Enrique Dussel y la corrupción política (I)

Por estos días he estado leyendo a Enrique Dussel (Mendoza, Argentina, 1934), ese portentoso argentino – mexicano, doctor en filosofía e historia, teólogo y político, sociólogo, escritor y maestro a dedicación exclusiva. Con un profundo influjo de Heidegger y Husserl, su lectura de Emmanuel Lévinas le produce, según sus palabras, el “despertar del sueño ontológico”.

Su salto al mundo de las ciencias sociales y la actividad política plena se produce cuando, junto con otros filósofos argentinos como Mario Casalla, Carlos Cullen, Osvaldo Ardiles, Juan Carlos Scannone, Rodolfo Kush, Horacio Cerruti Guldberg, Arturo Andrés Roig y Julio de Zan, crea el movimiento conocido como “filosofía de la liberación”, cuya presentación en público ocurrió en el II Congreso Nacional de filosofía realizado en la ciudad de Córdoba en 1972. Algunos meses después el grupo publica el libro colectivo Hacia una filosofía de la liberación latinoamericana, considerado el primer manifiesto de la filosofía latinoamericana de la liberación.

En 1973 sufrió un atentado con bomba en su casa. Acusado de marxista, grupos paramilitares comenzaron a hacerle frecuentes amenazas de muerte. Por esos tiempos se iniciaron las purgas en la Universidad Nacional de Cuyo, que dieron como resultado su expulsión en 1975. Sus libros fueron prohibidos y las publicaciones que dirigía fueron clausuradas. Ese mismo año se exilió en México, donde publicó su célebre libro Filosofía de la liberación. Allí trabajó como profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa (1975) y en la Universidad Nacional Autónoma de México (1976).

Afirma nuestro autor en sus 20 Tesis Políticas (2006) que, en general el ciudadano, el político por  profesión o vocación, no ha tenido posibilidad de meditar pacientemente el significado de su función y responsabilidad política. Lo político no es exclusivamente ninguno de sus componentes, sino todos en conjunto. Una casa no es sólo una puerta, ni sólo una pared, ni un techo, etc. Decir que la política es uno de sus componentes aisladamente es una reducción equivocada. Hay que saber describirla como totalidad. Pero además, en totalidad, hay malas casas, casas que no permiten vivir bien, que son demasiado pequeñas, o inútiles, etc. De la misma manera en lo político.

La generalidad de nuestros políticos llega a la política por la vía del empirismo, desconocen en su esencia, en sus fundamentos, el sentido de la política y de lo político. Se inician pegando afiches, acompañando al líder en sus correrías o campañas, se montan en el portaviones del candidato, o simplemente compran un puesto salidor en las listas del partido. Y es que lo político como tal se corrompe como totalidad, cuando su función esencial queda distorsionada, destruida en su origen, en su fuente. Es necesario precisar, al que se inicia en la reflexión de lo que sea lo político prestar atención a su desvío inicial, que haría perder completamente el rumbo de toda acción o institución política: ¡árbol que nace torcido…!. ¡Qué mal parada quedaría nuestra Asamblea Nacional si entre sus integrantes se hiciese una encuesta sobre los alcances de la Ciencia Política, sobre el significado de la política y de lo político!

Dussel denomina fetichismo del poder a la corrupción originaria de lo político, que consiste en que el actor político (los miembros de los partidos u otras organizaciones políticas, desde el Primero Justicia, pasando por el MAS, Podemos, Patria para Todos, Un Nuevo Tiempo, ni qué decir de AD y COPEI, PSUV, pasando por el MEP hasta llegar a los Movimientos Políticos y Sociales, ONG y Juntas Comunales, sea ciudadano o representante) cree poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución en la que cumple alguna función (de allí que pueda denominarse funcionario) -sea presidente, diputado, juez, gobernador, militar, policía-, como la sede o la fuente del poder político. Es el caso de los caciques de pueblo, o de los Alcaldes que pretenden erigirse en caudillos. De esta manera, por ejemplo, el Estado se afirma como soberano, última instancia del poder; en esto consistiría el fetichismo del poder del Estado y la corrupción de todos aquellos que pretendan ejercer el poder estatal así definido. Si los miembros del gobierno, por ejemplo, creen que ejercen el poder desde su autoridad autoreferente (es decir, referida a sí mismos), su poder se ha corrompido.

¿Por qué se ha corrompido? Porque todo ejercicio del poder de toda institución (desde el presidente hasta el policía) o de toda función política (cuando, por ejemplo, el ciudadano se reúne en cabildo abierto o elige un representante) tiene como referencia primera y última al poder de la comunidad política (o del Pueblo en sentido estricto). El no referir, el aislar, el cortar la relación del ejercicio delegado del poder determinado de cada institución política con el poder político de la comunidad (o pueblo) absolutiza, fetichiza, corrompe el ejercicio del poder del representante en cualquier función.

La corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder, y de la comunidad política que se lo permite, que lo consiente, que se torna servil en vez de ser actora de la construcción de lo político (acciones, instituciones, principios. El representante corrompido puede usar un poder fetichizado por el placer de ejercer su voluntad, como vanagloria ostentosa, como prepotencia despótica, como sadismo ante sus enemigos, como apropiación indebida de bienes y riquezas. No importa cuales aparentes beneficios se le otorgue al gobernante corrompido, lo peor no son los bienes mal habidos, sino el desvío de su atención como representante: de servidor o del ejercicio obediencial del poder a favor de la comunidad se ha transformado en su esquilmador, su chupasangre, su parásito, su debilitamiento y hasta su extinción como comunidad política. Toda lucha por sus propios intereses, de un individuo (el dictador), de una clase (como la burguesa), de una elite (como los criollos) de una “tribu” (herederos de antiguos compromisos políticos, son  corrupción política. Eso sucedió con AD y COPEI, de ahí su casi extinción. Así sucedió con el PRI en México, que hoy renace de sus cenizas aupado por el impulso milmillonario en dólares de sus amos de la oligarquía nacional y de sus amos yanquis.

No basta que un diputado o concejal rinda cuenta ante la comunidad que lo eligió, de su gestión en un período determinado. La relación debe ser continua, permanente, ser su vocero, parlamentar y mandar obedeciendo.

El autor es Miembro de Número de la Academia de Ciencias Económicas del  Estado Zulia

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