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(2 de febrero de 2005)
La cultura popular, antídoto contra las peleas de los dirigentes latinoamericanos. Cien años de Adolfo Mejía.
Las aguas regresaron a su cauce en la tempestad colombo-venezolana. Abandonado el tono patriotero, que todo lo envenena, los dos presidentes adoptaron actitudes cordiales y mesuradas: el discurso de Uribe en Arauca el sábado fue bueno, coherente con su política de seguridad democrática, pero sin altisonancias ni desafíos; en cuanto a Hugo Chávez, tuvo la buena voluntad de descubrir unas disculpas satisfactorias en la timidísima autocrítica colombiana. Las diferencias entre los dos gobiernos vuelven al conducto del que nunca debieron apartarse -- la ley y la diplomacia--, y la reunión de esta semana seguramente confirmará el “nuevo espíritu”.
El final de la lamentable crisis permite decir que, al menos, hubo algunos frutos positivos. Por un lado, la presencia latinoamericana en la solución. Cuba, Perú y Brasil fueron claves en un arreglo que, por inoportuno, el embajador de Estados Unidos había contribuido a entorpecer. Por otro, mostró lo peligroso que es el recurso de protegerl con disimulo a los grupos armados perseguirlos ilegalmente. Uribe conseguirá quizás que Venezuela sea menos generosa con las FARC, y a Chávez le convino el tierrero para afianzar su movimiento con miras a las próximas elecciones. A propósito, Colombia debe observar con interés el notable calado popular que le han dado a Chávez sus planes de inversión social. El hombre es demagogo y autoritario, pero nadie puede negar que a los pobres de Venezuela les está yendo mejor con él que con otros.
¿Y la gente? ¿Acaso este enfrentamiento dejará cicatrices en venezolanos y colombianos? Quiero creer que no. Es fuerte la invisible unidad que amarra a los pueblos latinoamericanos. Los políticos se pelean hoy y se abrazan mañana; los gobernantes cierran o abren ventanas, según sus intereses. Pero, más allá de retóricas fraternalistas, los lazos de unión de los pueblos latinoamericanos son, por fortuna, mucho más estables y autónomos. Si dependiera solo de los vaivenes de nuestros líderes, este continente estaría atomizado y en permanente riña. Pero no lo está. Sus gentes no lo están. Sus raíces son más perdurables y hondas que cualquier régimen efímero. Lengua, música y comida forman parte de esa sólida urdimbre que aguanta las zancadillas y barbaridades de los poderosos. Las novelas de Rulfo, los poemas de Vallejo y los cuentos de Cortázar necesitan visa; el bolero no hace aduana; la salsa no tiene pasaporte; las arepas ni las empanadas cumplen antesala en consulados.
Hace unos años expuse en la Universidad de Caracas esta modesta tesis sobre la profunda unidad que brinda la cultura popular a los latinos y que constituye antídoto eficaz contra la ceguera de sus gobiernos, y me felicitaron algunos políticos de la “hermana república bolivariana” que estaban presentes. No sabían que había podido entrar a Venezuela gracias al pasaporte español.
De modo que no hay que temer por un enfrentamiento entre nuestros pueblos. Al final, no son más que los mismos pobres con distintos acentos.
Un siglo de Adolfo Mejía
Es tanta mi fe en el poder de consolidación de nuestros músicos y artistas populares, que a ellos suelo volver los ojos cuando me estoy ahogando en un torrente tricolor de babas. Sin agitar banderas ni proclamar lemas acartonados, nuestros músicos populares nos reafirman lo que somos. Algunos lo hacen con inocente humor, como el acordeonero Enrique Díaz, a quien se atribuye el siguiente paseo contra Al Qaeda tras el atentado de Nueva York:
Osama Bin Laden/ ¿por qué tumbaste las torres mellas/ las mamonúas,/ y dejaste tan desolado ese caserío?
Unos quedaron sin vida/ y otros quedaron muertos.
Si nuestro país fuera menos mezquino, esta semana estaría volcado rindiendo homenaje a Adolfo Mejía Navarro (1905-1973) por su centenario (Febrero 5). Nacido en Sincé (Sucre), pero inquilino perpetuo de Cartagena, Mejía es uno de los mejores músicos de nuestra historia. Mezcló en extraordinarias partituras la sensibilidad por los aires de su tierra y el talento de compositor culto, alabado por críticos como Ellie Anne Duque y Enrique Luis Muñoz. Estudió en conservatorios y tocó en orquestas de Bogotá, París y Nueva York; brilló como catedrático, poeta, pintor y políglota, sin dejar de ser punto de referencia constante de las calles y cenáculos bohemios cartageneros; compuso boleros (“Cartagena, brazos de agarena”), bambucos, zambas, piezas clásicas para arpa y piano y, como si fuera poco, sobresalió en el aburrido género de los himnos. Suyos son el legendario Himno de la Armada y “El tropelín”, referencia general de los estudiantes cantores, al que la U. de Cartagena pretendía reemplazar mediante burocráticas licitaciones y concursos, como si se tratara de la administración de la cafetería.
Más generoso que las autoridades culturales del país con Adolfo Mejía, el próximo Festival Vallenato declarará compositores memorables a cinco grandes autores vivos: Leandro Díaz (que cumple sesenta años de andar creando grandes merengues y paseos), Rafael Escalona, Calixto Ochoa, Adolfo Pacheco y Emiliano Zuleta. Consuela saber que todos ellos son admiradores de Adolfo Mejía.
cambalache@mail.ddnet.es
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