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Se cumplen 24 meses de atrocidades en Irak, con lamentable balance para la humanidad. La diplomacia electoral colombiana.
La semana pasada cumplió dos años la guerra de Irak, ya inscrita en la historia como la segunda atrocidad del siglo 21 (la primera fue el ataque terrorista del 11 de septiembre del 2001). Es una aventura guerrera que empezó mal, y que mal ha seguido. Nació de dos mentiras descaradas: que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva, y que protegía a los asesinos de Al Qaeda. Luego se impuso destrozando el derecho internacional, arrollando a la ONU e inventando una alianza ilícita de la que se han retirado buena parte de los socios. Continuó con una intervención armada que George W. Bush presagió como breve paseo militar y está convirtiéndose en un nuevo Vietnam, donde han muerto ya 1.500 soldados estadounidenses y miles de ciudadanos nativos (esta cuenta no se lleva con precisión, porque no son más que iraquíes). Pasados 24 meses, el balance no puede ser más lamentable. El primer efecto demoledor ha sido la reelección de Bush y sus instintos imperialistas; el segundo, la destrucción de un país; el tercero, la exacerbación del terrorismo; el cuarto, la desestabilización de la zona; y el quinto, la degradación del Derecho de Gentes hasta niveles ignominiosos.
En contraste, lo “positivo” se resume en pocas hazañas. La caída del régimen de Hussein, la detención del ex dictador (poca cosa, cuando la presa codiciada era el escurridizo Osama Ben Laden) y unas precarias elecciones que se parecen tanto a la democracia como el desembarco de tropas gringas al ballet de “La consagración de la primavera”. Con razón decía el New York Times, al hacer el balance de la confrontación, que los efectos buenos “existen solo como esperanzas”, mientras que los malos son mucho más numerosos y concretos. Entre las mejores secuelas indirectas incluyamos el rechazo de los españoles a la guerra, que elevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero y ha traído nuevos y mejores rumbos al país.
Vale la pena detenerse en dos terribles corolarios de la guerra. El primero, la legitimación del gobierno de Bush, elegido en forma dudosa cuatro años atrás. Muchos pensaron que el nuevo cuatrienio iba a ofrecer un mandatario menos fundamentalista y más flexible. Nada más lejos de lo que sucede. La segunda administración de este insólito personaje es peor, si cabe, que la primera. Salieron del gobierno elementos conciliadores y razonables, como Colin Powell, y Bush optó por blindarse con lo más extremista que tiene a mano, como el ministro de Justicia Alberto Gonzales, un hombre que cree en la tortura como recurso de investigación. Su último nombramiento –Paul Wolfowitz para la presidencia del Banco Mundial—constituye un desafío a la comunidad internacional. Wolfowitz, aquel sujeto que se peinaba con babas en el documental de Michael Moore, es uno de los cerebros de la doctrina que pretende imponer al mundo por la fuerza las ideas ultraconservadoras (neocons) del gobierno gringo. El Banco Mundial ha sido siempre herramienta del imperialismo económico de Estados Unidos, pero, con la asignación de Wolfowitz, se convertirá en instrumento paramilitar. Desde allí ya no solo se adelantará la guerra a favor del capitalismo, sino en contra de religiones, ideas y culturas que difieran de las que hoy dominan la Casa Blanca.
El segundo corolario es el acelerado deterioro de los derechos humanos, verdadera medida de la civilización. En dos años de guerra hemos retrocedido dos siglos. Irak es el laboratorio donde los neocons aplican sus principios de tortura (prisión de Abu Grahib), cárcel sin derecho a defensa (campos de reclusión de Guantánamo) y denuncia de los tratados internacionales de garantías mínimas (convención de Ginebra). Hace una semana, la prensa gringa reveló que dos afganos fueron torturados y muertos a golpes en una mazmorra estadounidense en Kabul, y Human Rights Watch asegura que las torturas masivas protagonizadas por marines empezaron en la invasión de Afganistán en el 2002.
Lo peor es que nos hemos ido acostumbrando a esta barbarie, como si la persistente violación de derechos hiciera la situación más llevadera, y no mucho más repudiable.
No merece las facultades
El gobierno colombiano hizo un mea culpa sobre los nombramientos de “parientes electorales” en el servicio exterior. Seguramente no echará atrás ninguno, como convendría, pero la rectificación es un hecho positivo. Mucho más lo será, sin embargo, si el Congreso niega al gobierno las facultades extraordinarias que ha pedido para supuestamente “fortalecer” la carrera diplomática. Visto lo visto, esta administración no merece que le otorguen semejante poder. Sería como entregarle las llaves de una escuela a Michael Jackson.
Así como solo empezaremos a tener democracia política cuando los partidos políticos se saneen y fortalezcan, solo contaremos con un servicio exterior serio y eficiente cuando repose en manos de diplomáticos profesionales.
cambalache@mail.ddnet.es
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