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Y yo que pensé que a nuestro Presidente-candidato sólo le asistía el complejo de Adán: aquel que se obtiene cuando se cae en la pretensión de que el mundo empieza a partir de su aparición providencial. Ustedes ya saben: él es el único capaz de acabar con el terrorismo, con la corrupción, con la politiquería. Así ganó las elecciones, convenciendo al país de que él era el Mesías. Sin embargo, en la medida en que el Presidente-candidato va tomando forma, es evidente que, además del complejo de Adán, a nuestro Presidente-candidato le ha dado por desafiar la cruda y evidente realidad, anteponiendo a ella sofismas de distracción que nos incitan a poner en tela de juicio verdades del tamaño de una catedral.
Es un hecho que para ser un uribista integral modelo 2005 se requiere, por sobre todo, ser débil mental: no sólo hay que negar la existencia de un conflicto armado -de por sí toda una proeza teniendo en cuenta que hay que hacerlo en medio de magnicidios no resueltos, de denuncias que hablan de relaciones entre la clase política uribista y las masacres perpetradas por los 'paras'- sino que toca incurrir en una abierta contradicción sobre el entendido de que el uribismo, más que coherencia, exige de sus cuadros acatamiento y docilidad, dos cosas que se necesitan para pedir sin sonrojarse la abolición del delito político, mientras que simultáneamente se aboga para darles estatus político a los narcos y a los 'paras' que están sentados incumpliendo el acuerdo del cese del fuego en Ralito.
Por si esto fuera poco, todos los uribistas, sin excepción, tendrán que recibir sin beneficio de inventario las cifras que sobre la gestión presidencial se dan desde el Olimpo. Más aun si no cuadran, como sucede con el número de paramilitares capturados y dados de baja, que según el Gobierno es de 10.000 y de cerca de 2.000, respectivamente, durante lo que va de su administración. De ser ciertas estas cifras, sumados los 4.000 ya desmovilizados, no habría para qué ponerse en el pereque de sacar la ley de justicia y paz porque el gobierno de Uribe habría acabado hace rato con el paramilitarismo en el país -el Comisionado hablaba de 14.000 hombres armados antes del proceso de Ralito-.
Es claro que todos los que no se acojan a estos sofismas e insistan, por ejemplo, en que hay paramilitares haciendo proselitismo armado a favor de la reelección presidencial, serán considerados antiuribistas y, por ende, pasarán a la lista negra de colombianos que no le hacen bien al país calumniando al Presidente-candidato, como lo dijo ante la CNN.
Al final, el resultado de este Uribe de hoy es el de un hombre más dogmático, más de derecha, más autoritario que el que conocimos al llegar al poder; este Uribe ya no habla de la lucha contra la corrupción ni la politiquería, ni de acabar con la pobreza. El de ahora es un experto en lanzar cortinas de humo, elaboradas por su sanedrín de intelectuales comandado por José Obdulio Gaviria, y en las que se lanzan sofismas que si bien poco le dicen al desempleado, al desplazado, al que sigue siendo víctima del conflicto que desde Palacio se quiere negar, sí enfrascan a sus críticos en discusiones bizantinas que les restan tiempo y energía para tocar los temas reales.
El error de Uribe -lo siento, pero hay muchos colombianos que creemos que el Presidente-candidato no es infalible- es creer que la fuerza de la retórica puede más que la cruda realidad. Y que por suprimir de los documentos públicos la palabra "conflicto", como ya ha sucedido, automáticamente este va a desaparecer de la realidad colombiana. O que si se acaba con la figura del delito político, como propone el Gobierno, de un plumazo se van a borrar las imperfecciones de nuestra de por sí famélica democracia. O que si sube de tono sus discursos nos vamos a olvidar de los nexos estrechos entre él y el controvertido Alberto Santofimio, uno de los políticos que más cerca estuvo de Pablo Escobar. No se puede tapar el sol con las manos. Ni siquiera Uribe puede.
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