Lo que las encuestas dicen y callan

El efecto que las encuestas tienen en la opinión pública más que preocuparnos, debería ocuparnos. 

Cualquiera que se haya adentrado un poco en las ciencias estadísticas no puede dejar a un lado la utilidad de esta herramienta, la encuesta, cuando ella responde a una metodología científica.

Así que a los revolucionarios y a las revolucionarias, siempre alineados con la ciencia y con la verdad, no debe preocuparnos para nada la realización y publicación de encuestas serias relativas a mediciones electorales o aplicadas a otros escenarios.

Entre una empresa encuestadora y otra pueden existir distintos enfoques que enmarcan la particular metodología aplicada. Dichas empresas no escapan a la lucha de clases que se expresa en enfoques conceptuales con sustrato ideológico, con sus juicios y prejuicios de clase, incluyendo sus intereses particulares como empresarios, posturas acomodaticias, etc.

Digamos que la burguesía, con la alta dosis de subjetividad que caracteriza su ideología, lleva la de perder en la medida que en la aplicación de la encuesta se impongan parámetros científicos objetivos, valga la redundancia. Al final, como en los casos de los análisis concluyentes que hace, por ejemplo, el señor Schemel (Hinterlaces), se imponen los prejuicios ideológicos que llevan al mencionado vocero a señalar el predominio en la relación pueblo-líder, del factor emotivo sobre el racional, además de mostrarlo dado en forma inconexa o anti-dialéctica. Esto contradice su anterior señalamiento en cuanto a la instalación entre las clases populares de la conciencia de la necesidad de perpetuar el modelo de inclusión lo cual sólo puede ser producto de una reflexión racional.

Una empresa encuestadora deja de ser seria cuando rompe con toda metodología científica y asume en forma evidente el rol de factor propagandista de la parte “favorecida”. La cultura política cada vez más amplia del pueblo venezolano, facilita el desenmascaramiento de las tretas mediáticas basadas en estos fraudes estadísticos.

A sabiendas de ello, para el presente proceso electoral las empresas encuestadoras en general se han visto obligadas a minimizar, en lo posible y hasta donde sus prejuicios e intereses burgueses lo permitan, el rol descarado de burdos factores propagandísticos. Los distintos matices ideológicos existentes entre ellas responden a la interrogante en cuanto a los también distintos resultados numéricos en algunos renglones, interrogante planteada recientemente por periodistas y comunicadores preocupados por el tema. Pero en general las encuestas han tenido que mostrar en sus resultados la realidad de la simpatía mayoritaria hacia el Presidente Chávez y el proyecto bolivariano.

Lo importante en este contexto es que las empresas encuestadoras que se mueven dentro de criterios ideológicos de avanzada, se mantengan en esa tónica de calidad científica, puesto que la verdad objetiva que se desprende de su trabajo, aunque a veces no nos guste, siempre es importante para orientar la ejecución de las políticas revolucionarias. Ante la confesión en televisión que hizo nuestro Vicepresidente Elías Jaua cuando señaló que una encuesta dirigida por Jessie Chacón que previó la derrota revolucionaria en la Reforma causó disgusto e incredulidad entre miembros del alto gobierno, nos preguntamos entonces ¿de dónde viene el triunfalismo más peligroso, del pueblo llano o de su dirigencia? Si nuestra dirigencia está clara con relación a los riesgos que la publicación de las encuestas implica, seguramente se tomarán las medidas pertinentes para contrarrestar cualquier efecto negativo. Guerra avisada no mata soldados, y si los matan es por descuidados, reza el refrán.

El impacto mediático (o propagandístico) en nuestras filas de la publicación de los resultados de las encuestas, en su mayoría favorables al candidato de la Patria, dependerá de la madurez política de nuestro pueblo, de nuestra capacidad movilizadora y la penetración del mensaje anti-triunfalista. A la par de no ocultar jamás el trabajo de las llamadas encuestadores serias (con sus contradicciones e inexactitudes). Debemos considerar, por ejemplo, el caso nicaragüense reciente donde las encuestas serias dieron siempre al sandinismo y a Daniel Ortega como ganadores con amplio margen, y efectivamente así fue. No hubo triunfalismo que minimizara o pusiera en peligro la contundente victoria sandinista. Claro, habría que contextualizar en la realidad nicaragüense.

Un resultado evidente de la publicación masiva de los resultados de las encuestas es la moralización del potencial voto chavista de los sectores medios de la población. Otro probable resultado, sólo probable, es la desmoralización del voto oposicionista menos radical o menos disociado (potenciado por el pésimo candidato), tentado a abstenerse como alternativa principal.

Pero siempre será posible, si fallamos en lo organizativo y en lo comunicacional, que tal ventaja se convierta en un boomerang que incida en provocar abstención triunfalista entre el potencial voto chavista, sobre todo el menos avanzado políticamente. Es el desafío que debemos afrontar sin sacrificar la verdad ni mucho menos con posturas mojigatas como esconder las encuestas.

Lo que sí puede representar un peligroso espejismo con respecto a la medición del potencial caudal de votos oposicionistas es partir en el análisis de la simple comparación entre las concentraciones revolucionarias y las de la oposición. Por razones culturales los opositores pocas veces marchan o se concentran en multitudes (marcharon masivamente el 11 de abril porque era vox populi que esa movilización era parte protagónica de la etapa final de la conspiración para derrocar al gobierno revolucionario). Pero sí acuden a votar. Es una conducta política observada en los últimos procesos electorales que se desprende al analizar los niveles de abstención en los circuitos de tradicional mayoría contrarrevolucionaria.

Esta conducta les ha dado resultados positivos expresados en las cuotas de poder que mantienen en gobernaciones, alcaldías y legislaturas (al contrario de la anterior estrategia abstencionista). ¿Tendrá la realidad situacional reflejada en las encuestas el efecto de minimizar la abstención del voto oposicionista incentivado ante la eventual avalancha de votos chavistas? Es posible.  

Son escenarios contradictorios que nos inducen a pensar que estamos en presencia de un proceso signado por una polarización extrema que se decidirá contundentemente a favor del que maneje eficazmente dos elementos: un proyecto de país que combine armoniosamente bases racionales para su realización (incluyendo la muestra de resultados concretos) a la par de incentivos morales de reivindicación histórica nacionales (independencia) y de clase (buen vivir). Pese a los errores y deficiencias, la balanza está sobradamente a favor del proceso revolucionario mientras que a la oposición pitiyanqui se le acaban los cartuchos, sin gestión que mostrar (más bien con una pésima gestión que ocultar  lo cual debemos contrarrestar) y sin discurso transcendente (más bien una burda manipulación del bolivarianismo y una morisqueta imitativa). La crisis del capitalismo hegemonizado por EE.UU. (mentor de “nuestra” burguesía lacaya) y la emergencia de un mundo pluripolar, sirven de colofón.

Por eso el 7-O será una victoria de rango histórico mayor.

INDEPENDENCIA Y PATRIA SOCIALISTA. VIVEREMOS Y VENCEREMOS.

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