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Hace tiempo aprendí que no se pueden ofrecer muchos cambios a la vez en la sociedad. Producen miedo a los que pagan la factura, y los atajan al vuelo.
Y los que más interés pudieran tener, no obstante ser mayoría, son apáticos ante expectativas que entrañan cierta complejidad política. Por lo general, poblaciones alienadas que no conciben sus propias posibilidades ni su campo de derechos.
A las revoluciones se las encuentra la historia a boca de jarro, cuando menos se piensa y muy de cuando en vez. Son además el desastre. Llega el vaho que embriaga los sentidos, las multitudes entran en trance y de la locura al caos vuelven trizas lo que se les atraviesa. Después del delirio van a ver, y no queda casi nada servible. Cadáveres, ruinas y locos sueltos.
El espanto de lo que sería esa escena macabra es lo único que ablanda el egoísmo de los que tienen que ceder algo para que el pelotón atraviese el umbral de la decencia. Si se pudiera fotografiar la historia en el momento que el arrebato está a punto de poner patas arriba el establecimiento y los pudientes aterrorizados estarían dispuestos a aflojar, esa instantánea se hubiera logrado en Colombia el 9 de abril de 1948, a eso de la una de la tarde. La sangre hirvió y la ferocidad asomó el bozo. Sólo que el vómito se devolvió y fue para peor.
Pero no es historia ni filosofía de la historia lo que me propongo hacer en estos tres párrafos. Es algo mucho más sencillo. Decir que por lo general los cambios son lentos y a veces imperceptibles. Es más fácil animar a la masa crítica de la sociedad, conservadora en la intimidad de su ser, a devolverse para buscar añoranzas y recuerdos perdidos en las vuelta canelas de los tiempos, que a explorar mundos nuevos.
Entonces lo útil es ser selectivos y hasta avaros en la escogencia de las piezas del engranaje social que se quieren cambiar en determinado momento, para que a la voluntad reformadora no se le venga el mundo encima, la dejen hacer los recambios sin dolor y con el aparato andando.
Me pongo a pensar qué cambiaría en Colombia, por dónde empezaría a transformar esta nación que no quiero dejar a los hijos tal y como está, y concluyo que le daría a la política la misión de transmitirle al vulgo valores. Respeto a la persona y al derecho. Erradicaría la mentira de la política. Algo que en esta podredumbre suena inocente y cándido, como salido del caletre del tipo más despistado que pueda imaginarse.
Pero es que no veo cómo se puede llegar al más mínimo grado de civilización con esta manada de ministros, generales, digamos “personalidades” para tirarle al bulto y no entrar en menciones más enojosas, mentirosos hasta el cinismo y la desvergüenza. Que colocan al Estado al margen de la ley con socarronería, convencidos de que nadie los va a coger.
Mientras desde la cumbre del Gobierno haya quienes sean capaces de contratar delincuentes internacionales para que cometan actos criminales en otros países, y de remunerarlos con puñados de dólares sonsacados de las arcas miserables de esta república de pobres, y luego se rieguen a mentir por los altavoces del periodismo cómplice, cualquier cosa puede pasar con las conductas de los particulares y con la suerte de la nación. Cómo será de oscuro lo que falta por desentrañar del reciente oprobio a Venezuela y cuántas otras barbaridades habrán salido de esas mismas tinieblas.
Peor que la conducta tenebrosa del Estado no es sino la impunidad. De allí se pasa a la molicie. Como les ocurre a los gringos. Sus líderes justifican guerras con mentiras y los reeligen.
Bogotá, 16 de enero de 2005
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