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Juan Pablo II. Luces y sombras de un pontificado
Por: Entorno
Fecha de publicación: 04/04/05
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Hacia la sociedad moderna la relación era de crítica y condena de su proyecto emancipatorio y secularizador con miras a recrear la unidad cultural bajo la égida de los valores morales cristianos.

Las dos estrategias fracasaron.Las otras iglesias crecieron y se afirmaron en todos los continentes. La sociedad moderna, con sus libertades, su ciencia y su técnica se convirtió en el paradigma para el mundo entero. La Iglesia católica se vió transformada en un bastión de conservadurismo religioso y de autoritarismo político.

Pero aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la gran mayoría de la humanidad. Fue mérito de la Iglesia latinoamericana el recordar que no existe solo un mundo moderno desarrollado sino también un submundo subdesarrollado, que suscita una pregunta incómoda: ¿Cómo anunciar a Dios como Padre en un mundo de miserables? Sólo tiene sentido anunciar a Dios como Padre si somos capaces de sacar a los pobres de la miseria, si convertimos esta realidad de mala en buena.

Es precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica, animados por algunos profetas como Helder Camara.La consigna era la opción por los pobres y contra la pobreza.
Fue obra del buen sentido y la osadía de un Papa, Juan XXIII, la convocatoria de un Concilio Ecuménico para enfrentar valientemente aquellas dos cuestiones no resueltas.

El largo pontificado de Juan Pablo II se propuso como objetivos la restauración de la Iglesia –tras la conmoción que significó el Concilio Vaticano II– y un fortalecimiento de su presencia social. Esa campaña restauradora, para la cual recurrió entre otros a los oficios del Opus Dei, se libró en un doble frente: la lucha contra el comunismo y su “religión de Estado”, el ateísmo (combate que de paso arrasó a la Teología de la Liberación latinoamericana, acusada de marxismo), y el enfrentamiento con la secularidad occidental. La condena eclesiástica del capitalismo salvaje no impide que el Vaticano mantenga su alianza con los poderes económicos y políticos de Occidente.

Concilio Vaticano II

Efectivamente, el Concilio Vaticano II (1962-65) asumió como lema, no más el anatema sino la comprensión, no más la condena sino el diálogo. Respecto a las otras iglesias inauguró el diálogo ecuménico, que presupone la aceptación de la existencia de otras iglesias. Respecto al mundo moderno se planteó una reconciliación con las esferas del trabajo, la ciencia, la técnica, las libertades y la tolerancia religiosa.

Pero aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la gran mayoría de la humanidad. Fue mérito de la Iglesia latinoamericana el recordar que no existe solo un mundo moderno desarrollado sino también un submundo subdesarrollado, que suscita una pregunta incómoda: ¿Cómo anunciar a Dios como Padre en un mundo de miserables? Sólo tiene sentido anunciar a Dios como Padre si somos capaces de sacar a los pobres de la miseria, si convertimos esta realidad de mala en buena.

Es precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica, animados por algunos profetas como Helder Camara.La consigna era la opción por los pobres y contra la pobreza.

Para realizar su designio de restauración se dotó de instrumentos adecuados. Reescribió el derecho canónico para que encuadrara toda la vida de la Iglesia, hizo publicar el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y con ello oficializó el pensamiento único dentro de la Iglesia. Quitó poder de decisión al Sínodo de Obispos, sometiéndolo totalmente al poder papal, así como limitó el poder de las conferencias continentales de obispos, de las conferencias nacionales episcopales, de las conferencias de religiosos en los niveles nacional e internacional, marginalizó el poder de participación decisoria de los legos y negó plena ciudadanía eclesial a las mujeres, relegadas a funciones secundarias, siempre lejos del altar y del púlpito.

Junto con su principal asesor, el cardenal Joseph Ratzinger, el Papa profesaba una visión agustiniana de la historia, para la cual lo que realmente cuenta es sólo lo que pasa a través de la mediación de la Iglesia, portadora de salvación sobrenatural.Según esa visión, lo que pasa por la mediación de los hombres y de la historia no alcanza la altura divina y es insuficiente ante Dios.

