Dos programas, dos visiones (I Parte)

 Comencemos por decir que no vamos a caer en el extremismo de afirmar que la derecha venezolana no tiene programa. Lo tiene. El mismo ha sido cuidadosamente elaborado con la intención de regresar a nuestro país a los viejos postulados neoliberales de los años ochenta y noventa, a la obsoleta formulación teórica plasmada en el Consenso de Washington y en los programas de ajuste macroeconómico que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se empeñaron en ejecutar, en nuestra región; el mismo, es una copia de los programas de gobierno de Carlos Andrés Pérez, (1989-1994) El Gran Viraje y de Rafael Caldera, (1994-1999) Un Proyecto de País, con su Agenda Venezuela incluida. Por lo que, afirmar que el candidato de la derecha no tiene programa, significa excusarlo de su propósito: el retorno al pasado, al pasado no como tiempo pretérito, sino a un presente con visión del pasado.

 Afirmación que hacemos teniendo presente que en su programa señala que hará un gobierno orientado “a ofrecer acciones y beneficios, a atender los problemas de la gente con soluciones. Sin abstracciones, sin buscar a quién echarle la culpa, sino asumiendo responsabilidades y emprendiendo acciones que te permitan vivir tranquilo… Por eso nuestro Plan de Gobierno persigue cinco objetivos claros, eso que todo gobierno debe asegurarle al pueblo que pone sus esperanzas en un proyecto: Educación, Salud, Seguridad, Vivienda y Empleo”; ya que “el trayecto de vida lo hemos dividido en cinco Etapas de Progreso: Atención materno infantil; Vivienda y su entorno; Educación y Desarrollo; Empleo y Emprendimiento; y Salud y Seguridad Social… Y el trayecto lo hemos dividido en cuatro condiciones: Convivencia democrática; Seguridad; Protección Social para la Familia y Reforma del Estado y Descentralización”.

 Que de nuevo hay en su propuesta: nada. Absolutamente nada. No hay lugar a duda, la propuesta del candidato de la derecha tiene “toda la apariencia de una escalera que une la tierra con el cielo”, cuyos frágiles peldaños serían lo que llama etapas de progreso. Hace de la vida un proceso mecánico; deshumaniza la vida, ya que, si bien la vida es la posibilidad de tener fines, ésta no es -en sí misma- un fin, al respecto afirma que: “la vida se convierte en un vehículo para que las personas puedan ver cómo todos podemos progresar según la etapa en la que se encuentren”. Allí está la irracionalidad de su propuesta ya que “ninguna acción calculada de racionalidad medio-fin es racional, si en su consecuencia elimina al sujeto que sostiene dicha acción”. Y, precisamente, en dicha propuesta, el pueblo es de nuevo excluido como actor fundamental de la sociedad.

 Enrique Capriles, en su pretensión de retrotraernos al pasado neoliberal, recurre a las tradicionales, fracasadas y obsoletas políticas públicas asistencialistas: “Siempre con el objeto de identificar las trampas de pobreza, prevenir que los miembros de las familias caigan en ellas, reinsertar y asistir a quienes no puedan valerse por sí mismos”. En esto es congruente, el neoliberalismo no le otorga ningún valor humano a los derechos sociales, simplemente porque para ellos no son derechos humanos, es por ello que al afirmar que la pobreza es producto de trampas y, bajo el supuesto negado de que esto fuera así, es necesario preguntarse quién las hace; no pretenderá decir que es el pueblo; pero, como éste no es el culpable, entonces, queda demostrado que la tramposa y causante de la pobreza es la burguesía explotadora, depredadora, corrupta e inhumana, su clase social. Le paso lo de “chacumbele, el mismito se mato”. De otro lado, irrespeta al venezolano al afirmar que este no puede valerse por sí mismo. ¿Qué quiere decir con esto, qué somos un pueblo discapacitado? Ofende y al ofender humilla y, al humillar agrede y, agrede porque el pueblo le huele mal, desprecia a los “tierrúos”, a los “niches”, a los “cotizudos”, a los choferes, a las aseadoras, al campesino, al indio, al mestizo, al mulato, a “toda esa parranda de negros”, a esa “chusma”, a esos “marginales”. De nuevo se equivoco, en la Patria de Bolívar, resucitó “Juan Bimba”.

 No hay de otra, el llamado Plan de Gobierno de Enrique Capriles se inscribe en la más rancia ortodoxia neoliberal. Condena a quienes creemos en la necesidad de hacer realidad la utopía de construir un mundo mejor; pero, recurre a la utopía de proponerse edificar una sociedad sin utopías; lo cual, desde cualquier punto de vista es un mito, su idea del progreso es un simple misticismo, porque el capitalismo actual no tiene respuesta para enfrentar su crisis, mucho menos para pretender edificar nuevos modelos de desarrollo. El capitalismo de hoy, profundamente enraizado en la ortodoxia neoliberal, es un barco que naufraga en el infinito mar de la desesperanza.

El autor es: Profesor ULA

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Nelson Pineda Prada


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