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En una palabra
Infancia
Por: Hugo Moyer A.
Fecha de publicación: 20/12/04
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Todos los jóvenes y adultos pasamos por ella. Su recuerdo nos acompaña en cada instante de nuestras vidas. Conforma nuestro carácter y nuestra personalidad. Condiciona nuestra manera de enfrentarnos a los retos y oportunidades que se nos presentan. Ella nos marca para siempre. Es nuestro primer contacto con los sueños, las mariposas, la lluvia, los juguetes, las enfermedades, los miedos y los temores, las angustias, las alegrías y el llanto, las caricias y las bendiciones. Es el primer encuentro con los colores, los olores y los sabores, con el baile y con la música. También, con los alienantes y denigrantes mensajes de la televisión, y en ocasiones, con esas pantallas gigantescas en las que se mueve la imaginación y la fantasía.

Esa infancia que todos recordamos, resulta una tragedia y un dolor a cuestas, para millones de niños y niñas en el mundo. Un reciente informe de la UNICEF y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, con motivo de la conmemoración de los 15 primeros años de la declaratoria de la Convención sobre los Derechos de los Niños, da cuenta que más de 110 millones de niños, de un total de 200 millones, en Latinoamérica y el Caribe, padecen de pobreza y discriminación, y ven sistemáticamente negados sus derechos fundamentales. La mayoría de ellos son indígenas y afrodescendientes. Reza el informe que: “a pesar de que se ha avanzado en la situación de la mortalidad infantil, de las tasas de matriculación en la escuela y de las reformas legales, los derechos de millones de ellos siguen olvidados o ignorados en la práctica”.

En un estudio realizado por Bernardo Kliksberg (2004), titulado: “Más ética, más desarrollo”, señala que el 16 por ciento de los niños sufren de desnutrición crónica y uno de cada tres menores de dos años está en situación de alto riesgo alimentario. En las principales ciudades del Brasil, grupos policiales o parapoliciales asesinan diariamente 3 niños de la calle y hay quienes llaman a estos niños “desechables”. En México, Bolivia, Perú y Ecuador, trabajan el 20% de los niños menores de 14 años. En Brasil se estima que hay 2 millones de niños trabajando, en Argentina 1 millón 500 mil. En Centroamérica, 1 millón 300 mil. En América Latina, los niños que viven en la calle duermen en edificios abandonados, debajo de los puentes, en alcantarillas, y su trabajo es limpiar parabrisas, recolectar basura y mendigar. La mayoría de estos niños terminan siendo víctimas del mercado sexual, la explotación, el robo de órganos, droga y la prostitución infantil. Estos niños de la calle pagan el costo de políticas insensibles y están allí, porque han sido acorralados, casi expulsados por la sociedad y abandonados.

Este alto nivel de injusticia es cada vez más resentido por la población. El reclamo de la gente está avanzando a niveles elevados de conciencia. La lucha comunitaria está presionando por modelos de democracia más activos y por un Estado al servicio de las demandas y necesidades reales de la población. Un Estado más participativo y comprometido, más transparente, más eficiente, que impulse todo su potencial, su ética y su moral a favor del desarrollo regional y municipal. Un modelo de desarrollo y un Gobierno que lo impulse decididamente, donde el enfoque primordial sea la infancia de nuestras comunidades, de nuestros caseríos, de nuestros pueblos. No tenemos excusas: debemos salvar los niños que son el alma de la humanidad, y comenzar a ver en el horizonte, a los hijos de la tierra que nacen en la oscuridad. A esa infancia abandonada y desprotegida del mundo, debemos dirigir todos nuestros esfuerzos, con la esperanza de que algún día, sin excepción, puedan los niños y niñas de nuestras tierras, renacer en el lucero feliz de la Navidad, pues, como dijera Bertolt Brecht “unos están en la noche, otros en la luz, y vemos a los de la luz, más no a los de la noche”.

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Hugo Moyer A.


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