Esta postura lo indujo a una fundamental incomprensión de la teología latinoamericana de la liberación. Esta afirma que la liberación debe ser obra de los propios pobres. La Iglesia es sólo una aliada que refuerza y legitima la lucha de los pobres.Para el cardenal Ratzinger esta liberación es meramente humana y carente de relevancia sobrenatural.

Es preciso destacar que el Papa tuvo una visión corta y simplista de este tipo de teología, que interpretó con la lógica de sus detractores y, hoy lo sabemos, a partir de las informaciones que la CIA le suministraba, particularmente sobre la influencia de los teólogos de la liberación en Centroamérica. La interpretó como un caballo de Troya del marxismo que él estaba obligado a denunciar, en razón de la experiencia adquirida sobre el comunismo en su Polonia natal. Se convenció de que el peligro en Latinoamérica era el marxismo

La imagen de un hombre anciano, cansado y enfermo, que a pesar de todo sigue asumiendo una tarea demoledora, despierta un sentimiento de respeto, de simpatía o de piedad. El afecto de inmensas multitudes en tantos países del mundo no deja de ser impresionante. Una personalidad que reúne amplios conocimientos, el dominio de numerosos idiomas, una conducta deportiva, un verdadero coraje físico, una profunda espiritualidad, una gran convicción y una amistad fiel, genera admiración. Sin embargo, un balance exige otras perspectivas, otro tipo de análisis.

Evocar algunas de las grandes líneas del pontificado de Juan Pablo II no es una tarea simple, habida cuenta del casi cuarto de siglo que pasó al frente de la Iglesia católica, sus aproximadamente cien viajes internacionales, una docena de encíclicas, innumerables discursos, un sinfín de entrevistas con personalidades, cientos de beatificaciones y canonizaciones. Y todo eso en una época histórica que vio al Consenso de Washington orientar la economía mundial hacia el neoliberalismo y sus catástrofes sociales, la caída del Muro de Berlín, la generalización del pensamiento único y la aparición de los movimientos de protesta a escala mundial, sin hablar del ataque terrorista contra Estados Unidos y las guerras que reforzaron el poder del sistema mundial dominante.

Restaurar a la Iglesia católica y fortalecer su presencia en la sociedad

En Juan Pablo II prevalecía la misión religiosa de la Iglesia y no su misión social.Al acceder a la cabeza de la Iglesia católica, Juan Pablo II se impuso una doble misión: restaurar una Iglesia conmocionada luego del Concilio Vaticano II, y fortalecer su presencia en la sociedad, para que pueda llevar a cabo su tarea evangelizadora.

El cardenal Karol Wojtyla fue un activo miembro del Concilio Vaticano II. Partidario de modernizar la imagen de la Iglesia católica, apoyó muchas reformas adoptadas por la asamblea de obispos. Sin embargo, desde su Polonia natal observa con inquietud las consecuencias del Concilio sobre una Iglesia que se reformaba profundamente, no sin traumatismos y conflictos internos.

Opus Dei

Fue durante la dictadura del general Francisco Franco en España que el sacerdote José María Escriva de Balaguer funda e instala los cimientos del Opus Dei. Como consejero espiritual de Franco y gracias a la organización que viene de crear, Balaguer se da como misión de seleccionar y formar las elites de la dictadura franquista hasta llegar a controlar lo esencial del poder. Más tarde Balaguer fue enviado al Vaticano. Desde allí trabajó para extender su poder en América Latina. El Opus Dei desarrolla una gigantesca campaña para recuperar a los sacerdotes católicos, «culpables» antes sus ojos de apreciar los análisis marxistas y de oponerse a las dictaduras, sean militares o católicas.

