Posmodernidad fascista

Lo que inhibe la inteligencia, en nuestra época, es el sistema económico capitalista para consumidores solamente, no obstante dicho sistema triunfador por el momento, deja abierto amplios espacios para la investigación científica y la realización espiritual, ambas convergentes. En el fondo, la verdadera ciencia capitalista resulta también esotérica, lenguaje de unos cuantos, discursos ininteligibles para el vulgo. Esotéricos son los que trabajan en su interior para entender el Caos y la Creación, ritmos de un mismo universo.

El nacionalsocialismo fue una respuesta al nihilismo de la cultura y de la civilización liberal, capitalista y burguesa, pero también al marxismo economicista y político empeñado en la tarea de construir el futuro. El nazismo quiso ser el verdadero reconstructor del mundo, para lo cual había que pasar por la disolución del poder existente y de su cultura liberal y permisiva. Creó un espacio propio y mezcló la mitología germana con la tecnología, el totalitarismo político y la esoteria en búsqueda de poder destructivo.

Tal concepción cíclica a la de las precesiones equinocciales, fue asimilada por los ideólogos y jerarcas nazis en su reacción contra el cristianismo y el liberalismo y una vez provocada la Segunda Guerra Mundial, la derrota terminó en un crepúsculo incendiado por las explosiones de las bombas de fósforo y los obuses, en un Berlín en ruinas. La vida, efectivamente, renació después de ese espantoso sacrificio ritual moderno.

Al nazismo lo trajo el ateísmo pragmático, utilitarista, capitalista; la filosofía de la muerte de Dios y del superhombre nietzschiano; la adoración por la Historia y los héroes históricos; la mala conciencia de Occidente proyectada en la obra nihilista de sus pensadores, literatos, poetas, artistas plásticos, autores de teatro, etc.

La renovación del mundo es la renovación de uno mismo. El nazismo quiso extender un mito individual y simbólico a una experiencia política totalitaria y sangrienta. No hay duda sobre su sentir sacrificante. El mismo Hitler y sus allegados se inmolaron como los reyes y su séquito de las ciudades primeras.

Tras esas vueltas de rueda vertiginosas que para Hegel anunciaban el fin de la historia, la objetividad del espíritu, el reino del arte y de la filosofía, se creó más bien algo confuso, traducido a la poesía, adverso a la modernidad, la Ilustración, la razón crítica, el urbanismo invasor, la destrucción de la naturaleza, el positivismo. El marxismo heredó  la idea del hombre nuevo el cual se logrará por la acción social y política de la lucha de clases, la dictadura del proletariado y el socialismo.

La meta utópica y política de lograr la renovación de la humanidad por la vía revolucionaria, quedó expuesta y rubricada con millares de muertos e inmensas destrucciones, entre 1789 y 1795, en Francia; con la secuela de las guerras de Napoleón para dominar Europa. Sin respiro, desde la reunión de los Estados Generales el 5 de mayo de 1789, hasta la segunda abdicación de Bonaparte, a mediados de julio de 1815, Francia hizo historia es decir, navegó con riesgo de naufragio total, en el vórtice de las aguas de la historia. Este balance de renovación revolucionaria: Estados Generales, Asambleas Legislativas, Convención Constituyente, República, Terror y Consulado.

Las creencias en las virtudes regeneradoras de la fe revolucionaria dieron origen al culto de la diosa Razón, celebrado en la propia catedral de Notre Dame y, después, a la elevación de Maximiliano Francisco María Isidoro de Robespierre, al rango de sacerdote supremo de la nueva religión, enviado de Dios cuya existencia aceptada. Bonaparte desplazó a Robespierre en esa religión de remedo y para demostrar que el verdadero monarca divino era él, se hizo coronar por el Papa como emperador. Los móviles humanos pequeños o grandes, son siempre los mismos dentro de la rueda de la vida. Unos quieren ser dioses y ser adorados por sus pueblos: otros quieren ser sólo Midas.

No bastó el desmoronamiento abrupto de la dictadura jacobina, en una sola sesión de la Convención, y la inmediata decapitación, en 13 días, del centenar de dirigentes principales del aparato de poder, para que la fiebre revolucionaria se aplacara en el mundo. Fue necesario el tremendo proceso de las guerras imperialistas, de las implantaciones de sistemas totalitarios, de la Revolución rusa, de las dos guerras mundiales, para que se descubriera después del hundimiento, aun por estudiar y comprender, de la Unión Soviética, que el sentido etimológico de revolutio, significa retorno, vuelta, regreso. Así se confirma, una vez más, la inexorabilidad de la concepción cíclica del tiempo y de los anales humanos.

Mientras la tecnociencia montaba su gigantesco mecanismo substitutivo de la naturaleza, el discurso estético y filosófico ponía en tela de juicio todos los valores tradicionales hasta caer en el nihilismo, en otras palabras, el Caos. El nuevo Evangelio del marxismo era horadado por el anarquismo, el cual a su vez sufría los embates del conservatismo. Todo empezó a combatir contra todo. El despeñadero no se ha detenido hasta ahora.

La conciencia rebelde romántica y postromántica, en su rechazo del presente y de la alienación creciente de la tecnociencia, la industria y los valores burgueses, se enamoró del arquetipo inmemorial, de esa estructura mágica intemporal, mezclando su búsqueda de la novedad y la voluntad de ruptura, el culto del pasado mítico. De allí el desequilibrio que empujó hacia la autodestrucción a esos cultores románticos o postrománticos de una antigüedad literaria, artificial y más que todo, ornamental, particularmente evidente en los prerrafaelistas, los simbolistas y las estéticas decadentes que resucitaron bajo los rasgos de mujeres fatales, a las Grandes Madres y a las diosas de la lujuria del paganismo.

Occidente, inventor del consumismo masificante, está en oposición con los florecimientos espirituales de la cultura antigua. La naturaleza electroquímica de las funciones nerviosas impone a nuestro espíritu el oscilar entre dos estados contradictorios: tras un humor alegre se oculta más o menos la tristeza oscura, y en lo profundo de los grandes desamparados sube a veces un canto de sordina, cuya voz parece querer reconciliarnos con la vida.

En realidad tan sólo la vanagloria beata de imaginación del pensamiento con grandes saltos ascendentes, en dirección lineal, puede mover a confiar en un progreso que va de lo salvaje a lo civilizado, esto último, paradigma de lo mejor. Entre el millonario y el resero mirando al caballo de éste último, tras de informar, el primero, de la potencia de su automóvil, y la respuesta del segundo: “¿Atiende cuando lo llaman?”, chiste genial de Quino, media la hinchazón del hombre urbano repleto de propaganda y publicidad, y la limpieza mental del hombre telúrico.

La cultura no reside en las cosas sino en quien las crea.

El ser humano busca más el placer que la felicidad y el orden.

¡Pa’lante Comandante! Lucharemos, Viviremos y Venceremos.

Hasta la victoria siempre y Patria socialista.

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