Ensayo

Ciudad i poesía

G

“El mayor defecto del olvido,

es que a veces incluye a la memoria”

Jorge Luis Borges

Cuando el tiempo, imperceptible en su raudo paso de remusgo silencioso i celeste, es sin embargo, un paradójico céfiro tenaz que, se lleva el recuerdo; olvido i memoria son hojas al viento i danzan con movimiento i color, dejándonos apenas borrosos paisajes que, para volver a verlos o simplemente evocarlos, nos hace falta fantasía, inventos i amor. Lo que nos pasa con la ciudad que vivimos, que vimos crecer en partes i desaparecer en otras, hasta que de pronto un día ya no precisamos del todo donde estuvo situado nuestro hogar, o el de los padres i hermanos o el de la mujer amada; la esquina o el árbol a cuya sombra le declaramos nuestro amor, o el rincón donde nos dimos un primer beso o, más cercano todavía, donde nuestros primeros hijos corrieron felices i los estrechamos en los brazos, son perlas de la vida. También, el segundo hogar, donde tomamos las herramientas de letras, números i voces señalando rumbos, el colegio, el maestro, el zaguán o el aula, donde empezamos ser ciudadanos, de esas cosas, también el olvido le va arrancando gajos a la memoria, de manera tal como la barca que va cruzando el mar, deja una espuma que en la lejanía de pierde i como lo expresó Machado, en una de sus coplas, /no hay caminos, sino estelas en la mar/, i lo complemento con otra que cito completa:



Todo pasa y todo queda

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar



Entonces, cuando de la ciudad nacida caserío o aldea, escuchamos los relatos de sus primeras casas i calles, donde la luz del sol asentaba su dominio i por las noches, velas, farolas i fogatas eran chispas de estrellas en garúa, las leyendas i los mitos eran miedos para unos o inspiración para otros, escribiendo cuentos que van formando líneas i capítulos en los aires, como una biografía sin autor, pero que es de todos. I la Plaza Mayor de la Colonia, fue tomando diversos nombres hasta llegar a ser para nosotros, únicamente la que hace honor al héroe por antonomasia; i la capilla a su lado pasa por iglesia hasta llegar a Catedral, i acaso la cárcel o la prefectura se convierte en el recinto del gobierno, i los pobladores, porque entonces ya es pueblo, dejaron olvidada a la aldea i los aldeanos allá atrás, en las espumas que desaparecen i el revuelo de las hojas marchitas del ayer.



Así, vimos por etapas de presentes efímeros i de sueños por venir, aparecer sin darnos cuenta a la ciudad de hoi; i no sabemos cómo ni cuando, se elevaron tantos edificios, se trazaron tantas calles, surgieron tantos puentes, semáforos i elevados, mientras se multiplicó la gente, multitud casi desconocida, donde tenemos que buscar a los familiares i amigos, para formar ínsulas de iguales sentimientos i de parecidas metas o ideales. Por todos esos vericuetos de la estructura social, circulan las relaciones de la sociedad civilizada i avanzada, i nos cuesta todavía más, encontrar a los que en ese proceloso mar, de los afectos e intereses de los hombres i mujeres, desde niños hasta ancianos, dejaron los recuerdos, las leyendas, los mitos, los sueños, las canciones i, ¡la poesía! que debe siempre dejar huella para siempre, en este pasar haciendo caminos, acaso como lo va describiendo con palabras doradas i acuarelas, Herman Hesse en esa preciosa obra que titula El Caminante, como un distanciamiento de los rituales de la existencia; porque antes que lo dijera Borges, Hesse pensaba que la filosofía ayuda a vivir i que de una vida creativa lo más sublime es la poesía, el bardo del Sur argento, pensaba que había dos clases de poetas de formas extremas: el poeta que vive en la pasión y el poeta que vive en un mundo verbal.



No sé a cual pertenezco porque no me creo poeta en absoluto, sino un atorrante que a veces hace versos, pero sé que entre nosotros los hai de los buenos o excelentes, i que en los jóvenes abundan las promesas.



