Fascismo Vs. Nueva Subjetividad

El fascismo es un devenir que surge e interviene en lo social, como una pasión latente en la política liberal, vista ésta como la puesta en práctica de una idea formal de la libertad que suspende la igualdad por la justicia en el proceso de abolición de las clases sociales, y que es representada en las élites burguesas, como todo lo que encarna el proyecto de la oposición, en cuyas tesis neoliberales sobre la democracia asumen lo político como un territorio del comercio, donde el mercado es un bien universal y único árbitro regulador de toda actividad. Así como un centro de elaboración de los enunciados válidos para a la acción social. El incremento de esta complejidad, también supone racionalización, marcha en sentido del monopolio de la acción social por el mercado, control de la acción social en virtud de medios como el poder político y el dinero, independientemente del diálogo.

Con este movimiento se configuran grupos humanos autocomprensivos de su papel como élites, como la Mesa de la Unidad que asumen que son la sociedad, que son su única mediación posible y que el Estado es su lugar natural, por lo que, privatizado por la representación, no es lugar donde cabe el pueblo. De esta manera se crea un ejercicio político separado de lo social, que reconcilia régimen de opinión y régimen de derecho en un puñado de representantes que se abrogan, vía interposición mediática, actualidad y mayor eficiencia en la construcción artificial de legitimidad y consenso, creando un momento que a toda costa y por todos los medios debe prolongarse: la gober­na­bilidad de la sociedad civil. Suerte de estabilidad de la mediación legítima del mundo de los representantes.

El Estado separado de la sociedad es Estado de derecho, igualdad de derechos, es decir, desclasamiento; portador legítimo del bien común, poder de mando, procesos estandarizados en la administración de la violencia legítima y aplanamiento de lo social a ese régimen de derecho que disemina las responsabilidades en un aparato anónimo, el cual responde a la lógica de la delegación y la representación. Ello implica que la sociedad de ese Estado es justa por sí misma, es decir, ajustada a derecho, a una lógica de sentido que somete la desigualdad de hecho a la igualdad de derecho.

Con Chávez y desde el partido-movimiento REDES, apostamos a que lo político se refunde mediante referentes concebidos desde la nueva subjetividad del poder constituyente, que permitirían pensar la política, pensar el Estado y hasta pensar el mercado, desde lo social. Es decir, desde un cuerpo de problemas comunes a otra civilidad, cruzados por la necesidad democrática de la formación de una voluntad política que haga cuerpo en la cultura cívica como práctica cotidiana, como un nuevo arte de vivir.

Apostamos, también, a una comunidad plural que funde su inacabada construcción en soberanías nacionales distintas al Estado nacional burgués. Tanto como a la construcción inacabada de una democracia sustentada en la diversidad y el disenso creador de nuevas formas de so­cia­lidad, desde una nueva generación de valores que haga coincidir principios y práctica.

Se trata de hacerse cargo, siguiendo a Magaldy Téllez, de las irresolubles e irreductibles diferencias y tensiones que atraviesan la forma de vivir juntos y romper con la mitología de la comunidad idéntica a sí misma. Porque la comunidad es alteridad, es un llamado a las multitudes múltiples para que sean ellas mismas las que se constituyan como el “pueblo que falta”, en palabras Deleuzianas, que está siempre por venir transformándose indefinidamente, desde su interior, inacabado. Para poder, entonces, pensar-hacer la democracia desde lo destruido y vuelto a construir, desde la lucha contra la exclusión y los innumerables espacios de abandono.

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