Oficialmente el Opus Dei no es más que una asociación católica internacional.Esta secta fue fundada el 2 de octubre de 1928 por un joven sacerdote católico español, de origen modesto, el cura José María Escriva de Balaguer. LA labor del Opus Dei se resumiría a la actividad espiritual de sus 79 303 miembros (sea 1 506 sacerdotes, 352 seminaristas y 77 445 laicos). Los miembros que el Opus Dei selecciona son la crema y nata de la sociedad latinoamericana y europea. Entre ellos los grandes propietarios de compañías multinacionales, los magnates de la prensa y la financia, jefes de Estado y del gobierno. A cada uno de ellos, el Opus Dei les exige una austera disciplina y una completa obediencia. Una manera muy inteligente de fingir y enmascarar sus actividades políticas «personales», gracias a sus ejecutivos de las «clases dominantes» en el mundo entero, el Opus Dei puede imponer sus valores a los pueblos.

Cercano al Opus Dei, que lo había cobijado en ocasión de varios de sus viajes al exterior, Wojtyla, Juan Pablo II constituyó su gabinete exclusivamente de sacerdotes del Opus Dei y se dedicó a desmontar toda resistencia en el seno de la Iglesia. Por tal motivo hizo aislar- «por razones de salud»- al superior de los jesuitas, el padre Pedro Arupe y nombró un administrador provisorio de la misma orden para remplazarlo en la persona del padre Dezza, quien si era miembro del Opus Dei. Pero no se atrevió a disolver la compañía de Jesús.

Wojtyla no sólo ve con malos ojos ciertos excesos litúrgicos (por ejemplo, la introducción de textos o de músicas profanas), sino también muchas aplicaciones concretas de las decisiones conciliares.

Lo confortaba en sus convicciones su pertenencia al catolicismo polaco, sólido pero a menudo simplista en su contenido, vigoroso en su espiritualidad –marcada por el culto de la Virgen María– rígido en su moral, culturalmente hegemónico en su sociedad, cimiento de la nación y alma de la resistencia al comunismo. Todo ello debía llevar al elegido por el cónclave a una restauración doctrinal, moral e institucional de la Iglesia católica.

En fin, el Papa confió la administración de la «Congregación para la Causa de los Santos» a un miembro del Opus Dei, Rafaello Cortesini. Juan Pablo II emprendió el proceso canónico del sacerdote Escriva de Balaguer y proclamó su beatificación el día de su cumpleaños, el 17 de mayo 1992.Este hecho suscitó vivas polémicas en la Iglesia Romana. Todos los testimonios y relatos de oposición a la «causa del santo» fueron rechazadas.

En el plano doctrinario, él mismo o los órganos de la Santa Sede abordaron prácticamente todos los temas: la fe, el magisterio o la autoridad doctrinaria de la jerarquía eclesiástica, la colegiación entre los obispos para el funcionamiento de la Iglesia universal, la liturgia, el sacerdocio, el papel de las mujeres en la Iglesia, el ecumenismo o las relaciones entre las Iglesias cristianas, las religiones no cristianas, la doctrina social... Las precisiones interesantes alternan con las advertencias, los llamados de atención doctrinarios y hasta las condenas explícitas: frenos y medidas disciplinarias cada vez más apremiantes, en lugar de un acompañamiento pastoral, en un difícil proceso de reformas, para que la Iglesia pueda transmitir mejor el mensaje del Evangelio en un mundo complejo.

Adaptaciones litúrgicas e identidad cultural

Así fue como se interrumpieron las adaptaciones litúrgicas iniciadas en varias Iglesias locales de Asia y sobre todo de la India, destinadas a lograr una expresión cultural más adecuada de la fe. El documento Dominus Jesus, referido a la función salvadora universal de Jesús, puso fin a la tentativa de repensar la relación con las grandes religiones de Oriente: ciertos responsables religiosos o políticos de Asia interpretaron ese texto como una justificación del proselitismo en sociedades que recuperaban penosamente su identidad cultural, fundamentalmente a través de la religión.

Varios teólogos fueron condenados, se les prohibió enseñar o publicar, y uno de ellos, el srilankés Tissa Balasuriya, fue excomulgado por haber publicado un libro demasiado ambiguo sobre la virginidad de María y sobre el concepto de pecado original.

