La Salud en la Revolución Bolivariana. Conquistas y Riesgos

En Venezuela se está conformando un nuevo sistema de salud. Constituye uno de los segmentos socioeconómicos de mayor incidencia social por su valor cuantitativo en el índice de desarrollo humano. Sin duda es el resultado de las ingentes inversiones públicas desde 2002-2003, aunque la génesis de esta nueva “salud” en Venezuela se encuentra en los primeros años del proceso político nacionalista conocido popularmente como “revolución bolivariana”.

Este nuevo mapa de salud se apoya en la Misión Barrio Adentro, uno de los programas sociales de mayor trascendencia en la reciente historia nacional, si es medido por sus efectos territoriales en salubridad masiva. Como todo lo que se hace con la movilización social, no viene solo.

Para el establecimiento de esta Misión se encadenaron decisiones y convicciones políticas dentro y fuera de Venezuela (por ejemplo, Cuba que aportó 14 mil médicos y su experiencia internacional en asistencia primaria). Una de las convicciones decisivas fue la de los barrios obreros y pobres que sostuvieron el programa en todos los sentidos, no sólo yendo a curarse, también ejerciendo la defensa de los módulos y sus clínicos. Esto constituyó una movilización social y una batalla ideológica.

Sería inconcebible el triunfo de Barrio Adentro, sin la profunda movilización política registrada en Venezuela desde 1998, especialmente cuando esta acción de masas adquirió carácter revolucionaria en 2002. En esa medida Barrio Adentro y la nueva salud venezolana constituye una conquista social.

Es sencillo, la Misión Barrio Adentro no hubiera sido posible sin no lo sostenía el poderoso movimiento social bolivariano que apoya a Chávez.

Sus efectos positivos están impactando en forma inmediata sobre todos los segmentos de la población, en esa perspectiva su acción tiene alcance territorial. Ha servido para ayudar a sostener la estabilidad etaria, el equilibrio sanitario ambiental (relación individuo—ciudad—naturaleza), la reducción en las tasas de morbilidad y mortalidad, la estabilidad en el empleo productivo y el estado de felicidad individual y social. Como programa social en pleno desarrollo, vive atrapado en la dialéctica del impacto de lo nuevo, que por eso mismo es frágil, bajo el peso muerto de lo rancio.

La más útil de las conquistas

Hasta 1998, Venezuela era valorada por los barriles de crudo en el mercado mundial, sus teleculebrones y las reinas de belleza que salían de sus pasarelas.
Esa imagen bizarra comenzó a modificarse en 1999 en el terreno político. Desde la acción revolucionaria de abril de 2002, y 11 meses después, la conquista de PDVSA, la sociedad venezolana dio un salto en histórico en el desarrollo de sus logros. Cada uno de sus segmentos sociales comenzaron a transformarse. La salud fue uno de ellos.

Se evidencia desde entonces, una transformación radical en los ritmos de construcción del proyecto nacionalista del gobierno. Lo que permanecía dormido se despertó bruscamente, lo que era lento se aceleró y lo indefinido comenzó a contrastarse, a la luz de la más grande movilidad social y toma de conciencia política vivida por Venezuela desde la Revolución del 23 de Enero de 1958.
Si 1999 fue el inicio de las transformaciones políticas e institucionales, abril y diciembre de 2002 fueron la espita para las conquistas sociales.

Lo logrado en la salud, educación, soberanía petrolera, soberanía estatal; más reciente lo que ha comenzado en la propiedad de la tierra, entre otros planes de meno dimensión, constituyen pilares.

Pero la más útil y trascendente de todas las conquistas, la que sostiene la legitimidad social del proceso y el gobierno venezolano actual, es la conciencia política adquirida por la población. Sin ella todo sería volátil.

Entre males, remedios y “doctores”

La cuantificación de esta realidad emergente, en el terreno de la salubridad, comienza por el dato del universo poblacional atendido. El servicio público sanitario de nivel primario alcanzó entre 1999 y 2004, a más de 12 millones de personas. Esto, en relación con lo obtenido en ciclos históricos anteriores, representa una novedad.

