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El rostro del Libertador i las causas de su muerte (Parte VIII)

“No olvides las palabras de Sócrates:

sigamos Critón valerosamente, la senda

por la que los dioses nos conducen y

nos llaman. Anyto y Melito pueden

matarme, pero no podrán hacerme morir”

Epicteto

“Yo no necesito un y una
 
promesa de para obligarme
 
a ser mejor y actuar con corrección”
 
Pepe Rodríguez

Hablar sobre la muerte del Libertador, su significado para muchísimos pueblos del planeta, que lo irán conociendo gracias a la Revolución Bolivariana, Pacífica i Socialista, i porque realmente ahora sentimos que no ha muerto jamás –como intuyó Sócrates el no morir− no solamente porque resucite cada cien años como con admiración i amor lo expresara Neruda, sino que actualmente lo sentimos i ha vivido con todos nosotros, acompañando a los pueblos que aman la libertad, por un siempre que indica infinitud o eternidad. Durante su vida convivió con religiones diversas, entre ellas la católica cristiana, i por respeto a las variada creencias de los pueblos que libertaba, fue discreto; pero al final de su vida, allá en el lecho ajeno de San Pedro Alejandrino, moribundo i hastiado de penas, intuyó como Sócrates, que los Anytos i los Melitos de apasionadas envidias i traiciones, no acababan con él, porque jamás podrían hacerlo morir. Quedaba su pensamiento i sus sueños. Por eso, quizá no experimentaba en su interior un alma o una promesa de otra vida en el más allá; lo que sentía eran los dictados éticos de su conciencia, que no son puestos allí por un ser ignoto i superior, sino creación propia, manantial de bondad i de justicia que, como una fuente cristalina, entre los efluvios i encantos de una caverna de azules matices reflejados, constituían los principios morales i éticos que comandaron su vida, en el terreno social, cultural i político. No necesitó nunca de un alma o promesa de vida para ser mejor i actuar con corrección; vivió de sueños grandes en vigilia, i de estar seguro que, al final, como dijera Antonio Machado en el poema Retrato, “y cuando esté al partir/ la barca que nunca ha de tornar/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje/ casi desnudo, como los hijos de la mar.

Casi nadie, excepto los que meditan sobre la existencia i construyen lo que los alemanes llaman la weltanschaunng o una filosofía de la vida, cuando leen historia aprenden a situarse en el tiempo. Eran tiempos coloniales, de fogón de carbón, luz de velas o mecheros de aceite i transportes de caballos, mulas, burros i carretas, con sendas en la fosca o en el llano, i apenas sombras de grandes árboles para acampar, cuando llegar a un caserío, aldea o publecito, exigía mucho andar todavía. En los momentos no encuentro una obra o un folleto, en el cual con trazos rojos se pintaron las vías de los viajes que a caballo o mula realizó el Libertador, por estas regiones que hoi son Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú i Bolivia, cerca de las fronteras de los países del sur del continente, mui parecido a las rutas de una compañía de aviación sobre un mapa. El Libertador, estando a veces en el oriente de Venezuela, decía con naturalidad, voi a Guayaquil o a Lima, i sus andanzas, hasta los mismos llaneros que vivían a caballo o eran casi unos centauros mitológicos, no soportaban el largo de los trayectos que recorría, por lo cual muchos le llamaron “culo de hierro”, atestiguado por los grandes callos en sus muslos i nalgas, del continuo jinetear. Su agilidad, valor i templanza, la demostró nadando en pantanales a la orilla del río Orinoco (Casacoima), en jornadas de desesperanza como la retirada a oriente, o sobre todo, en el Paso de los Andes, proeza superior mil veces al paso de los Alpes por Aníbal, que entre otras muchas cosas para protegerse del frío, llevaba elefantes i hasta él i sus generales se bañaban con vino. Viajar en aquellos tiempos, era como hacer actualmente un expedición por la selva amazónica o tratar de subir otra vez al Chimborazo a platicar con el Dios del Universo en su delirio.

