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La ceguera de la clase media
Por: Abdel M. Fuenmayor P.
Fecha de publicación: 23/03/05
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Nota de aporrea: akbar4658@hotmail.com

“Ya cavalleros, decir vos he la verdad: qui en un logar mora siempre. lo so puede menguar”

(“Oídme, mis caballeros, deciros he la verdad: quien mora siempre en un sitio, lo suyo verá menguar”)

Poema del Mío Cid.

En un ensayo anterior, escrito en Marzo de 2002 y enviado al Foro Profesoral de la Universidad de Los Andes y a diversas direcciones de la página “web”, sostuve la idea –por demás ya conocida– de que la sociedad venezolana se divide en tres clases o sectores principales, a saber: clase alta, constituida por las cúpulas de poder (económica, política o de partidos tradicionales, militar y eclesiástica); clase media, muy heterogénea, en la que convergen comerciantes y propietarios medianos, profesores, maestros, hombres de ciencia o artistas de renombre, actores y altos empleados de la televisión, tecnólogos, políticos de mediana y hasta de baja posición, altos y medianos empleados del gobierno de turno, empleados de rango alto o medio de empresas privadas, etc., y, por último, la clase baja que incluye la población marginal, pobre o en la miseria declarada, obreros o empleados (públicos o de empresas privadas) de bajo rango, inmigrantes pobres de otros países pobres y una parte de la clase media baja ahora empobrecida. La primera clase, la alta, es la que detenta el poder y la riqueza, heredera del antiguo estamento social de los grandes terratenientes del período colonial. La segunda clase, la clase media, es producto del primer florecimiento urbano y del más acelerado que aparece con el descubrimiento y comercialización del petróleo. Esta clase media, beneficiada y privilegiada en no poca medida gracias a la abundancia de recursos derivados de la venta del petróleo, se une estrechamente a los intereses de los magnates del poder, los apoyan servilmente y hacen suya su ideología. Las clases alta y media, en Venezuela y en todos los países latinoamericanos, son, a su vez, los servidores fieles de los grandes intereses económicos y de dominio que radican en los países industrializados, bajo cuya tutela estas dos clases nacionales se fortalecen y estabilizan trasladando en masa las riquezas naturales de sus propios países a los pocos que ejercen el imperio neocolonial en el mundo. Existe, así, una tríada de complicidad expoliadora que cierra un triángulo malsano, generador del océano de pobreza mundial. Los vértices de ese triángulo son: el poder imperial exterior (la Tríada EE.UU., Unión Europea, Japón); clases altas dominantes de los países sometidos (llamados marginales, del Tercer Mundo o subdesarrollados), y las clases medias de estos mismos países. Las clases altas y las clases medias de los países marginales, totalmente captadas por los incentivos de la sociedad de consumo, son un factor importante en la exacción de divisas de los países pobres mediante el derroche y el lujo y por el traslado de sus capitales a los bancos del exterior, contribuyendo de este modo al desequilibrio de la balanza de pago y al mayor empobrecimiento de sus países de origen. Por último, la clase pobre, sin duda alguna la más numerosa, crece en número de modo continuo y acelerado, y es la que sufre el peso de la explotación, de la injusticia social y de la desigualdad. Son estas clases pobres de los países marginales las que determinan la existencia de pésimos índices de ingreso familiar, de salud, de expectativa de vida, de desempleo, de saneamiento ambiental, habitación y protección social, y los más altos índices de criminalidad, tráfico de drogas, analfabetismo y marginalidad social. Pero son las clases altas y medias de los países pobres las que contribuyen de modo decisivo al considerable endeudamiento de sus países, a la entrega de sus riquezas a los grandes poderes mundiales y a la explotación de sus pueblos. No hay que insistir en el hecho de que esta actitud de las clases altas y medias es la que les produce el enorme beneficio de incrementar grandemente sus riquezas particulares y su poder sobre las clases populares. Estos privilegios son parte esencial hoy en día en la estructura, desigual e imperialista, del poder mundial,

En el breve diseño socio-económico y geopolítico previos debo hacer varias salvedades, ya en gran parte consignadas en el ensayo anterior mencionado al comienzo. En primer lugar, la división de la sociedad en clases, propuesta por Max Weber y por Karl Marx en el siglo XIX y muy criticada desde su exposición original, es sólo un esquema de una realidad mucho más compleja: La textura social que aparece con la primera industrialización europea se ha enmarañado de modo notable; la división en clases no es tajante ni la separación entre una y otra clase es completa; las determinaciones que señalan la pertenencia a una clase (educación, posición en el mercado de trabajo, estatus social, cultura) se entrecruzan de tal modo que toda una trama intrincada de interpenetraciones caracteriza la sociedad de hoy, cambiante y dinámica. En segundo lugar, las excepciones a las posiciones, visiones y actitudes que caracterizan a los integrantes de cada sector de la sociedad son numerosas. Por último, las situaciones difieren de un país a otro según variables diversas. Sin embargo, pese a todas estas consideraciones, la validez de la clasificación y sus caracterizaciones, indicadas en este ensayo, se mantienen de modo ostensible en la realidad diaria y se han puesto de manifiesto en diversos estudios sociológicos sobre la materia.

