EL FRACASO DE LA ELITES
Voces por la Paz
Miercoles 18 de diciembre de 2002
De estas horas depende que unas élites decadentes salgan de la escena y un país lúcido produzca su nueva dirigencia.
El clamoroso fiasco del «paro general» ha marcado el comienzo del fin de esas élites, tan de-cadentes como pertinaces.
En todas las áreas el barco opositor hace aguas.
Ya a fines de noviembre de 1998 dieron muestras de su caducidad, cuando montaron aquel espectáculo en que repudiaron a sus candidatos para, en su risible agonía, estrecharse sin convic-ciones en el trabajo electoral que Henrique Salas Römer había logrado sin ellas.
La élite decadente empresarial ha embarcado a algunos grandes capitales de la economía en un paro mitológico sólo visible en la incesante y gigantesca trituradora de inteligencia que siempre fue la televisión. La gran mayoría de la vida económica nacional ha desobedecido el llamado a paro. Sólo los que no salen a la calle fantasean con él en medio de un sueño desesperado.
La élite decadente militar ha embarcado a unos pocos suboficiales y soldados en una tristona feria de vanidades instalada en una plaza de un barrio privilegiado, único lugar donde puede ge-nerar algún interés, fuera de la televisión, tan proclive a este género de espectáculos sabatinos. Los militares miran desde los cuarteles con estupor e indignación la deserción y sólo unos pocos oficiales, de entre cerca de diez mil, se han afiliado a esa comparsa de tristeza.
La élite decadente sindical no ha logrado aportar al paro ni un solo cuerpo importante de tra-bajadores, lo que le ha acarreado fricciones con la cúpula empresarial, que ha debido cargar sobre sus hombros el remedo de paro con que ha amenazado al país.
La más exitosa ha sido la élite decadente petrolera, que al menos por unos días consiguió sa-botear la industria que usurpó desde su nacionalización. Tiene perdida esa batalla, pues el grueso del personal ha logrado echar a andar la alta tecnología de PDVSA, que por un rato hizo creer que sólo ella sabía operar. La meritocracia puso en práctica lo único que siempre supo hacer: servir de rémora confiscatoria de un patrimonio de todos los venezolanos.
La élite decadente política ha calculado todo mal, desde mucho antes de la bufonada de no-viembre de 1998 hasta después de los tristes hechos de abril. Ha perdido siete elecciones seguidas en menos de dos años y en la escena internacional casi nadie se arriesga a apoyarla públicamente. En las pocas horas en que volvió a Miraflores en abril agotó el repertorio de errores que sólo se puede perpetrar durante una larga carrera. Hasta los crímenes los cometió dejando un reguero de evidencias. Osciló entre la ebriedad alcohólica y la desbandada insolente.
La élite decadente jurídica manufacturó una sentencia que quedará por siglos para juerga de los futuros estudiantes de derecho en el mundo entero.
La élite decadente religiosa sólo ha sabido infundir odio donde debiera inspirar el amor que proclama su fe.
La élite decadente intelectual, bueno... sentimos afecto y admiración por la obra de muchos que decidieron acompañar a esas otras élites decadentes. Con su inteligencia quisiéramos contar para dialogar algún día, cuando reine la serenidad necesaria para ello, en la ocasión de invitarla a examinar de nuevo el mundo, para que nos ayude a redescubrirlo.
La vamos a necesitar porque somos la otra fracción de ella. Ante nuestra propia ausencia in-voluntaria, en parte impuesta por la élite mediática, en casi todo este proceso —y valga esto co-mo autocrítica—, el pueblo, que siempre creímos ignorante, ha debido generar sus propios diri-gentes, lo que le ha permitido actuar con una lucidez, firmeza y prontitud que nos causa asombro y de las cuales esperamos aprender algún día no lejano. Deberemos comenzar por recibir una lección de la humildad de que solemos carecer.
La élite decadente mediática ha escoltado a la élite política en siete derrotas electorales y en cuatro paros fracasados, para no hablar del golpe mediático de abril y el ensordecedor silencio sobre su propia catástrofe del 13 de abril. Objetivamente una parte decisiva de la población no les obedece: la que ha votado siete veces contra los candidatos que recomiendan. Ahí está la convocatoria al paro, escandalosamente desobedecida y desafiada. ¿Seguirán los anunciantes confiando sus productos a un propagandista tan incompetente como costoso?
Quisiéramos dirigir, con un respeto que vaya más allá de las formalidades, una palabra a las personas que salen a la calle a pedir un inmediato cambio de gobierno y también a los que no han tomado partido, los que no marchan, que son la inmensa mayoría. Invocamos aquí al Dios de las Palabras, el mismo al que alguna vez apeló Gabriel García Márquez, a ver si en medio de este vocerío desmedido logramos captar al menos la atención de esos nuestros compatriotas:
Hay lucidez en lo mejor de ustedes —los que no buscan salidas violentas— y también el honesto afán de preservar el respeto al trigo limpio de la democracia. Mucha de su inquietud ha nacido de la impaciencia y la torpeza de la nueva dirigencia que nace bajo sus pies y esperamos que ésta tenga la generosidad de rectificar a tiempo para que no reproduzca prematuramente la historia de las élites que ahora agonizan. Si vamos a construir una nueva sociedad, tenemos que reencontrarnos con esos compatriotas en medio de los escombros y de una inmensa reconciliación, cuando hagamos el descubrimiento mutuo de que tenemos derecho a la existencia.
Por último, invitamos cortésmente a las élites en decadencia a reposar y a que regresen luego de haber meditado con provecho sobre sus errores y su colapso general. Entonces podrán ocupar el puesto eminente que la historia reserva para los sabios que rectifican.
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