Ahora bien, si esto que he narrado de la ciudad, mi Maracaibo de la cual me siento su Cronista más conspicuo i genuino, hasta en mis pinturas al óleo i acuarelas –paradójicamente para muchos, la ciudad es un ente abstracto o entelequia; la ven, pero no la sienten− i sucede que queriéndola como lo expresó uno de sus grandes hijos, amada como la ama el sol, las travesuras del olvido i la memoria, de manera absurda la van haciendo cada vez menos conocida, es más difícil aún con otros pueblos i ciudades, por próximas que estén i aunque los hayamos visitado muchas veces en distintas épocas o fechas memorables, i notando menos los cambios que se van produciendo, o si su crecimiento es o no, armónico i promisor, es por culpa de su gente o de los gobiernos que olvidan siempre; aunque no faltará quien meta a Dios en el problema, porque cuanto disparate ocurra a la mente de los hombres de fe, eso fue cosa de Dios o Dios lo quiso así. Es parte de la angustia existencial del hombre, derivada de la diferencia ontológica que señalara Heidegger, como un llamado al análisis existencial; diferencia ontológica entre el modo de ser del hombre al modo de ser el ente, o sea, las cosas i fenómenos humanos, de una vida reflexiva que es siempre distinta en todos. De esta manera, el modo de ser del hombre no es reductible a una ontología esencial, mientras el ente descubre una manera de ser constante, una naturaleza definida conceptualmente como universalmente válida; i, de una manera comprensible, diferencia entre la naturaleza cambiante i a veces incomprensible del ser humano, i la del escenario perenne o eterno de la naturaleza. I de esa diferencia o lucha, ha surgido un antagonismo i una angustia, señala el psiquiatra Abel Sánchez Peláez, i un individuo disminuido por la cultura adquisitiva i de consumo. Por eso, agrega, el hombre en vez de existir, se conforma con vivir, perdiendo tiempo precioso en trivialidades o brutalidad social.



Maracaibo, como la historia de muchas ciudades en el mundo, hubo de tener en esa transición de aldea o pueblo hacia la ciudad, una especie de edad de oro, de oasis cultural, i aquel viajero De Pons, se asombró de encontrar en la aldea de entonces, a jóvenes que llevaban nombres griegos, que sabían latín i griego i ya leían o hablaban, ciertos idiomas modernos. Por eso, cuando vemos que la materialización de la vida, va apagando esas luces, sucede lo que Borges exponía como ejemplo así: “Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, haya degenerado a juegos tan vulgares como el fútbol” o en otra ocasión dijo: “Los ingleses también hicieron mucho mal al mundo. Por ejemplo, lo han llenado de estupideces como el fútbol”. Mas, si hoy preguntáramos a los jóvenes o a los niños, como hacen los pre-escolares en su graduaciones más costosas que graduarse en la Universidad, qué desean ser cuando lleguen a “grandes”, muchos preferirán ser futbolistas que poetas.



En verdad, estas reflexiones –acaso tejido de ideas sociológicas, filosóficas o de arte, tres campos del conocimiento que muchos burlan −sean consecuencia de un tema que me fue propuesto así, Ciudad i Poesía, bien sea por tratarse de alguna motivación bien pensada, especialmente por jóvenes escritores de esta principal ciudad de la costa oriental del lago, Cabimas, que junto a Ciudad Ojeda, Lagunillas i Los Puertos de Altagracia, más otras menores como La Rita, Palmarejo, Barrancas, etc., forman un collar de enclaves humanos prodigiosos, porque siendo nacidas con el abono mineral del oro negro, o a veces mejor llamado estiércol del diablo, frenadas i mancilladas por la ambición foránea, han sido pobladas por generaciones relativamente recientes, con ideales que se apartan de lo puramente comercial, del furor extorsionista de las transnacionales que les hundieron el suelo, pero en compensación sus hombres i mujeres, siempre han tendido a elevarse hacia distintas cumbres, i produjeron profesionales, artistas, escritores, deportistas, i más complaciente todavía, no a las cumbres sino a los aires azules de la poesía, pues como bien dijo Platón, la poesía es “esa cosa liviana, alada y sagrada” que ennoblece al hombre, a la vida i pone un halo de estrellas sobre las ciudades o los campos; solo que, no todos suelen o saben mirar hacia el azul del cielo.