Tomaremos dos ciclos, el que va de 1950 a 1980 y el que comienza en 1981.
Todo lo bueno acumulado en servicio de atención primaria a la salud, después de la Revolución del 23 de Enero, hasta 1980, se derrumbó entre 1981 y 1998.
Así lo señalan taxativamente, autores como Augusto Galli y Haydee García, en el libraco “El Caso Venezuela. Una Ilusión de Armonía” (Capítulo 19, “El Sector Salud: Radiografía de sus males y de sus remedios”. Compiladores: Moisés Naim y Ramón Piñango, Ediciones IESA, 2ª Edic. Páginas 452 a 470. Caracas 1985)
Naim y Piñango tuvieron el mérito de dirigir en 1980 el más completo estudio de la realidad venezolana, bajo orientación ideológica y financiera de la gran burguesía neoliberal de entonces. No por casualidad, es el mismo grupo social que en 2002 apoyó el golpe de Estado y que en 2005 -o 2010 no importa- daría cualquier cosa con tal de ver pulverizadas las Misiones sociales: sus peores enemigas en el largo plazo. En 1981, cuando hicieron “El caso Venezuela. Una ilusión de armonía”, tenían el objetivo de reconstruir el país que se les comenzaba a ir de las manos.
Ese libro fue un proyecto de país en los papeles. Un proyecto de “doctores”. Hoy, ya ni eso les interesa. Les bastaría con reconquistar PDVSA.

La ruina de un sistema de salud vulnerable

Todo lo que se construyó como “sistema de salud” en Venezuela después de la II Guerra Mundial fue frágil y condenado a la decadencia, porque no se asentó en el criterio matriz de la atención masiva estructural y permanente. El criterio fue el negocio, el privado y el otro.

Al revisar el estado de la salud en las tres décadas que fueron de 1950 a 1980, estos autores cuentan en el libro de Naim y Piñango que “Al observar la evolución del gasto en salud se aprecia que este ha pasado de 21 bolívares per cápita en 1950, a 398 bolívares en 1980. Sin embargo, tal como lo evidencia el Cuadro 4, en ese mismo período el porcentaje del presupuesto del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social (MSAS) con respecto al presupuesto nacional pasó de 7,5 por ciento en 1950, a 6,1 por ciento en 1980” (pág. 456)

El valor nominal de la cantidad de bolívares per capita invertidos desde 1950, se diluyó por acción inflacionaria y perdió valor acumulativo en el desarrollo del sector salud, al reducirse históricamente su inversión global, bajando en 1,4 puntos mientras la población se multiplicaba a razón de 2.8 promedio anual, o sea, el doble.

Más grave aún, los autores indican que la inversión destinada a “medicina preventiva y saneamiento ambiental” se redujo en la mitad en el período tratado. Del 28% alcanzado en 1950, se redujo al 14 por ciento en 1980. Eso se tradujo en un grave déficit acumulado de camas médicos y enfermeras hospitalarios por habitantes. El medicamento venezolano de ese período fue el segundo más caro del continente latinoamericano. Sólo Perú superaba a Venezuela en el costo social promedio por medicamento. Un estudio realizado por la Organización Panamericana de la Salud (1984), mostró que un modelo de precio construido con 30 medicamentos básicos de atención primaria, dio este resultado: Mientras en Perú esa unidad abstracta costaba al público 3.7 dólares, en Venezuela costaba 3.5 dólares. Ambos países estaban por encima de todos los demás del grupo latinoamericano.

El resultado fue la consolidación de la medicina privada orientada por el lucro individual, que en Venezuela creció en desmedro de la pública. 68% del mercado nacional de la salud (medicamentos, material médico y atención) se realizaba en el sector privado.

