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Ramón Rocha Monroy ha ejercido cargos diplomáticos , fue viceministro de cultura, se ha dedicado por más de dos décadas al periodismo escrito, en el que mantiene una columna llamada "ojo de vidrio". Publicó cuatro novelas: "El run run de la calavera" (premio Guttentag 1983), "El padrino" (1978), "Ando volando bajo" (premio Guttentag 1996) y "La casilla vacía" (Alfaguara 1997). Además ha escrito un libro de cuentos: "Alla lejos" y un ensayo "Por la liberación de la pedagogía nacional" (1975).
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Cuán útil es comparar la popularidad avasalladora del Presidente venezolano Hugo Chávez con el desprestigio insalvable de algunos ex presidentes, pero cuánto más es buscar el origen de ambos procesos sin prejuicios, con sano juicio.
En principio, los gobernantes que actuaron como fieles ejecutores del neoliberalismo parecían condenados de inicio a la impopularidad, no obstante la estupidez de algunos políticos e intelectuales de izquierda que se dejaron encandilar con la presentación novedosa de los ajustes estructurales de ese tiempo. Esto ocurrió particularmente en nuestro país con la aparición en el escenario político de un político desenfadado y seguro de sí mismo, que fue además un buen expositor de su modelo pese a la dislalia conocida que lo afecta. Hay que ver cómo cayeron esos intelectuales de izquierda, algunos de ellos para terminar usufructuando del poder ya sin ninguna consideración ideológica, y cómo ahora se han convertido en independientes y se han lavado las manos tratando de mostrar que nada tuvieron que ver en ese proceso.
No es éste el caso del Presidente Chávez. Sintomáticamente, su perfil no gusta a los intelectuales de izquierda que fruncen la nariz como si pertenecieran a la clase privilegiada, que mira con desconfianza el ascenso y la popularidad del mandatario venezolano.
Los gobernantes neoliberales provocaron insurrecciones civiles en Argentina, Bolivia y Ecuador (tres veces) o sirvieron para unificar el voto como ocurrió en Brasil y Uruguay, donde hoy gobiernan dos presidentes de lujo. A este proceso corresponde el tremendo desgaste de la figura del presidente peruano Alejandro Toledo. En cambio a Chávez no logró hacerle mella ni el referendo convocado el 2004 ni la conjura de los medios, particularmente las corporaciones transnacionales de la información, que aquellos días se dieron a la tarea de transmitir en vivo lo que parecía una insurrección, y sólo terminó en una frustración de los opositores a Chávez, entre ellos, la oligarquía criolla con todo su poder económico y, según dice Ángel Guerra, columnista de La Jornada de México, el propio "gobierno de Estados Unidos, que entregó sumas millonarias a la oposición golpista".
Este comentarista da cuenta de un sondeo divulgado por Datanálisis, consultora ligada a la oposición venezolana, el cual dice que "Chávez -después de siete años en el poder- goza de más de 70 por ciento de popularidad, por encima de cualquier otro mandatario en América continental."
¿A qué se debe esta popularidad? Según Datanálisis, "a los programas sociales que ha puesto en práctica". Se intenta restar méritos a esos programas atribuyéndolos al mero auge del precio del petróleo, que en Venezuela sí es una empresa soberana de propiedad del Estado, pero se omite decir que otros presidentes no podrían hacerlo, porque tienen las "manos atados" por sus compromisos con el FMI para reducir drásticamente el gasto público "a no ser para subvencionar banqueros u otros magnates", según el analista mexicano.
El modelo del Presidente Chávez debería llamarnos la atención, porque se basa en subvenciones a los principales factores que influyen en la calidad de vida de la población. En lugar de estrangular la economía con impuestos, Chávez usa con amplia generosidad una política de subvención del combustible, de la alimentación, de la salud y la educación, que beneficia a las inmensas mayorías en todo el país. La atención médica gratuita, la educación para cerca de 2 millones de analfabetos y los programas de capacitación gratuita a cientos de miles de desempleados, se unen a una política de precios muy por debajo del mercado para la canasta básica y disminución del desempleo a través de los programas de desarrollo endógeno. Pero Chávez prepara una medica más radical: la reforma agraria. Todas esas intervenciones del Estado en la calidad de vida han sido llamadas "misiones", y gozan de gran popularidad y tienen "impacto espiritual, liberador del ser humano, al estar unidas a una voluntad política de promover su activa participación en la toma de decisiones por el poder", según el analista citado. El poder de Chávez se basa en organizaciones de base de vecinos, trabajadores, campesinos, indígenas y mujeres, entre otros grupos.
Otro factor que ha devuelto dignidad a Venezuela es la política exterior del Presidente Chávez, pues ahora sí se puede decir lo que hace poco dijo el Canciller cubano respecto de su país: que Venezuela tiene hoy una dignidad del carajo. Las alianzas promovidas por Chávez en América Latina y el mundo tienden a aceptar toda política unipolar en el orden mundial.
Resulta paradójico que nuestros gobernantes propicien nuestra integración al ALCA, cuando el eje de la economía mundial se ha desplazado irremisiblemente al Asia. Mientras los Estados Unidos tienen la tasa de inversión más baja de las grandes economías y el déficit público más alto del mundo, Japón mantiene su liderazgo como la economía más sólida del mundo, pero China emerge como un coloso que pronto será la primera economía del mundo, siendo ahora la tercera. ¡El porcentaje del PIB chino en inversiones casi llega al 50 por ciento! Lo que pasa es que China no abre su economía al mundo porque todavía no le conviene. Aguarda el momento propicio para hacerlo, y cuando lo haga, temblará la economía mundial. Eso lo saben hasta nuestros ferreteros y construcciones, pues China ha comenzado a comprar fierro y otros materiales que han encarecido en el mundo entero.
Chávez es no sólo más digno sino también más sensato, pues busca un pacto llamado Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), cimentado sobre relaciones de solidaridad e interrelación igualitaria entre los estados, al punto que más que una suma, ha sido calificada como "una multiplicación de las fuerzas y recursos de dichos estados".
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