Nunca fui particularmente afecta a Chávez, pero debo confesar que me vi
seducida a voltear mi mirada hacía él cuando, en la campaña electoral del 98, vi
a Salas Romer pasar frente a mi edificio cabalgando sonriente mientras tras él
corrían sus seguidores, a pie, tratando de alcanzarlo. ¿Acaso olvidó el gran
político que una de las primeras formas de dominación fue la del jinete sobre el
hombre a pie, el pata en el suelo? La imagen fue reveladora, por primera vez
entendí a J. Bronowski cuando decía que ?montar a caballo se convertía en algo
mas que un acto humano: el acto simbólico del dominio sobre todo lo creado?.
Aunque no me dejé seducir por la otra opción y no vote por Chávez, desde ese
momento estuve convencida del triunfo del ahora presidente, porque era obvio,
que ya para ese momento, el ?pueblo? estaba buscando un Presidente en quien
reconocerse.
Al momento de los sucesos de abril, tomé posición en apoyo a la Coordinadora
Democrática. Me parecían tan bonitos, todos reunidos, con globitos y franelitas
de diferentes colores, que ordenadas le daban una imagen muy colorida a la
marcha, que hasta creí en su democrática y civilizada protesta. Mi franelita era
amarilla y me iba a inscribir en Primero Justicia. Pero, pronto saldrían los
militares a darle un toque enrarecido a todo ese acontecimiento. Lo demás es
historia.
Desde esos fatídicos día me vi obligada por los vaivenes políticos a no tomar
posición, a querer ver lo que pasaba a mí alrededor de la manera mas critica y
sobre todo imparcial. Mi actitud notablemente ambigua y el hecho de que mis
criticas buscaran blanco en un lado y en el otro, determinó un mar de ?ofensas?
que iban de: chavista a escuálida, de reaccionaria a comunista, de marginal a
pequeña burguesa. Era agotador mantenerme en mi neutralidad suiza y la misma
recibió su estocada final estos últimos días cuando la democrática oposición
venezolana se reveló (aunque ya venían mostrándolo con poca cautela) como una
oposición clasista, racista, segregatoria y, sobre todo, persecutoria.
El día del almuerzo Navideño de la empresa en la que trabajo, el brindis, por
supuesto, llevaba la solicitud divina de que Chávez se fuera lo antes posible.
Las copas se alzaron y por encima del chi-chin de los cristales, se escuchó la
voz de una de las gerentes que decía: aquí todavía quedan tres chavistas. Entre
esas tres estaba yo. Me sorprendió la mirada del resto de los empleados que se
fijaron en nosotras, las chavistas, pero más me sorprendió el miedo que se
reflejaba en los ojos de la secretaria y las palabras atropelladas de una de las
empleadas que casi rogaba le creyeran: yo no soy chavista, de verdad, yo no soy
chavista. Quizás fue la rabia, quizás fue mi resentimiento social, quizás fueron
los tragos, pero de pronto escuche mi voz suicida decir: no sé si soy chavista,
no me queda claro qué es el chavismo, pero me declaro anitescuálida. Poco rato
después, la muchacha encargada de la limpieza me llamó para decirme: doctora,
esto es inaguantable, a una amiga mía, que trabajaba de servicio en una casa de
familia, la votaron cuando se enteraron que era chavista, hay que quedarse
callado. Traté de volver a mi ?bella indiferencia? y escondí mi mal humor entre
el ponchecrema y las hallacas. Al llegar a casa, me encontré a la conserje de mi
edifico con una cacerola esperando que llegaran las ocho, para unirse al
cacerolazo antichavista. Me llamó la atención porque hasta unos pocos días atrás
era furibunda defensora del gobierno. Me acerqué y le pregunté sobre su extraño
cambió de posición y me contestó: Usted sabe que yo soy chavista, pero la dueña
del edificio se enteró y me dijo que tenia que bajar a tocar cacerola para que
Chávez se vaya, y yo necesito mi trabajo. Entre al ascensor y vino a mi mente
una de esas palabras que cuando pequeña mi madre no me dejara decir, y con todo
el gusto que presupone algo prohibido, dije en voz baja: Malditos escuálidos.