Siguiendo la información del texto mencionado de Naim y Piñango, es fácil comprender por qué la salud de la sociedad venezolana se redujo a niveles de miseria en la década de los 90. A la reducción del gasto social histórico se sumaba anualmente el desarrollo de los servicios privados de atención médica y la indefensión inmunológica de los habitantes por la desatención de la prevención.
Mientras el rubro “Servicio ambulatorio y preventivo” (del cuadro 5 del capítulo, página 458 en el libro citado) ocupaba el 24.1 por ciento del gasto porcentual del MSAS en 1950, en pleno auge de la dictadura perezjimenista, reflejando los ingresos petroleros de Postguerra, esa realidad cambió en 1980.
Este “Servicio”, fundamental en el equilibrio sanitario, tanto para la defensa frente a las infecciones como para la resistencia inmunológica humana, se redujo al 9,8 en el gasto del MSAS. Una reducción de casi dos tercios.

“El énfasis en lo curativo y no en lo preventivo ha llevado a que el problema de la “enfermedad” se trate de resolver con un enorme despliegue de recursos, lo que ha significado, entre otras cosas, la construcción de los más modernos hospitales dotados de la más moderna tecnología. Mientras tanto, el individuo y la comunidad han quedado al margen de esfuerzos destinados “a mantenerse sanos” como serían la prevención de la enfermedad, y la educación para cuidarse a sí mismo y proteger sus derechos a una mejor calidad de vida”. (pág. 458)
Sólo faltó un dato clave en esta ecuación de la salud: la alimentación, que en el modo de vida capitalista depende de un ingreso salarial periódico, es decir del trabajo, o sea, de los dueños del trabajo.

No sólo no se prevenía la enfermedad, tampoco se curaba a la mayoría de la población, que terminaba acudiendo a la medicina privada, a la espera de meses o años por una cama en el Seguro Social... al más inmediato y barato “sistema de salud”, la curandera del barrio. Con los riesgos conocidos.

No hay mejor manera de medir los resultados desastrosos del capitalismo venezolano bajo la administración de la “IV República”, que conocer la evolución de las principales causas de muerte. Según el cuadro confeccionado por los autores referidos hasta ahora, 7 de las 10 principales causas de muerte en el país en 1972, habían crecido en 1980. O sea, toda la “inversión” pública en salud, terminó en otra cosa que no fue la población venezolana. (Ibid, pág. 455, Cuadro 2: Principales Causas de Muerte 1950-1980)

1981: Segundo ciclo de caída inexorable

Un especialista de la Comisión Económica de América Latina (CEPAL) determinó las causas del desastre de la salud en Venezuela desde 1981. Las investigación y redacción del informe estuvo a cargo del especialista Marino J. González R. Se llamó “Reformas del sistema de salud en Venezuela 1987-1999: Balance y perspectivas. Editado en Santiago de Chile, junio de 2001 por la Unidad de Estudios Especiales, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL. En ese trabajo, Marino informa lo siguiente:

“La cobertura de los servicios de salud del Instituto Venezolano del Seguro Social (IVSS), especialmente del FAM, se ha estimado en 35% de la población total (incluyendo los trabajadores asegurados y sus familiares) en 1998 (D´Elia 2000)”
El autor señala un dato: “La cobertura de otras instituciones contributivas no se publica de manera regular”, dato que no es menor porque encubría dos grandes tendencias: la reducción drástica del servicio sanitario que brindaba el Estado y los grandes negocios legales e ilegales que realizaban las multinacionales de la medicina.

El autor acudió a muestras empíricas que resultaron suficientes como ilustraciones del drama. Sobre todo porque aleja la lectura del Informe de la frialdad de las estadísticas y nos acerca al mortal común que expresa su indefensión social.
“La Encuesta Social de 1998 (elaborada por la Oficina Central de Estadística e Informática, OCEI) incluyó en una de sus preguntas la cobertura de seguro social, más no la de otras coberturas de sistemas de salud. Lamentablemente no se pudo contar con la base de datos que permitiera identificar la cobertura al menos de la seguridad social. Sin embargo, otras áreas de dicha encuesta permiten aportar algunos elementos indirectos (González y Molina 2000)

Por ejemplo, que “el 8% de las personas que presentaron trastornos agudos reportaron que acudieron a los servicios del Seguro Social”. Que “el 33% de los entrevistados manifestó la asistencia a consultorios o clínicas privadas.”
“El resto de los entrevistados (poco más del 60%) reportó su asistencia a instituciones públicas. En el caso de aquellos que reportaron la realización de exámenes de laboratorio, casi el 60% señaló que acudió a centros privados o religiosos. Este hallazgo es coincidente con las reiteradas quejas de los usuarios sobre la dotación de los centros de salud del sector público”, resalta el Informe.
“Pareciera que las instituciones públicas sólo atienden las demandas de servicios de laboratorio a una fracción (posiblemente 50%) de los usuarios que consultan por problemas de salud.”