En lo que se refiere a las relaciones con las demás confesiones cristianas y con las otras religiones, ciertamente se produjeron algunas manifestaciones impresionantes, como los encuentros de Asís (Italia) en 1986 y 2002; el ayuno del último día del Ramadán en 2001, etc. Pero la intransigencia doctrinaria y los obstáculos puestos a una colaboración más institucional –fundamentalmente con el Consejo Ecuménico de Iglesias– establecieron límites infranqueables a ciertos avances. Los pedidos de perdón por las faltas cometidas por miembros de la Iglesia católica (durante las Cruzadas, la Inquisición o por comportamientos racistas o antisemitas), nunca cuestionaron la responsabilidad de la propia institución .

La colegiación episcopal, uno de los puntos fuertes del Concilio Vaticano II, quedó claramente subordinada por Juan Pablo II a la autoridad romana. Los sínodos generales o continentales se transformaron muchas veces en oficina de registro de la línea pontifical o en lugar de desahogo sin grandes consecuencias. El Papa debía aprobar el documento final de esos sínodos antes de su publicación, y en varios casos el texto fue incluso modificado.

Teología de la Liberación

La Teología de la Liberación fue objeto de una represión específica. Nacida en América Latina, logró adeptos también en África, sobre todo entre los teólogos protestantes, en Asia, en India, en las Filipinas y en Corea del Sur. Reflexión sobre Dios, como toda teología, tomaba como punto de partida la situación de los pobres y de los oprimidos, explicitando así su carácter contextual, lo que otras corrientes se niegan generalmente a hacer, velando así la relatividad del discurso.

La Teología de la Liberación ha sido calificada como “la primera gran corriente teológica moderna nacida fuera de Europa”. Es el primer gran aporte original del pensamiento teológico latinoamericano a la iglesia, siendo que América Latina es un continente en donde la fe lleva siglos de existencia.

Frente al fracaso de la Alianza para el Progreso y de varias tentativas desarrollistas y modernizantes, Roma no pude negar el hecho de que el subdesarrollo no es un estadio atrasado del capitalismo desarrollado, sino su consecuencia, es decir, capitalismo dependiente. En muchos países, el pueblo cristiano tomó conciencia de este fenómeno y asumió una actitud de lucha para la liberación de esta dependencia.

El movimiento de la Teología de la Liberación surgió para emprender la tarea de cambiar cualitativamente la función de la Iglesia, de un instrumento de dominación a un instrumento de liberación, empezando por organizar comunidades eclesiales de base cumpliendo la misión denominada Iglesia de los pobres.

Tal vez fue Colombia pionera de este proceso.El sacerdote Camilo Torres Restrepo funda el “Frente Unido” posibilitando la unidad popular por encima de las creencias religiosas: “No vamos a discutir si el alma existe o no existe, si es mortal o inmortal, cuando lo que existe es el hambre y el hambre es mortal”, nos dijo en Barranquilla en 1965.Posición semejante tomo el grupo de sacerdotes de “Golconda”. Tanto Camilo como “Golconda” fueron condenados. Camilo muere en la guerrilla del E.L.N..

“Golconda” fue perseguido y aniquilado por la Iglesia y el Estado colombiano, a pesar del CELAM de Medellín en 1968.

No obstante, en Perú, Gustavo Gutiérrez, oriento la organización de “comunidades cristianas populares en las que se da ese compromiso con los pobres y la tarea evangelizadora”. En Brasil, la Iglesia se convierte en un Frente Nacional contra el Estado y las trasnacionales. Las huelgas son apoyadas por los cristianos y en las misas se pedían limosnas para las huelgas. Leonardo Boff, afirmaba que “la lucha de clases es un hecho y que la neutralidad en este punto es definitivamente imposible”.

En Chile, la Social Democracia Cristiana en unidad de acción lleva a la presidencia al socialista Salvador Allende, derrocado posteriormente por la CIA. En Puebla, en 1979, el Papa moviliza millones de mexicanos dando verdadera muestra de su carácter de líder masivo de los cristianos, “El Estado tembló” nos dijo Enrique Dussel, al ano siguiente (1980) durante la celebración del I Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. Las declaraciones del CELAN de Puebla, fueron optimistas: “El temor del marxismo impide a muchos enfrentar la realidad opresiva del capitalismo liberal”, se puede leer en el documento oficial de ese año. En El Salvador el Obispo Oscar Arnulfo Romero es masacrado en plena misa por la derecha tratando de detener el rol de los cristianos por liberar a ese pequeño y sufrido país.

