Lenguaje y Política Hoy (Parte I)

El lenguaje es un producto cultural, que resulta de la puja por transmitir nuestra visión de las cosas a los otros a fin de que nos comprendan, y también en sentido inverso.

Tal cualidad, tiene como función fundamental la simbólica, por ello nombramos, adjetivamos con género y número; y es a partir de allí que nos habilitamos para crear premisas y argumentos sobre la política, la educación, la religión, entre otros, que supondrían la racionalidad de nuestra sociedad. Todo lo imaginado, es susceptible de ser explicado por el lenguaje, afirmándolo o negándolo; con mucha razón el filósofo Habermas expresa que, el lenguaje sirve para “restaurar finalmente el fluir ordenado de la vida”.

La política es un espacio de la vida social, donde sus actores, valiéndose hábil y buenamente del lenguaje, pueden coadyuvar a la transformación de la realidad. Es por ello que en la actualidad, “democracia participativa y protagónica” encarna una práctica diaria, así como “Consejo Comunal” es un referente real que resuelve problemas concretos de una comunidad. Todas esas expresiones entrecomilladas, nacieron y forman parte de un estatuto político.

Es allí cuando la política se hace creíble: cuando es consecuente con lo que prescribe, cuando es sincera, cuando no se divorcia del lenguaje que usa.

Por ello, quien está en ejercicio de la palabra como líder político tiene la suprema responsabilidad de usarla con la sutileza, contundencia, humildad y sencillez, según lo demande el momento, siendo por supuesto, transparente; con lo cual quedan denegados subterfugios o camuflajes lingüísticos. Sólo de esa manera, habrá de preñarse la política y el político de credibilidad. Dicho evento, contribuye a revitalizar al lenguaje como máxima expresión de la madurez humana.

En esa perspectiva estimo que, el discurso como pieza oratoria de un líder político, debe responder a tres reglas de oro básicas: 1) ser sincero en el uso tanto de las palabras como de los gestos; 2) hablar sintiéndose también interlocutor; y 3) ser coherente en el desarrollo de las ideas. Todo ello posibilitará que las dimensiones del discurso que yo llamo, afectiva y argumentativa, incidan positivamente en el interlocutor. Con lo cual, se establece el nexo de la credibilidad entre el político y el público, tan importante para ascender, mantener o descender, el perfil de líder.

En la contienda electoral actual, nadie puede creerle, por ejemplo, a un candidato que adversó la aprobación de una constitución que hoy día dice defender, así como tampoco podrá creérsele la propuesta de la ley de misiones, si bien se sabe que expulsó a los misioneros de las instalaciones de la gobernación de mirandina al asumir como gobernador…Sin duda alguna, cualquier discurso del candidato Capriles con estos contenidos que son medulares en la política actual, quebranta las pre-mencionadas reglas de oro, y en consecuencia, se va a pique cada vez más su credibilidad en un grueso número de electores.

El lenguaje, por tanto, visibiliza la política y la enraíza en el imaginario colectivo, la fija. Por ello, los capítulos de la historia política actual, serán tan recordados como aquel episodio protagonizado por Rafael Caldera en su primer gobierno, quien con sus dotes de hablante casi anglosajón (como seguramente se debió sentir), en la oportunidad de pronunciar un discurso en la ONU, se abstrajo de su identidad venezolana y raíces latinas, y “dio un magistral discurso” totalmente en inglés. Tal acción perpetrada a través del lenguaje, exponía una visión de desapego a lo nuestro y de entrega del país por parte de un Presidente venezolano, la cual afortunadamente, es diametralmente opuesta a la visión actual.

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Aquileo Narváez Martínez


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