Los intentos democráticos para cambiar esta estructura social y del poder que se han efectuado en Latinoamérica (y casi en el resto del mundo) han fracasado en plazos relativamente cortos. Fue el caso de Allende en Chile, Daniel Ortega en Nicaragua y Jacobo Árbenz en Guatemala. Los grandes poderes (externos e internos) que se opusieron a estos revolucionarios pacíficos aplastaron con violencia, sin piedad y con el saldo de gran número de víctimas, estas empresas políticas orientadas a la vigencia de un sociedad más justa y equilibrada. En esos países, liquidados los ensayos revolucionarios, las cosas volvieron a su cauce tradicional y los viejos poderes opresivos, dictatoriales o pseudo-democráticos, reinaron nuevamente. La explotación continuó y el despojo del bien público y de las riquezas de estos pobres países prosiguió a paso acelerado. El resultado, para el día de hoy, no puede ser más notorio: pobreza y miseria generalizadas; riquezas inmensas en pocas manos, colocadas en el exterior, y beneplácito y apoyo, declarados o velados, de los países industrializados explotadores. Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Centroamérica, son todos excelentes ejemplos de esta historia continua o momentáneamente interrumpida por los nombrados ensayos revolucionarios democráticos.

En Venezuela, con el ascenso de Hugo Chávez Frías a la presidencia del país, se repite una situación parecida a la vivida por Chile, Nicaragua y Guatemala a que aludimos anteriormente. Sin embargo, el acontecer político, social y económico del mundo ha cambiado en forma importante desde la época de los mencionados intentos de cambio del orden tradicional. En Venezuela se da una circunstancia económica que refuerza el poder político del actual Gobierno, cual es que el petróleo, motor del enorme desarrollo industrial de los países centrales poderosos, está hoy, a raíz del fracasado paro petrolero decretado por las cúpulas económicas y partidistas que antes ejercían el poder político, en manos de este Gobierno. Como quiera que este recurso petrolero determina en gran medida la vida del país, el Gobierno tiene aquí, lo que no pasa en otros países latinoamericanos, el control de la principal fuente de ingresos. Ello proporciona un grado de mayor estabilidad y fuerza al actual poder ejecutivo si se compara con la situación que vivieron Allende, Noriega o Árbenz, o la que hoy pueda enfrentar Lula da Silva en Brasil. Además, se observa en la actualidad un cambio social cada vez más manifiesto en las masas empobrecidas de casi todos los países marginales. Ya no son más las pobres e ignorantes ovejas fácilmente manipulables y fatalmente inclinadas ante el yugo predicado como ley natural o ley de Dios. Empiezan a despertar y su bostezo es amenazador para los privilegiados seculares.

No obstante, estos privilegiados de siempre son ciegos, ferozmente ciegos como toros que cierran los ojos y embisten. No tienen, aquí ni en otras partes, la intuición de la necesidad del cambio, necesidad insoslayable porque no puede seguir el mundo por el camino de desigualdad e injusticia que viene transitando desde milenios atrás. Son ciegos porque no entienden que el actual Gobierno venezolano ofrece una salida para ellos aceptable, que no perturba de modo sustancial esos privilegios por la gracia de ser éste un país favorecido por la riqueza petrolera. Aquí, mucho más fácilmente que en otros países latinoamericanos, podría lograrse una transformación pacífica que sin vulnerar en lo esencial los tradicionales intereses y posesiones de las viejas castas que han dominado el país, abriera un horizonte de mayor justicia y equidad y lograra sacar de la pobreza y la miseria a la mayor parte de la población que, en la marginalidad en que viven, ven naufragar sus legítimos anhelos y sus esperanzas. Esta noble y necesaria empresa redentora podría lograrse con mucho mayor facilidad con la cooperación de las clases empresariales, los partidos políticos y las elites de toda índole. Podrían asumir un papel de socios en la acometida por lograr la modernización de su patria y su ingreso como par, y no como vasallo, a la comunidad internacional. Podrían evitar el despojo y el progresivo empobrecimiento que terminará por afectar a las clases medias como ya ha ocurrido en Argentina y está ocurriendo en los otros países latinoamericanos, no importa si sus gobiernos han sido serviles a los intereses foráneos y a los decretos ultraliberales del Fondo Monetario Internacional, el policía activo de los imperios mundiales.

