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La Cantora, una radio hecha por presos
Por: Virginia Pirola/Argentina
Fecha de publicación: 25/03/05
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Hace 11 años, un grupo de internos en cárceles argentinas puso en marcha el proyecto. Su creadora, Azucena Racosta, cuenta la historia. Una cachetada a los que se pasan la vida pidiendo represión.

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Q uerer entrar a la cárcel puede parecer un contrasentido, una irracionalidad, pero ella lo quiso, hizo fuerza, y se metió por entre las rejas. La Cantora logró ser en una radio realizada por los presos.

“La Cantora es un proyecto de comunicación y educación popular, que surge en el año 1993. Está realizado por personas privadas de la libertad, por internos en unidades carcelarias”, explica la creadora de esta radio popular, Azucena Racosta, con un halo de luz en su mirada, por la alegría que siente, a pesar de las duras experiencias que tuvo que atravesar para poder lleva a cabo esta “loca” idea.

Ella, una luchadora social desde muy joven, con su cuerpo pequeño y su voz ronca, pensó en realizar una radio realmente popular, luego de su paso por Nicaragua, durante el proceso sandinista, donde vio cómo funcionaban las radios insurgentes, las que habían logrado “que su pueblo recuperara la palabra”.

Al volver a Argentina, Azucena quería desarrollar esa idea, pero la situación social era muy complicada: “estaba hablando de recuperar la palabra en la post dictadura militar, donde había quedado un pueblo socialmente enfermo, donde la palabra y la comunicación se habían destruido, donde la dictadura no sólo había asesinado y desaparecido personas, sino que con eso había logrado erradicar la palabra. Ya nadie se atrevía a hacer uso, a hablar en nombre propio”, cuenta esta comunicadora.

“Pero como ciertamente estoy loca, tal vez loca de amor”, como ella misma dice de si, Azucena se propuso llevar adelante un hecho realmente popular, alternativo y de la gente. “Para demostrar que era posible fui al lugar más cerrado de la sociedad, a la cloaca del mundo, al lugar donde no podés entrar. El primer lugar de La Cantora fue la cárcel”.

La radio ("la cantora", es la expresión carcelaria usada por los presos para referirse al aparato radiofónico) comenzó a funcionar en el penal Villa Floresta de Bahía Blanca, una ciudad ubicada en el sur de la provincia de Buenos Aires. Pero el comienzo fue difícil y lento. Azucena quería tener un diálogo abierto con los internos, y por eso sabía que si pedía autorización al Servicio Penitenciario no lo lograría. Así fue como el primer contacto surgió mediante un programa de televisión, en el que ella participaba realizando micros de arte.

Fue a la cárcel a filmar las actividades artísticas de los internos, y esto le posibilitó un primer acercamiento con ellos. Usó al programa como excusa para generar los primeros contactos y abrió un pequeño espacio, que todavía no alcanzaba para revelarle a los detenidos su verdadera propuesta.

La oportunidad surgió en diciembre de 1993, cuando estalló un motín que duró una semana. Azucena era corresponsal de un canal de televisión y fue a cubrir el hecho. En vez de ubicarse en el sector de la prensa, se quedó con los familiares de los internos. Empezó a comunicarse con los de adentro del muro de otra manera, y ellos, una vez finalizado el motín, le pidieron que se hiciera pasar como familiar, para poder conversar.

“Esa fue mi prueba de fuego”, recuerda Azucena. Por fin tuvo la posibilidad de charlar “a calzón quitado”, sin guardias alrededor que impidieran el diálogo franco. “Ahí pude explicar qué era lo que yo pretendía. Les interesó. Uno de ellos, Pedro, es el que tiene el mérito en todo esto porque fue el que lo entendió en breve tiempo y con gran claridad. Él comenzó a hacer el trabajo interno y yo el externo” cuenta Racosta.

El proyecto de La Cantora fue acercando a muchos internos. Llegaron a ser 60 en la cárcel de Bahía Blanca. Azucena recuerda: “íbamos inventando formas de contacto. Ya no podía entrar como familiar y la historia de cómo lo logramos es muy larga, en algunos casos divertida en otro no tanto".

Este proyecto nunca logró autorización oficial, entonces el material siempre tuvo que trasladarse de forma clandestina, escondiéndose de las requisas de los guardia cárceles, haciéndole burla al poder.

En una oportunidad, los internos lograron que el Servicio Penitenciario autorizara la realización de talleres por parte de gente de La Cantora pero eso duró poco, "por razones de seguridad, cuando cambió el director del penal".

No sólo la expulsaron a ella y a su gente sino que los detenidos que trabajaban en la radio fueron trasladados a otros penales. "Sin embargo, la tortura no impidió que el relato llegara hasta sus nuevos compañeros", dijo Racosta.

“Sin darnos cuenta, ellos ya eran multiplicadores de La Cantora”, relata la gestora del proyecto. “Así fue como nos multiplicamos y en breve tiempo estábamos en todos los penales, con un número indefinido de compañeros”, añadió.

“La Lengua del Dolido” fue el primer programa de esa emisora tan especial. Se emitía por FM De La Calle, en Bahía Blanca. Allí se difundía lo que grababan los presos dentro de las cárceles. De esa primera hora en FM De la Calle pasaron a 60 horas en todo el país, porque otras emisoras comenzaron a ceder espacios en distintos horarios.