Desde que era niño, recuerdo haber venido hacia esta costa en piragua; sobre todo una vez que todos convalecientes del sarampión, nos trajeron a mis hermanos i a mí, a una casona en Barrancas, alquilada por mi padre creo que por 15 días, para tomar aire puro i bañarnos en la playa; recuerdo que estrenamos unas batas de baño hechas por mi madre, con la tela de unas cortinas viejas, como sucedió en La Novicia Rebelde. Luego, en tiempos de los ferrys –comenzaron por los años de la Segunda Guerra Mundial, pues he relatado en otra parte que, allí, una madrugada y embarcados, leímos la deprimente noticia: cayó París. Un buen hombre llamado Luis Emiro Rubio, vivía en Palmarejo i era uno de los jefes de la Estación del Ferry en Palmarejo i recuerdo que su casa, todavía usaba luz con tuberías de carburo o en casa de una familia Navarro, gente mui amigas de mis tías paternas; veníamos de paseo para disfrutar de un almuerzo de campo con hervido de pescado i con la dulce maravilla del agua de coco. Era la costa apacible, con sus primeras carreteras de lomo de perro. Américo Negrette, un amigo inolvidable, fue médico rural de Palmarejo i escribió un libro sobre su experiencia i me invitaba, ya casados ambos, a pasar un fin de semana en su casa, para levantarnos temprano a ver un amanecer, i tomar apuntes para nuestras pinturas. Ahora, en la lejanía del tiempo ido, i en los trozos que el olvido ha respetado mi memoria, me percato por qué tierra i cielo de un pedazo indiferente del suelo del planeta, se va metiendo en las entrañas o quizá mejor decirlo, en mente i corazón.



Entonces, con el auto de mi padre, un viejo Nash que le duró casi 20 años, recorríamos estos lares, desde Altagracia hasta Lagunillas, pueblos distantes, mui distantes entonces, como para Caracas eran Antímano por el oeste o Chacao i Petare por el Este. Cuando mirábamos hacia el lago, ya era una llanura de agua con una selva de pinos de hierro por doquiera, i ya al bañarnos necesitábamos del kerosene para quitarnos las manchas del petróleo; pero todavía en casi todas las orillas, los hermosos i despeinados cocoteros parecían mover el aire i ofrecer sus frutos. I por las noches, todo aquel monte con taladros i balancines, parecía una detenida procesión de antorchas, con los célebres mechurrios, anunciando con fuego, como se quemaban las promesas, el ambiente i el dinero que ya no era nuestro. ¡Qué tiempos aquellos! Se fueron casi del todo, pero dejaron semilla en el recuerdo. Allí, en esos lugares de contrastes, entre los bellos campos con grama i con flores de las Compañías Petroleras designadas así en conjunto, i los caseríos pobres de los hombres i mujeres que de todo el país, desde el “lejano oriente” venezolano incluyendo a Margarita i los abandonados cafetales del Táchira (que antes suplía café para todo el país i sobraba para exportar), se daba en una misma región, el fenómeno del urbanismo que apareció en Europa en los tiempos de la Revolución Industrial; abandono del campo, para correr a las ciudades o a los sitios, donde una gran riqueza del subsuelo, prometía bienestar para todos. Surgió principalmente Cabimas como Parroquia desde 1829, cuando el Obispo de la Diócesis de Maracaibo i Mérida, nombra el primer Párroco; era un pueblo de una sola calle polvorienta mui larga rodeada de hatos i quizá para muchos que se fueron en el pasado, sintieron el aleteo de la poesía, pero no tenían medios de expresión o de conservar lo que pudieran hacer. Cabimas, dice ese extraordinario hombre del periodismo de la Costa Oriental, aunque nacido en Maracaibo, el escritor Jesús Prieto Soto, “despertaba antes del tercer cantar del gallo, para luego irse a bañar en las frescas aguas lacustres, desayunar abundantemente y empezar la jornada del día”. Acaso, muchos, sintieron como el Hesse peregrino, cuando se topó con la primera aldea, dijo: “la verdad de la vida que yo amo, los paseos sin rumbo, los descansos soleados, el libre vagabundeo” porque no existe poeta, que no ame la vida libre i sencilla, la verdadera libertad del espíritu. I Cabimas complementaba el paisaje antes de la fiebre del oro, como también lo dice Prieto, con “los montes circunvecinos que rodeaban las extensiones de los hatos. Se lograba divisar el ganado como puntos salteados en las ciénagas. En el corral de los hatos, se oía el mugir de la vaca lechera amarrada, esperando llenar la criolla totuma”. Era un encanto de paz que ya no vuelve i que trasformó la existencia de aquel pueblo, como para que huyera de ella todo rumor de poesía, no solamente de allí, sino de todos los poblados. Igual que en la Maracaibo aldea de antaño, cuando nos parecía haber muchos poetas, Marcial Hernández, José RamónYépez, Ildefonso Vásquez, Baralt aunque lejano para siempre, Emiliano Hernández, Elías Sánchez Rubio, Udón Pérez i muchos otros, sin dejar de nombrar a Ismael Urdaneta, ese gran bardo de quien dice Velia Bosch en esa excelente antología de Gente del Lago, “que penetró el siglo XX en la literatura venezolana”, notándose la proporción porque era menor la población, hasta llegar con los años a Hesnor Rivera, Guillermo Ferrer, Manuel Martínez Acuña, César David Rincón i, atraídos desde lejos otros, por ejemplo, un Camilo Balza Donatti, compañía de Andrés Eloy Blanco en muchas antologías de la poesía universal. Nosotros, tanto en lo literario, como en la medicina, hemos tenido personalidades extraordinarias que hemos hecho zulianos por adopción, como los médicos Pedro Iturbe i José Rafael Fortique, este último notable escritor e historiador, falconianos, o Camilo, i Tito Balza Santaella, llaneros de Anzoátegui i de Guárico. A propósito, recordemos que los hombres grandes no tienen realmente patria chica, sino patria grande. Bolívar no es de Caracas, es de Venezuela; Mozart, no es de Salzburgo, es de Austria; Beethoven o Hölderlin no son de Bonn o de Lauffen del Neckar, son de Alemania; Leonardo Da Vinci no es de Arezzo, ni Dante es de Florencia, son de Italia, Víctor Hugo o Baudelaire no son de París, son de Francia; Andrés Bello no es de Caracas ni Andrés Eloy Blanco es de Cumaná, son de Venezuela; i así infinidad de ejemplos. I de algunos, ni estamos seguros de su sitio natal: de Ismael Urdaneta se dice que era de Maracaibo, de Altagracia o de Trujillo, pero fue de Venezuela o quizá del mundo como buen trotamundo al fin.