La no homogeneidad de la iglesia Latinoamericana con respecto con la Teología de la Liberación. Este hecho ha posibilitado la arremetida del polaco Pontífice contra los teólogos progresistas apoyado en los sectores recalcitrantes a la cabeza del cual se encuentra el colombiano López Trujillo.

Nicaragua fue el primer blanco de los ataques del Prelado de Cracovia: El poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, amonestado por ejercer posiciones políticas en el gobierno sandinista. La política es incompatible con el magisterio de Cristo, ha dicho el santo varón, olvidándose de su respaldo militante a Wallesa y a “Solidaridad” en su país natal.

Inspirada en el Evangelio, la Teología de la Liberación exigía, en la complejidad de las situaciones sociales contemporáneas, la mediación de un análisis social para establecer correctamente su punto de partida. Pero ese pensamiento excedía ampliamente el campo de la ética social. A través de los ojos de los explotados hallaba el sentido de la persona de Jesús, colocado en el contexto histórico de la Palestina de su tiempo. Esa teología desarrollaba una espiritualidad y unas expresiones litúrgicas que daban cuenta de la vida de los pobres, y proyectaba una mirada severa sobre una Iglesia muy a menudo comprometida con los poderes opresores. Hablaba de liberación en presente, como expresión del amor de Dios por su pueblo. En síntesis, era peligrosa, tanto para el orden social como para el eclesiástico.

La reacción romana fue muy dura. Le resultaba fácil acusar a esa corriente teológica de marxista, por basarse en la existencia de estructuras de clase. Semejante perspectiva, decía el cardenal Joseph Ratzinger, responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, llevaba directamente al ateísmo. Por lo tanto, a numerosos teólogos se les prohibió la docencia y la publicación. Los centros educativos recibieron la orden de prohibir toda enseñanza que hablara de la Teología de la Liberación, que acabó refugiada en centros de estudios o de formación ecuménicos y en las universidades laicas. En 1996, el propio Juan Pablo II, de viaje en Nicaragua, declaró que la Teología de la Liberación no tenía razón de ser dado que el marxismo había muerto.

Valores morales

En las cuestiones morales, es conocida la insistencia del Papa en el respeto de la vida, su oposición radical al aborto, a la contracepción, al divorcio, a la eutanasia, pero también a la pena de muerte. Es cierto que el positivismo científico, los poderes económicos genocidas y el relativismo de cierto pensamiento posmoderno ponen en peligro la vida. Sin embargo, la negativa pontifical a tomar en cuenta las condiciones sociales o psicológicas concretas de los seres humanos, el aferrarse a una filosofía de la naturaleza superada por los conocimientos contemporáneos y las consecuencias dramáticas de ciertas posiciones dogmáticas como en el caso del sida en África llevaron a la Iglesia católica a perder buena parte de su credibilidad.

Al neoliberalismo por sus prácticas

La doctrina social sigue siendo un punto de atención privilegiado para Juan Pablo II. Son innumerables los documentos sobre ese tema. En nombre del Evangelio, el Papa condena con mucha dureza los abusos y excesos del capitalismo, llegando a denunciar, durante su visita a Cuba, al neoliberalismo y sus efectos perversos. Pero si en la encíclica Centesimus Annus condena al socialismo en su esencia, por ser portador del ateísmo, en cambio estigmatiza el capitalismo salvaje por sus prácticas y no por su lógica.

En el mismo documento, la referencia a una “economía social de mercado” omite indicar que los mismos agentes económicos de ese modelo adoptan prácticas “salvajes” en los países del Sur o del Este de Europa. De allí que los frecuentes e insistentes llamados a la “mundialización de la solidaridad” no desemboquen en la denuncia de las causas profundas de la pobreza y la desigualdad.