Más grave es el caso de atención a los problemas de salud crónicos. “El 10% de los pacientes acudió a servicios del IVSS, más del 40% de los pacientes acudió a instituciones privadas o religiosas. El 40% de los pacientes fue atendido en instituciones públicas no dependientes del IVSS.”

Y el secreto de los secretos de la sanidad humana: “El 50% de los pacientes que reportó la imposibilidad de realizarse exámenes complementarios, señaló que la causa era la carencia de medios económicos. El 80% de los pacientes que reportó la imposibilidad de adquirir medicamentos indicó que se debía a la carencia de medios económicos.”

En líneas generales se puede inferir que la cobertura real de los servicios públicos, especialmente aquellos del MSDS, es menor en los casos de trastornos crónicos. Más del 50% de los pacientes por estas causas son atendidos en instituciones del seguro social o en el sector privado.

En el caso de los pacientes que consultan por dolencias agudas, este porcentaje es ligeramente menor. “Pareciera, en consecuencia, que la demanda de servicios en instituciones privadas es superior a lo tradicionalmente aceptado.”

1987-1998: El derrumbe

La miseria ampliada que definió a la sociedad venezolana en 1998, comenzó a gestarse a comienzos de los años 80 y se implantó masivamente entre mediados de esa década de déficits en el gasto social y casi toda la década de los 90 cuando esos déficits y malversación de dineros públicos, se transformaron en derrumbe.
La señal de ese fenómeno en el terreno de la lucha de clases fue la insurrección del Caracazo (febrero de 1989) los brotes de insurrección militar de 1992 y la más intensa y extensa lista de luchas de todos los tipos en la sociedad que haya vivido Venezuela desde 1958-1960 (Margarita, CLACSO, Caracas/Buenos Aires, 2003) El dato es conocido: El 82 por ciento de la población venezolana ya vivía en la miseria en 1992.

Una sombra grotesca del derrumbe de la salud del venezolano hasta 1999 fue la cantidad de leyes, Decisiones y Decretos ejecutivos que sirvieron para todo, especialmente para la propaganda de Estado, pero no para curar. Más de 10 años de reformas que no reformaron nada. Así lo muestra el investigador Marino J. González en su informe a la CEPAL:

“Entre 1987 y 1999 Venezuela ha ensayado diferentes tipos de reformas en el sistema de salud. En dicho período se sucedieron las siguientes reformas: (1) Ley del Sistema Nacional de Salud de 1987, (2) descentralización de servicios de salud (a partir de 1990), (3) reestructuración del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) en 1992, y (4) aprobación de la propuesta de reforma del Subsistema de Salud de la Seguridad Social en 1998.

A pesar de que todas estas reformas se han concretado en instrumentos legislativos o reglamentarios, el proceso de implementación ha sido difícil e infructuoso en todos los casos.”

El principal efecto de este desastre se verificó en la salud de la población. El sistema sanitario que comenzó a desarrollarse en 1936 y acumuló algunos éxitos relativos en la década de los años 60 (Ver Naim y Piñango, 1982) fue destruido durante casi 15 años.

Los que nunca vieron una jeringa

Hasta 1998, la red de salud pública atendía a un poco más de 2 millones de ciudadanos por año, en una evolución histórica que comenzó en 1950 con poco más de 280.000 personas atendidas por el Estado.