Todos los artistas i en todas las latitudes del planeta, son como las piedras preciosas, las raras aves o las mariposas. No son muchos, porque parece ser designio de la naturaleza, que para encontrar oro o diamantes, es necesario remover toneladas de tierra impura. I parecen ser menos todavía cuando, el fragor i el bullicio de las grandes ciudades nos aturde o el alejamiento de la tierra virgen como en eterna primavera, se lleva los capullos, los sueños i las flores. Además la galopante demografía, los problemas sociales, las rivalidades i envidias i los medios que difunden contravalores i las musas las sustituyen por fetiches, el principal de todos, el dinero. Los valores, i cuando digo valores los imagino como los concebimos dentro de la filosofía, tienen que salvarse i renacer muchísimos. Tenerlos que ir a buscarlos así estén tan difíciles de encontrar i sacar a la luz del día, como esos tesoros oceánicos, de legendarias tragedias de galeones cargados de riquezas que se hundieron –las olas furiosas de una tormenta, son hoi los contravalores i falsificaciones de la vida i el amor− i por eso, respecto a la riqueza que hizo patentes las desigualdades sociales entre poderosos i humildes, nos lleva como le sucede a Prieto Soto, a preguntarnos: el “Chorro”, ¿gracia o maldición? ¿Por qué en las antologías que tenemos a mano, no encontramos poetas de estas hoi ya ciudades de la Costa Oriental? (i perdonen mi ignorancia si los hai) i apenas si del ayer José Antonio Butrón Olivares (lo conocí bohemio en un banco de la Plaza Bolívar, cuando yo empezaba a estudiar medicina), i Jesús Alfonso Ferrer, son de Los Puertos de Altagracia i apenas sin mencionan otro en Santa Bárbara. Aunque de paso estuvo Manuel Martínez Acuña, veinte años laborando por los campos petroleros i luego granjero campesino por Machango, cerca de Bachaquero i tal vez muchas de sus poesías, las escribiera en esta costa oriental. Posiblemente esa gran investigación de los poetas del Zulia, hecha por Camilo Balza Donatti (creo que pasan de 400) i que tiene años en espera de ser publicada, porque ni la Universidad del Zulia ni otras, se han preocupado por eso, nos pueda mostrar que si hubo poetas en estos predios estrangulados por el fragor materialista de la industria petrolera; se acabaron los amaneceres de gallos cantando i las vacas mugiendo, para iniciar el día con el deleite de una tacita de café, o mejor, un pocillito de peltre, i que hubiese hombres de vida bohemia, que por caminantes sin rumbo, quizá persiguiendo sus musas o sus mozas, hubiesen puesto versos en un papel. Tuvo de haber escritores, como hubo periodistas i actualmente cronistas, pero mientras estos buscan temas para informar o escribir, un escritor no debe hacerlo; los temas deben buscarlo a uno i por ello escribe Jorge Luis Borges: “Claro que como los temas son continuos, quiere decir que si yo fuera realmente poeta, yo sentiría –acaso Dios se siente, si es que Dios existe− que cada momento es poético. Y que no hay, por ejemplo, situaciones poéticas o no, ya que todo lo humano es digno de poesía”. Sin embargo, aunque todo aquello que consideremos bello es realmente sublime i poético, no puede ser algo inerme o sin vida. Hacer ver lo bello, lo artístico, cosas que son realmente difíciles, requiere de la creatividad del hombre que, a su vez, es el único sujeto cognoscente. Por eso tiene vigencia lo expresado por Octavio Paz, respeto a que “un poema es una obra” pero también, que “lo poético es poesía en estado amorfo, el poema es creación, poesía erguida”. Con el verso, consagramos un instante, una vivencia trágica, triste o feliz; la poesía nos ayuda a vivir, tanto o más, que la filosofía i las cosas cotidianas que nos deparan los años, sean pocos o sean muchos, los concedidos para vivir, pues de tiempo estamos hechos.