Por otra parte, la designación hace dos años de Michel Camdessus, ex director del Fondo Monetario Internacional, como consejero de la Comisión Justicia y Paz, uno de los instrumentos de elaboración y de difusión de su doctrina social –instaurada por Vaticano II– permite dudar de que ese organismo pueda ser portavoz de los pobres y los oprimidos...

Para llevar a buen puerto su proyecto fundamental –la restauración doctrinal y moral– Juan Pablo II necesitaba de una institución portadora de tal proyecto. Su política de designaciones episcopales se orienta en tal sentido. En muchas diócesis los nuevos obispos comenzaron, bajo la inspiración de la Santa Sede, a controlar los centros de formación, a desmantelar el trabajo pastoral de sus predecesores, a introducir congregaciones religiosas u organizaciones católicas conservadoras.

En América Latina, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), a la vanguardia de los cambios (que en 1968 organizó la Conferencia de Medellín –Colombia– para la aplicación del Concilio Vaticano II en el continente), fue poco a poco transformado en un órgano de restauración. Las conferencias episcopales fueron reorientadas por medio de nuevas nominaciones.

Cientos de diócesis en todo el mundo sufrieron penosas transiciones pastorales que muchas veces desembocaron en dramas personales entre quienes habían creído en una Iglesia profética y en una institución más humana. Sólo ciertas diócesis con una cristiandad más antigua y con una autonomía preservada pudieron frenar la imparable ola de nominaciones conservadoras.

Pacem in terris

En discurso del Papa al cuerpo diplomático en el año 2003 contempla su rechazo a la Guerra y según sus palabras expone:¡"NO A LA GUERRA! Ésta nunca es una simple fatalidad. Es siempre es una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar sus contiendas. Digo eso pensando en los tan numerosos conflictos que todavía aprisionan a nuestros hermanos, los hombres. En Navidad, Belén nos ha recordado la crisis no resuelta del Medio Oriente, donde dos pueblos, el israelí y el palestino, están llamados a vivir uno junto al otro, igualmente libres y soberanos y recíprocamente respetuosos. Sin repetir lo que os dije el año pasado en circunstancias parecidas, me conformaré con añadir hoy, ante el empeoramiento constante de la crisis medio-oriental, que su solución nunca podrá ser impuesta recurriendo al terrorismo o a los conflictos armados, pensando que la solución consiste en victorias militares".

"Y, ¿qué decir de la amenaza de una guerra que podría recaer sobre las poblaciones de Irak, tierra de los profetas, poblaciones ya extenuadas por más de doce años de embargo? La guerra nunca es un medio como cualquier otro, al que se puede recurrir para solventar disputas entre naciones. Como recuerda la Carta de la Organización de las Naciones Unidas y el Derecho internacional, no puede adoptarse, aunque se trate de asegurar el bien común, si no es en casos extremos y bajo condiciones muy estrictas, sin descuidar las consecuencias para la población civil, durante y después de las operaciones".

Posteriormente en, el Angelus de abril del pasado año, en la Plaza de San Pedro manifiesta también su rechazo a la guerra y, según sus palabras...""Quiera Dios que termine pronto este conflicto", y auspició que el fin de la guerra en Irak pueda "dejar espacio para una nueva era de perdón, de amor y de paz". Pidió a Dios en modo especial "por la inerme población civil" de Irak, que "en varias ciudades es sometida a una dura prueba".
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"Mi pensamiento se dirige especialmente a Irak y a todos los que están afectados en la guerra que allí se agrava", subrayaba Juan Pablo II.
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"Construir la paz es un compromiso permanente", dijo el Papa a los numerosos fieles que llenaron la plaza, en el tercer Angelus desde que comenzó el conflicto en Irak.

Juan Pablo II afirmaba que "la realidad de estos días demuestra en forma dramática" que es necesario construir una nueva era de paz, como pidió hace 40 años el papa Juan XXIII en su encíclica "Pacem in Terris" (Paz en la Tierra). Para obtener esa nueva era de "perdón, de amor y de paz" el Papa dijo que es necesario volver a partir con un "espíritu de fe" junto a una "realista y previsora sabiduría".

Fuente: ESTRACTOS DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, RED VOLTAIRE, REBELIÓN Y CIBERIGLESIA.N


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