Entre mediados de 2002 y el primer semestre de 2004, el universo total anual atendido ascendió hasta una nueva escala anual: 11.230.000 personas .
Desde el punto de vista de la atención este dato constituye un hecho revolucionario, una conquista social. Sus beneficiarios así lo entienden políticamente. Sólo así se entiende que el apelativo “Barrio Adentro” sea sinónimo en Venezuela de salud, atención sanitaria inmediata y gratuita. De hecho, reemplazó en la memoria social a instituciones de salud como IVSS y otros, que por medio siglo fueron, en el mejor de los casos, referencia difusa de ese servicio básico. En el peor, IVSS simboliza en la memoria popular corrupción, ineficacia, angustia.

Esta transformación radical del servicio de atención primaria universal comenzó en 2002, aunque tuvo sus primeras iniciativas en entre el 2000 y el 2001.
El técnico de la CEPAL dio cuenta en su informe de estos precedentes: “El sector salud ha recibido especial atención por parte de los niveles ejecutivos y legislativos nacionales. La Asamblea Nacional deberá legislar en el año 2001 en las áreas de seguridad social y salud. Las características y consecuencias de la nueva legislación afectarán, sin lugar a dudas, el sistema de salud de las próximas décadas.” Sin embargo, el nuevo sistema de salud en Venezuela sólo puede ser medido a partir de 2002-2003, con el programa Barrio Adentro y las inversiones de 2002-2003.

Dos riesgos de mortalidad

Desde junio de 2003 se ha complementado con la ampliación de inversiones en áreas y ramas de atención compleja, como la oncología, el Sida y otros.
La nueva orientación de las inversiones del Estado y su modo de ejecutividad impusieron una modificación radical de las formas de inserción. La mayoría de las decisiones e inversiones en materia de salud y atención están concentradas en el gobierno central, muchas a expensas de la parte útil acumulada en el Ministerio de Salud y Desarrollo Social (MSDS) y otras dependencias.

Este emergente sistema de salud en Venezuela está en proceso de desarrollo. Ese mismo hecho obliga a pensar en los riesgos que lo acechan.
No es la primera vez en nuestro continente, que un gobierno o proyecto político adelanta planes de desarrollo en la salud o la educación. Argentina, Uruguay, Chile y Costa Rica lo han hecho entre la década de los 40 y la de los años 70.
El desafío de la nueva red de salud en Venezuela es impedir su decadencia, corrupción y quiebra, como ha ocurrido en cada uno de los países señalados. De todos, el ejemplo más contratante es el de Argentina. Este país contó con uno de los mejores sistemas de salud del hemisferio hasta que fue destruido por las privatizaciones y la corrupción interna.

Cuba es el único caso donde el sistema de salud ganó escalones de desarrollo positivo en la atención primaria y en algunas ramas de medicina compleja y no retrocedió a los niveles de desastre de los otros países señalados. Ese se debe a que en Cuba la salud es parte integral de una cadena de conquistas sociales regidas por la ausencia de criterios capitalistas en la atención sanitaria. Destruir la salud cubana exigiría derribar en forma simultánea todo o buena parte del sistema político, económico y social instaurado por las revoluciones de 1959 y 1963.
La “revolución bolivariana” no alcanzó aún ese nivel de profundización política y económica. El nacimiento del nuevo sistema de salud es frágil en términos históricos y comparativos. Podrá sobrevivir y consolidarse si logra encadenarse a otras transformaciones similares en toda la estructura política y económica del Estado y la sociedad.

En esa perspectiva, el nuevo sistema de salud creado por la “Revolución bolivariana” contiene dos riesgos ingénitos. El principal peligro está en el peso ganado desde 1959 por los sistemas de salud privados, cuyos criterios éticos, económicos y políticos tienen como único fin el lucro individual, no la asistencia sanitaria de la población. En este caso la salud es apenas una más de las mercancías de un sistema mundial, que tiene su base en el control imperialista de la biotecnología, las patentes y moléculas.

El segundo peligro es un epifenómeno del anterior, no por eso de menor peligrosidad. Se llama corrupción. Nace en el negocio privado y termina en el funcionario, no al revés. Se perfila como el principal factor de distorsión y peligro para el sistema sanitario que está creando la “revolución bolivariana”.

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