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Enano es enano
Por: José Pilar Torres
Fecha de publicación: 01/12/02
imprímelo mándaselo a
tus panas
Elaborar una antología de las traiciones revolucionarias se ha convertido en una tarea harto fácil. Basta sentarse frente al televisor y ver las ruedas de prensa de ese mezclote llamado Coordinadora Democrática, especialmente cuando están organizando un paro, es decir, casi todo el tiempo.

Uno ve los actores de esta obra, se pone a escribir y ya. ¡Qué sencillo! De la más reciente puesta en escena, podemos extraer un personaje delicioso en esto de reseñar los besos de Judas: Andrés Velásquez.

El pequeño dirigente (a veces las descripciones físicas sirven también para lo político), otrora legendario emblema de la decencia sindical es un motivo de vergüenza no para él mismo (que la perdió, obviamente) sino para quienes alguna vez, ingenuamente, creímos en sus enérgicas arengas. Hoy es uña y sucio (o más bien, sucio y sucio) con Carlos Ortega, Manuel Cova y toda esa quintaesencia de la inveracundia sindical adeca que, por desgracia para todos aquellos que alguna vez hemos marcado tarjeta, suele llamarse liderazgo laboral.

Velásquez está evidentemente cegado por la envidia. ¿De qué o quién? Bueno, mi humilde opinión es que, como tantos otros dirigentes de la sufrida izquierda de los 60, 70 y 80, Velásquez no ha podido aún digerir la consolidación del presidente Chávez como la cabeza de la revolución. Todos y cada uno de los líderes de ese sector político, se creían con más derecho que Chávez a ser los jefes de un gobierno popular, si este llegaba alguna vez a Venezuela. ¿Por qué? Por una variada gama de razones que van desde la cantidad de libros leídos hasta las experiencias electorales fallidas, es decir, el famoso 6% histórico, pasando por tantos años de privaciones de las tentaciones burguesas. “¿Con qué derecho un militar inculto, sin nuestra experiencia política, sindical y gremial se va a tomar el puesto por el que nosotros hemos luchado tanto?”, se preguntan los sujetos como Andrés, cada vez que el dolor agudo de la conciencia les obliga a justificar su alianza con los sectores más reaccionarios de la sociedad.

Hay que comprender, pues, al lidercillo de La Causa R. Se encontró, de repente, sin nicho, sin mercado político, pues la mayoría de los que alguna vez respaldaron aquellas luchas suyas de David contra Goliat en Guayana, se fueron detrás de Chávez. Y Andrés, en lugar de sumarse al nuevo líder, resolvió hacerle frente porque lo que realmente le importa no es si se lleva a cabo o no un Gobierno popular sino si ese gobierno es mío o es de otro.

Ahora bien, ¿era necesario ser tan drástico? ¿No bastaba con irse a la oposición? ¿Había que incorporarse a ese grupo de enemigos del pueblo que es la llamada Coordinadora? ¿Era necesario, Andrés, que aparecieras al lado de los peores elementos de la tan denostada (por ti) CTV? ¿Era necesario que compartieras escena con Fedecámaras, con lo peor de lo peor de AD (que es bastante decir), con los villanos que, al menor descuido, te robaban las elecciones de Sutiss? Yo, francamente, no creo que para demostrar aversión a este Gobierno sea menester andar dándose besos de lengua con Carlos Fernández, Carlos Ortega y Rafael Marín …¡Por favor!

Cuando veo a Velásquez ¡tan bravo!, hablando desde el presidium de Fedecámaras o desde el salón de sesiones del MAS o desde la tarima de Altamira, no puedo evitar reirme… amargamente pero reirme. Me acuerdo de 1993 y la risa se hace indetenible. Rememoro cómo entonces se dijo que él había sido el verdadero Presidente electo, porque el siempre irredento pueblo venezolano le había dado su apoyo mayoritario. Pero que la derecha militar y económica no se la había calado, que había torcido el resultado y escogido el mal menor: Rafael Caldera, un hombre de Punto Fijo que, a pesar de haberse metido a populista en las postrimerías de su vida, les garantizaba la continuidad de sus empresas, de su poder.

Sea aquello verdad o no, entonces, para mí, Velásquez demostró entonces su verdadera esencia. Hizo silencio, se guardó la lengua en mejor sitio, como decía el refranero Luis Herrera Campíns. Y su poderosa voz sólo tronó de nuevo en este escenario, con el respaldo de la oligarquía y de sus antiguos verdugos.

Tal vez Andrés acaricie la tonta idea de que la derecha salvaje que ahora le aplaude le va a permitir que se apodere de los mandos cuando Chávez sea derrotado. Yo, particularmente no creo que un hombre curtido como él pueda ser tan bobo. Más bien creo que, por pura envidia, confrontado al hecho de que él no es ni será el jefe, prefiere que no haya revolución. Es un enano, ¡qué remedio!






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José Pilar
Torres



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