Por todas estas consideraciones sobre la Ciudad i Poesía, que no es lo mismo que la poesía de la ciudad, pues Florencia es una ciudad reina en ser poética, i Las Vegas, otra mui lejos de eso. Teniendo un idioma tan bello i completo como el español, no el castellano como erróneamente un escuálido opositor hizo poner en la Constitución Bolivariana, la única que, además de avanzada jurídica en el mundo, que dio paridad a lo femenino i no es machista, i estando en el Cuarto Centenario de la creación por Don Miguel de Cervantes, de esa obra inmortal de Don Quijote de la Mancha, tenemos que sembrar en las nuevas generaciones, la inquietud o la pasión sublime por la obra literaria i en especial la poesía. Es tal la riqueza de la lengua que, el mismo Borges que tanto llevo presente en la vida, nos hizo notar: “En español hay algo muy importante, que son los verbos ser y estar, que no existen en ningún otro idioma. o , etcétera; y luego otra ventaja que tiene el español, y es que el adjetivo es movible” i sigue con claros i sencillos ejemplos que, incluso, dan elasticidad a la sintaxis. Muchos idiomas tienen la construcción invariable i no pueden variar el sentido de una frase con el uso inteligente en la colocación del adjetivo, razón por la cual nuestra poesía, puede decir de tantas manera un “yo te amo” a la mujer amada o fantasear con un adiós que no es adiós…como aquel /te digo adiós y acaso te quiero todavía/…no sé si he de olvidarte, pero te digo adiós…/



Por eso, en estos tiempos prometedores de un cambio radical del mundo del neoliberalismo, donde hasta la fama intelectual se compra o se vende, el mundo incontaminado de los jóvenes o por lo menos los que se han conservado así, lo debemos ver como un escalio, ese terreno yermo por las trivialidades de la vida, pero fecundo, apto, para la siembra que, nos traiga buena cosecha de creatividad, ternura, capacidad i amor, para que su esfuerzo continúe perpetuando la más hermosa i brillante huella del ser humano por la Tierra; algún día de acabará el oro, el platino, los diamantes, esmeraldas i rubíes i también el petróleo; algún día tendremos que tomar escaleras de ensueño o fantasía para subir a reparar el techo o atmósfera del maltratado planeta o punto azul, insignificante en el Cosmos; desaparecerán muchas cosas, quizá ni podamos imaginar cómo será ese futuro incierto, de ciudades metálicas, ausentes de árboles, de lluvia, sol, luna i estrellas, cerrados en vidrios i acompañados de asombrosos robots, naturalmente inhumanos; pero si sobrevive el hombre, las aves i las rosas, de una cosa estoi seguro: nunca desaparecerá, la poesía. Volverán los arco iris, las nubes i luceros; volverán los vientos, los sueños alisios i las luces porque estará por los aires todavía, “esa cosa liviana, alada y sagrada”.



La ciudad, entonces, en esa distinción que hemos hecho brevemente entre ser i ente, con la perenne inquietud desde los griegos de “qué son las cosas” podríamos decir, para usar un lenguaje comprensible que, siendo cosa o cosas, tiene personalidad, que solamente la perciben íntegramente los artistas i especialmente los poetas. Basta ver la emoción de aquellos versos de Juan Antonio Pérez Bonalde, cuando apurando al auriga para llegar a su amada Caracas, al divisarla expresa.

Caracas allí está; sus techos rojos

Su blanca torre, sus azules lomas

Y sus bandas de tímidas palomas

Hacen nublar de lágrimas mis ojos!

