A primera vista

Luchar, impugnar, resistir

Michel Foucault advertía: ninguna civilización produce ideas distintas a la de su época, es decir, el tiempo y sus propios límites. Por lo que sólo en el borde, en las fracturas, en el estallido de las crisis es donde se da el salto que hace posible pegar, flanquear las líneas de fuga que cruzan el cuerpo físico de los aparatos y sus máquinas.

Habría que establecer de qué manera el cuerpo maquinal del capital se acomoda y se acopla a su nueva existencia metabólica. Para definir ahora con más precisión el problema de la separación y la unificación, tomando como base su materia prima: el tiempo de una época y su excrescencia institucional.

Recordemos que el espíritu de cada pregunta es parte de la trama de problemas no satisfechos por los mitos y relatos de cada construcción social. La desmesura de algún fracaso en la respuesta es parte de las marcas de un tiempo. Cada respuesta es una formulación, un conjunto de líneas de fuga o de nuevos pliegues de la pregunta sobre sí misma. Instaurar una pregunta es instalarse en una época, es cristalizar un bosquejo de respuesta, es una pre-visión diagramática de trazas peligrosas en relación con la época misma y sus seguridades (nada más peligroso que las certezas).

Toda época es el espacio-tiempo de un puñado de preguntas que recurrentemente remiten a territorios y momentos que construyen sujetos de respuesta. Frente al espacio-tiempo absoluto y abstracto del mercado, y a su ciclo temporal, caracterizado hoy por la inmaterialidad de su espectrografía, surgen pequeños bloques de otras temporalidades, arcos de respuestas que, como el marxismo con todas sus escuelas e influencias de sus derivadas, cruzan campos problemáticos creando nuevas interrogantes equipadas de zonas de respuestas. Equipamientos de sentido que son materia prima para trances e invitaciones para ir construyendo universos de posibles respuestas que ensamblen en la naturaleza de los cambios y actualicen las aproximaciones a los devenires epocales.

“Nada tenemos, salvo el tiempo”, diría Baltasar Gracián. Somos tiempo de la producción de todo lo existente y de aquello que lo interpela. Tiempo de la mercancía y de su abolición, si vamos construyendo también el tiempo de la pregunta por la emancipación. Y como siempre nos recuerda Hugo Chávez, apelando a Los miserables de Víctor Hugo: “Nada más poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado”.

El régimen del capital no se desplomará por sí solo. No soñemos siquiera que el capital posea una intención suicida. Puede proseguir reproduciéndose, al infinito, de manera obscena, es decir, rebasando sus propios escenarios tradicionales; produciendo realidad-actualidad, por medio del dispositivo información-comunicación, en la misma medida que coloniza los nuevos territorios de la subjetividad y crece ahora al interior de otro límite desde otra re-territorialización del cuerpo. Hay que luchar, impugnar, resistir con muchas más fuerza y durante mucho tiempo. No nos llamemos a engaños.

Pero en el terreno de la teoría las cosas son de otro modo. Bastaría con el esfuerzo por comprender en el capital, su lógica, su funcionamiento y las condiciones de producción que el deseo político concede en la subjetividad, para construir la necesaria voluntad política otra, que haga pedazos todo lo existente, y pulverice la subjetividad del régimen de mando de la relación de dominio del Significante Amo. Esta es también una tarea de la teoría que toma partido, por y desde las nuevas prácticas que se abren paso impugnando los imperativos sistémicos de la civilización del capital y anunciando otro mundo posible. El mundo del pueblo en el poder, del poder popular consolidado, de las practicas solidarias, socialistas que van haciendo piel día tras día, desbaratando esa infame tragedia ecocida que es el capital.

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