cómo pensar, como lo afirma Laurence Kotlykoff, en un artículo publicado en esta misma página, que todavía exista alguna esperanza de recuperación? ¿Cómo creer que la economía norteamericana, que lo único que ha hecho después de haber alcanzado la cúspide más alta del progreso y el desarrollo es deslizarse como en un inclinado tobogán hacia el despeñadero, del cual le va a resultar muy difícil por no decir imposible salir? ¿Qué hace pensar, repito, que ese deslizamiento se podría detener e impedir la caída del gigante en un  insondable abismo, de donde no podría salir jamás, al menos, con sus actuales características? No existen razones, pues, para que sus viudas sean tan optimistas.

 Pero todavía existe un obstáculo más importante aún,  que excluye toda posibilidad de recuperación. Se trata, como ya lo sugerimos, de que la economía norteamericana ha entrado en conflicto antagónico precisamente con el factor que le había permitido alcanzar el descomunal grado de desarrollo que ha alcanzado: la tecnología. Pero eso no es todo,  porque todavía existe otra circunstancia adicional que condena a los Estados Unidos a la debacle, sin que nada pueda hacerse par evitarlo. Se trata de que países que antes eran importadores netos de bienes y servicios estadounidenses, ahora, además de haber dejado de serlo, de ser compradores de esos productos, se han convertido en fuertes competidores en el mercado mundial de ese país.

La pregunta que se le debe estar haciendo a Juan Carlos Caldera es que hizo con esos riales, porque eso de las sillas de ruedas y otros utensilios de ese tipo no es nada creíble. Entre otras cosas, porque cuando un empresario hace una donación con fines sociales, no la efectúa dentro del mayor sigilo, dentro del mayor secreto, sino todo lo contrario. Utiliza el hecho para promocionarse como una persona de bien, como una persona altruista, sumamente bondadosa y caritativa. A tal efecto hace publicar una foto en los periódicos en la que aparece entregando un cheque a alguna institución oficial o caritativa que se ocupan de estas cosas. Eso es lo que se estila. Pero lo cierto del caso es que este repugnante sujeto, por defender a un amigo, le ha echado una tonelada de mierda a  la familia la cual no podrá escuchar su nombre sin ruborizarse de vergüenza.   

alfredoschmilinsky@gmail.com  

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Alfredo Schmilinsky Ochoa


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