Pero si las capas altas de la sociedad venezolana son miopes y cerradas en un egoísmo de corto alcance, las clases medias son todavía más torpes y ciegas al seguir irrestrictamente los dictados de las elites poderosas tradicionales. En efecto, ya hemos señalado que en el caso de que triunfen los propósitos de esas cúpulas de derribar el gobierno de Hugo Chávez, es muy probable, por las razones analizadas, que la situación no se presente tan simple y llana como esas clases imaginan: que caído Chávez, viene el Cielo. No. La posibilidad está a favor de que cualesquiera que sean los medios utilizados para reprimirla, la violencia puede estallar en múltiples formas: guerra civil, guerrilla extendida a éste y otros países vecinos, incertidumbre, escasez, miedo. Colombia, a pesar de la penetración política, militar y económica norteamericana, es un buen ejemplo, quizás bastante pálido, de lo que podría ocurrir en Venezuela.

Pero, si en tal caso surgiese una situación de violencia y desconcierto, no es la clase alta, las cúpulas tradicionales del poder, las que sufrirán las peores consecuencias. Ellas tienen sus riquezas mal habidas depositadas en los bancos de los países imperialistas o en sus sucursales, y algunos hasta tienen ya sus empresas fuera del país. Por lo demás, poseen sus aviones privados para emprender una rápida fuga si la situación se vuelve muy conflictiva, y aquellos países dominantes les abren, sólo a ellos, los brazos acogedores. La clase pobre está desde siempre acostumbrada a lo peor de la existencia: al hambre, al despojo, a la privación. Ella, además, tiene una dosis de resignación grande y sus expectativas son reducidas. No será, por estas razones, la clase que más sufra las consecuencias. Es la clase media la que correrá la peor suerte; la que, teniendo altas aspiraciones y acostumbrada al buen pasar, carece de los recursos de la clase alta como para salir volando al exterior, y de los medios para subsistir en esos países de alto costo de vida. Además, a los integrantes de esta clase media no los recibirían con los brazos abiertos como lo hacen con los de la clase alta.

Más aún, incluso si nada violento ocurriera después del presunto y planificado derrocamiento del gobierno de Chávez Frías, o si esa violencia fuese sometida fácilmente o sin grandes obstáculos, la clase media sufriría serias consecuencias, tal como se está viendo en Argentina, país cuyos gobiernos, desde muchos años atrás, han sido adictos a los amos de afuera y fieles servidores de los intereses imperialistas, y, sin embargo, gran parte de su clase media está experimentando las peores carencias debido al alud de pobreza que sacude este país, encenegado por las políticas neoliberales en práctica, la globalización económica decretada por los países ricos y la corrupción y la exportación de las riquezas de su nación que caracterizan la gestión de las cúpulas de poder en estos pueblos. En Venezuela, los proyectos de venta de las riquezas petroleras y de otros minerales que tienen ya preparados desde tiempo atrás los señores del poder tradicional, ciertamente que arrojarían una gran cantidad de dólares al país. Sumas muy grandes para alegrar el momento; pero muy pequeñas para el valor real de la riqueza que venden, y, además, listas para ser engullidas por las elites y transferidas rápidamente a los bancos ya citados del exterior. El desastre sería el resultado, desastre del cual no es posible salir (como visiblemente lo están viviendo la mayor parte de los países marginales del mundo) mientras se conserve la estructura de poder que hoy priva en el planeta y que, en gran parte, ha comandado su destino.

Las grandes revoluciones que en lo político, económico, social y cultural ha sufrido el mundo occidental a partir de la baja Edad Media, han tenido como protagonistas las clases medias, en oposición a los poderes de las monarquías tradicionales. En la actualidad, en la mayor parte de los países del mundo, las clases medias, beneficiarias en buena parte de las riquezas que se producen, se asocian a las altas burguesías que dominan el planeta entero y se han convertido en elemento de estancamiento, de resistencia al cambio necesario, y no pocas veces, como sucede hoy en Venezuela, en obstinada, terca, apasionada y ciega fuerza conservadora, contraria a toda transformación que persiga la justicia y la equidad.

Mérida; Diciembre de 2003.


Abdel M. Fuenmayor P.

akbar4658@hotmail.com


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Abdel M. Fuenmayor P.


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