Bolívar, como guerrero que lo fue en etapas, tenía en mente las enseñanzas que posiblemente le trasmitió Humbolt, para superar esas grandes selvas, caudalosos ríos i alturas, para luego sentarse en cualquier tronco o sitio improvisado, a leer, planificar e ir formando en su espíritu, al escritor i estadista que al mismos tiempo escribía una proclama o una carta de amor. Cuando se visita en Los Inválidos en París, el Museo Napoleónico, se observa la tienda de campaña i las comodidades propias de la época, mientras para él bastaba una hamaca o una frazada a pleno campo. Por eso, debió padecer muchas otras enfermedades menores. Así, según señalan varios autores, entre ellos Beaujon, el Libertador sufrió de jaqueca oftálmica o migraña, dacriocistitis crónica observada en Varino el 10 e noviembre de 1830, caracterizada por supuración del lagrimal, que tenía que limpiar con frecuencia; furúnculos en varias oportunidades, especialmente en 1822 i se sospechaba por padecer de presbicia por su edad pasada de los 40 años i el haberse encontrado anteojos en los bienes del paciente. Además hubo siempre una sospecha que nunca se probó i estimo que no padeció de eso, pero Ordóñez Marín decía que, cuando viajó de París hacia Italia, con grandes jornadas a pie en compañía de su maestro Simón Rodríguez, posiblemente tuvo aventuras fugaces con muchachas que podían padecer de sífilis. Lo que no se puede negar es que su salud está quebrantada seriamente, por los menos tres o cuatro años antes de diciembre de 1830, e incluso en Bogotá existe una lápida en una calle que se identifica bien, donde se dice habitó el Libertador, que dice: “Esta casa fue la última que albergó en Bogotá al Libertador/ de aquí salió el día 8 de mayo para no volver jamás”. Fue colocada el 17 de diciembre de 1930 por el Presidente de la Sociedad Bolivariana Dr. Daniel Arias Argáes, con un discurso que terminaba con estas palabras: “esa lápida recordará siempre el sitio que ocupaba la última mansión del padre de la patria en esta ciudad de Bogotá que lo vio triunfador y magnánimo en la guerra fratricida de 1814, sobrehumano y sublime después de la magna epopeya de Boyacá, trágico y severo tras la terrible noche septembrina y finalmente, abatido y melancólico en la fecha inscrita en la blanca losa que acabamos de descubrir”. Bolívar salió de Bogotá, trágicamente enfermo ¿Por qué no se llevó con él de acompañante amorosa a Manuela, cuando nada se lo impedía? Era ya hasta irrespetado i vejado, gritándole ¡longaniza! Otra obra que va pintando el calvario de una enfermedad que venía con él desde la infancia como primo infección detenida por un tiempo, se encuentra en la obra de Ciro Vega Aguilera titulada EL CORAZÓN DEL LIBERTADOR, donde encontramos como razona, respecto al bañarse acalorado, pues le dicen que así murió Alejandro Magno. De que muchos de sus enemigos lo querían eliminar, es cierto, especialmente cuando era un huracán de libertad i justicia, pera ya para ese tiempo estaban seguros que no importaba, asesinarlo i menos envenenado (el más cruel veneno fue el asesinato de Sucre), porque en aquellos tiempos no había recursos “sofisticados” (como disparatadamente usan este término muchas personas, porque sofisticado no es refinado, exquisito o manejado con conocimientos del producto, sino adulterado, falso) como en el Renacimiento, ni anillos especial para polvos mortales. Además, un envenenamiento paulatino a largo plazo, el único sospechoso sería su mayordomo José Palacios. Por eso es absolutamente falso que el Libertador enfermara repentinamente cuando estaba “entero” como ha influido Mier Hoffman para que el presidente Chávez repita lo de anoche en una entrevista. Simón Bolívar desde 1828 venía seriamente enfermo, i llegó a Santa Marta i a San Pedro Alejandrino, en estado pre-morten. ¿Para qué sirve entonces la serie de cartas que escribió a sus generales i allegados? ¿No es acaso una suprema anamnesis o descripción de la evolución de su enfermedad? ¿Dónde la pruebas de que traía 2.000 hombres, pensando invadir a Venezuela? ¿No había escrito que estaba virtualmente muerto para la vida política i renunciado a todo poder? ¿Qué interés científico habría de parte de médicos, historiadores i científicos, en decir que padeció de tuberculosis pulmonar? Eso lo analizaré con razonamientos científicos, médicos i filosóficos, tomando en cuenta una eventualidad que al menos tiene más lógica, como es pensar en una Histoplasmosis Capsulatem? Enfermedad sugerida ahora, luego de analizado su esqueleto, o mejor, sus restos. Razonaré como médico i como filósofo.

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Roberto Jiménez Maggiolo


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