Con la multiplicación del proyecto, los creadores de La Cantora, los de afuera del muro, empezaron a viajar, y los detenidos a pensar y crear mecanismos para lograr que el material llegara a destino. Las vías de circulación de los programas es “el secreto mejor guardado” del proyecto porque si se corta, se corta la posibilidad de comunicación.

Azucena Racosta cuenta con admiración y asombro, que los internos “comenzaron a agudizar el ingenio de cómo grabar, en dónde grabar, con quiénes grabar, dónde hacer los debates, las reflexiones. Y se creó una simbiosis tan fuerte, que, por el peligro que significaba, ellos enviaban el material en bruto y nosotros editábamos; con esa confianza que nos tenían de que íbamos a editar lo que ellos querían que editemos. Y, por otro lado nos sorprendieron, porque se fueron perfeccionando. Hay material que está editado por ellos, y no se puede entender cómo lo hicieron, porque musicalizaron las voces con elementos muy precarios”.

La tarea de La Cantora no se agotó dentro de los penales. Comenzó a tener muchas ramificaciones en distintas áreas: la gente del proyecto empezó a indagar sobre las causas penales de los detenidos, recorriendo tribunales y despachos. Además, a través de la emisión de los programas de radio, diferentes sectores de la sociedad, como la comunidad educativa, se interesaron en él. Desde escuelas y universidades pedían los micros sobre drogadependencia, Sida y otros temas que producían los internos de La Cantora.

Este contacto permitió la organización de un correo entre presos y niños y adolescentes, algo que para Azucena fue “increíble ”. La presencia de La Cantora también fue muy importante en la mediación entre los detenidos y las autoridades, cuando se producían motines en las cárceles.

Por otra parte, la ampliación de los horizontes de La Cantora fue posible porque de ella “se comenzaron a apropiar otros sectores: los familiares de los detenidos nos llevaron a sus barrios, sus barrios son las villas (barriadas marginales). Entre la cárcel y la villa hay un surco de tanto ir y venir”.

Por lo tanto se hizo comunicación popular con las familias de los internos y fundamentalmente con los más pequeños. Entre los proyectos de La cantora, actualmente también se encuentra la realización de una escuela de educación popular, que ya ha tenido algunos intentos, pero que aún no se pudo consolidar.

“Te mentiría si te dijera que sabíamos que esto iba perdurar. Jamás escribimos el proyecto, porque lo escribió la gente. Si existe, existe porque la gente lo sostiene todavía, si no, no lo hubiéramos podido sostener”, aclara Racosta, quien recién ahora esta llevando al papel toda la experiencia de La Cantora, en una tesis de maestría que realizó en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de la Plata (UNLP), donde además es profesora.

A la hora de enumerar los resultados de este proyecto, luego de 11 años de existencia, y a pesar de que actualmente no se están emitiendo los programas, porque se está llevando a cabo un proceso de reflexión, Azucena considera que "los compañeros recuperaron la palabra, y a partir de esa recuperación trabajaron en su identidad, en su persona, y hoy no son más un número, tienen nombre y apellido”.

“Algunos compañeros están en libertad, y no han reincidido, para sorpresa del Servicio Penitenciario y del gobierno. No sólo no han reincidido, sino que, por ejemplo, un gran compañero nuestro ingresó en la Facultad de Medicina, pese a todas las limitaciones, y otros están estudiando Derecho. Han formado sus familias, tienen sus hijos y nos siguen acompañando”, relata Azucena.

Por otra parte, la profesora está convencida que adentro de la prisión “late más la vida que afuera”. “Yo pensaba que estaba loca: ¿cómo puede ser que adentro de la cárcel haya vida y que afuera estén los muertos? Me daba cuenta que allá (en la cárcel) un abrazo, es un abrazo, una mirada es una mirada, cuando hablás te escuchan, cuando te hablan estás escuchando, y afuera no. Fue como una revelación, es cierto que en la cárcel late la vida, porque ellos tienen un objetivo, que no lo pierden jamás: lograr la libertad. Afuera perdimos el objetivo”.

“Mejor preso que sometido; yo estoy preso, los otros están sometidos, vaya con la diferencia”, cuenta Azucena que dice El Tano, uno de los compañeros de La Cantora. Y ella está de acuerdo: acá afuera “todos están prisioneros de este sistema perverso, y hasta parece que están contentos”, por eso la sociedad pide más seguridad y cárceles para encerrar a los jóvenes delincuentes y no a los poderosos.

“Yo todavía no tengo claro qué voy a buscar a la cárcel. La cárcel tenía una gran deuda conmigo”, reflexiona la hacedora de este proyecto que tanto habla de democracia en serio.

Será porque en el penal de Villa Floresta encarcelaron a su padre anarquista, quien, desde chica y en su casa de la villa, le decía “lea si no quiere ser una oprimida”.

Será porque La Escuelita, el campo de concentración que funcionó en Bahía Blanca durante la dictadura militar, le secuestró a su hermano.

Será porque en Villa Floresta también encerraron a su pareja.

“Lo más amado de mi sangre estuvo en Villa Floresta, y la conozco de chiquita. Tal vez sea por eso que me facilitó tanto las cosas”, dice Azucena y abre sus ojos grandes y expresivos. Los encerrados, los desocupados, los más pobres, los discriminados tienen a La Cantora para expresarse. Ella también.
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Virginia Pirola/Argentina


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