Traté de buscar el sueño por sobre el escándalo de las cacerolas antichavistas,
el Himno Nacional y las palabras de cierre de la dirigente de la barra que
gritaba enardecida: Gracias a Dios en el centro no hay ningún chavista! A las
once de la noche, cuando había logrado dormir, aunque con los dientes apretados,
sonó el teléfono y para mi sorpresa era mi hermana, que desde Maracaibo, me
llamaba, asustada porque los cerros estaban bajando, allá en Caracas, y estaban
arremetiendo contra los Medios de Comunicación. Con toda la rabia acumulada del
día, asociada a la que me genera que me despierten cuando he logrado conciliar
mi desbastador sueño, que es el único que conozco, le conteste: Aquí, en la
capital, todos los días bajan los cerros o quien coño crees tu que son los
obreros que le echan bolas en este apacible valle. No me jodas. Déjame dormir.
Supe de mi injusticia con ella cuando me dijo: Llevo una semana sin gas,
cortaron el suministro, se me está acabando el sueldo en comprar comida hecha.
Estos sifrinitos de PDVSA, que se reúnen en la 5 de julio, con sus trajes
impecables y su chapita guindada en la solapa, creen que los voy a apoyar. Así
nunca nadie sepa de mi desacuerdo con este paro, no voy a dejar de tocar mi
cacerola a favor de Chávez. Era verdad, nadie lo iba a saber, nunca saldría ella
en las pantallas de RCTV, Globovisión o Venevisión, declarando su total
desacuerdo con el paro y su apoyo al presidente. Ella, para ellos, no existe.
Cómo es que esta oposición no se ha dado cuenta que el problema no es Chávez,
que todo lo que está pasando, lo trasciende. Tengo mi teoría de que la oposición
venezolana, jugó a la debacle económica del país para lograr que los más pobres,
sin tener que verlos, acercárseles o incluso tocarlos, voltearan su mirada hacia
ellos y castigaran al presidente por hacerlos pasar hambre; pero los tomo por
sorpresa la sentencia de los desposeídos: Con hambre y desempleo, con Chávez me
resteo. No logran aún darse cuenta que deben bajarse del caballo, dejar de
jinetear por este valle y sobretodo dejar de esperar que los sigan a pie
mientras cabalgan mirándonos por encima de su hombro. No. No logran darse
cuenta. Al contrario, arremeten contra lo diferente, sin buscar integrarlo. Hoy,
ya no es valido el discurso, ya agotado, de que Chávez es el culpable del odio
que se ha desatado. Es que acaso no sabemos que hay determinados momentos en que
el colectivo, de manera inconsciente, elige a alguien para que se convierta en
vocero y actor de sus deseos. No, no es Chávez, son muchos otros voceros y
actores, que siempre repudiaron lo diferente, sobre todo cuando de clases se
trata, que desde el otro lado, incitan al odio y a la exclusión. Lo tenían muy
guardado y hoy Chávez es una excusa. De dónde viene la sentencia que ha
convertido al chavismo en el representante de lo primario, de los negros, de los
sucios, de los alcohólicos, de los malandros, del desecho, de la violencia, del
lumpem, de los asesinos, de los brutos, de los indigentes. De dónde, si no es
desde sus ancestrales odios. La oposición ha jugado a desaparecer, a negar, a
excluir a todo aquello que represente la diferencia. Gracias a Dios en el centro
no hay ningún chavista!... Un día después: La toma de La Plaza de La Candelaria
por el chavismo. El Chavismo: ese grito, de a ratos violento, que quiere dejarse
sentir desde su herida sangrante por haber sido desde siempre objeto de
violencia. Lamentablemente creo que la guerra anunciada desde hace tiempo ya se
desató, porque no hacen falta dos bandos armados para que lleguemos a ese
extremo, sólo hace falta, sentir que tu vida, en todos los sentidos, esta en
riesgo por ese Gran Otro diferente y amenazador. En una ocasión una amiga me
dijo: si hay que tomar posición lo haré por la Clase Media. Hoy yo me digo: si
hay que tomar posición y de clases se trata, no traicionare a la mía y estaré al
lado de las minorías, que es donde siempre he estado, como mujer y como
representante de los más humildes, aunque hoy yo, haya logrado escalar algún
peldaño. No traicionare esa clase, de donde provengo y donde se asienta más de
la mitad de mi familia. No me han dejado otra opción.
La voz de mi hermana del otro lado del auricular me trajo a la realidad,
cuando preguntó: ¿Aun estas allí? Le contesté: Sí, acá estoy. Esos escuálidos
son unos malditos. Esta frase desató una gran carcajada en ella, infantil y
transparente y me dijo: Voy acusarte con mamá que estas diciendo malditos. Yo le
conteste: dile también, que dije desgraciados.
Anónimo
(No me jodan. Me siento amenazada y no voy a decir quien soy y ustedes
tampoco lo digan. Le hago caso a las sabias palabras de la muchacha de
limpieza).