Caracas, allí está! Vedla tendida

A las faldas del Ávila empinado

Odalisca rendida

A los pies del Sultán enamorado



Escuchemos a nuestro Udón de Oro, que no sólo exalta la emoción de ferviente i enamorado amante cuando grita:



“Mía” cuando ríes, “mía” cuando lloras

“mía” cuando luchas; “mía” cuando oras…

“mía” a todas horas, Maracaibo mía.



Sino, también, cuando coloca “mía” entre comillas, sin conocer aquello de filosofía del lenguaje que, tales signos ortográficos, invierten el sentido i el significado, lo que pretendía decir que renunciaba a un egoísmo de sentirse su dueño, sino simplemente su amante; pero es cosa sagrada por sus propias vivencias i síguele cantando:



¡Cuna de mis padres i de mis abuelos

cuna de mi Ida, para siempre ida,

cuna de mi prole, i en donde mi vida

se abrió como un cáliz al sol de tus cielos!



I en una cosa que nos pertenece a las dos costas, oriental i occidental, vemos como Andrés Eloy se expresa en el poema Coquivacoa, aunque advierto que Coquivacoa se llamó el Golfo de Venezuela i nunca el Lago de Maracaibo, antiguamente de San Bartolomé. Dice el poeta sobre esta “cosa” de agua, sol i cielo que nos une:



Mañana, sí, mañana, Lago de los Poetas,

Te diré lo que ahora no te puedo decir,

Porque duerme en el fondo de tus aguas discretas

La Suprema Palabra que dirá el Porvenir…



Los milagros, si es que existen como tal, en la poesía fue enlazar ser i ente en una sola esencia creadora, hacer un astro, existir i vivir, porque un pueblo con un mismo ideal de luz i de pensamiento libertario, ideario de un Sol como Bolívar, es un portento de unidad i de paz; i veo a esta Venezuela que cambia, con la sencillez puesta en sólo dos versos del poema Las Uvas del tiempo, de quien dije una vez, era el Poeta Blanco de la Venezuela Gris, que ya está dejando de serlo, para asomarse al mundo con todo el esplendor de un pueblo grande i vigoroso.



Por esto termino tanto revuelo de hojas de colores, entre el olvido i la memoria, como desearía decirle a la ciudad, a todas las ciudades de mi patria, en esa danza de recuerdos i olvidos, con los versos de otro de mis autores metidos en el alma; de Juan Ramón Jiménez, i sus giros ortográficos respetables, como mi /i/ latina i la de Udón, soñando en Eternidades:



¡Intelijencia , dame

el nombre exacto de las cosas!

…Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente

Que por mí vayan todos

los que las conocen, a las cosas;

que por mi vayan todos

los que las olvidan, a las cosas;

que por mi vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas…

¡Intelijencia, dame

el nombre exacto, y tuyo

y suyo, y mío, de las cosas



Ennoblecer la vida con la poesía, es un privilegio que no a todos nos es permitido; pero cuando hacemos ese esfuerzo sublime de soñar en grande sobre la vida transcurrida, es como dice nuestro Camilo Balza Donatti:



“que soñar nuevamente lo soñado/

es volver de la muerte y de la vida



Sin olvidar, lo que puse en el prólogo de Las huestes del sosiego de Manuel Martínez Acuña, quien nos estremece con sus Ruinas del tiempo, igual que luchamos todos por no confundirnos con ellas, i en su sosiego, le canta hermosamente, en silencio, a “la pureza del trigo; mas, algo presintió para este cambio en vida de un pueblo que nunca dejó de soñar, i ha estallado su paciencia atemperada así:



¿Por qué los campos de mi tierra fueron

alguna vez pastura y cobertizo

de las Yeguadas que del pecho hicieron

el estandarte que a la patria hizo?



¡Sí, siempre!, y sólo barro ve en su piso

el campesino luego, y ¿qué le dieron…?

tan sólo el lar de un lazo corredizo

y la promesa cruel que no cumplieron



Por eso las cosechas están muertas,

Fatiga de las manos, de la azada.

¡Oh raza de unas alas malabiertas!



¡Cuidado! La paciencia atemperada

estallará del rancho hasta sus puertas

con furia incontinente de yeguada.



¡Por esto hai un renacer de patria, i anhelamos un florecer de poesía!



I lo puesto fue, entonces, una excelente recomendación para los jóvenes poetas, en palabras de Juan Ramón el de Platero, en Eternidades:



Amor y poesía

cada día





Y

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Roberto Jiménez Maggiolo


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